Ellos


I

Va moviéndose la mano. Va moviéndose el dedo en el gatillo, juega a jugar, hasta que se mueve vertiginosamente el cuerpo que cae al suelo. El grito. La sangre. Las carreras. Los nuevos gritos, los nuevos movimientos, las nuevas sangres. — Ha sido él — . Un grito encajado en la garganta. El desconcierto. El saber y no saber que ha disparado. El grito del otro niño. El grito del hombre. Los movimientos de la mujer del suelo. El movimiento del hombre sobre la mujer del suelo. La sangre.

El dedo sobre el gatillo. Trece años después. Pone el dedo en el gatillo para el triunfo del partido. Juan José, va a coger un fusil desde que apuntó y no apuntó, desde que la vio cojear como siempre que andaba, desde que tuvo la rabia, desde: que oyó su grito. Ahora sus manos, tantean el arma sin mirarla. La reconoce igual. Las mismas posibilidades que entonces: alguna persona a quien disparar y oculto, con la espera que escuece desde la ventana.

Con la espera que escuece desde la ventana, juega a jugar con el gatillo y con el dedo. La ve ¡Raf! ¡Raf! ¡Raf!, ¡Raf! Los pasos. Los pies. La rabia de verla siempre así, lenta, zonza, opa… pero no para aquello… con el padre. Jugar a matarla. No. En serio, matarla, contra el padre.

Jugar a ser asesino, sabiendo que no podía, aunque quería. Su madre no debía saber lo de la opa. ¡Madre!… La opa. Entonces dispara.

Trece años se habia consumido con la idea bullente de la opa en el suelo. Ahora, la lucha por el partido le obliga a vencer aquel recuerdo que es su carne. Tiene el arma y la soba. La recuerda. La conoce desde hace trece años. La tuvo en sus noches, entre sus sábanas fatigadas. Ahora, la palpa definitivamente. La reencuentra. Tiene que reencontrarla hasta el final, moviendo muchas veces, infinidad de veces el gatillo.

El gatillo a los pasos arrastrados. La rabia de haberla visto de otro modo… Otro día. Y el disparo y el grito y la sangre. Y el pensamiento de que había estado separado de su mano. Sabiendo él, íntegramente, que había matado. Sus manos saben. Su dedo sabe. Sus ojos, sus oídos, su piel, su cuerpo, su último vértigo. Cayéndose sobre él un silencio de ojos agrandados. Los pies, aprendiendo a vacilar: atrás, adelante, a cualquier lado. Y el grito. Y los gritos. Y el peor, el de su madre: ¡JUAN JOSE!

Se oye el grito. No es el de la madre, ni el de la opa, ni el del niño de la opa. El grito es desde el segundo piso, a la hora señalada. Explota la dinamita en el cuartel del frente. La plaza se vacía en el tiempo en que revienta otra. Los soldados empiezan a salir en columna. Los ve desde su ventana. Se distribuyen hacia los lados de la plaza. El dedo juega. Los ve. Van casi formados. El dedo se calienta. Espera. El temor le va a ganar y entonces, sin esperar, sin recordar que estaba a la espera de una orden, dispara. Y el grito de la zonza en el suelo y el soldado que se coje el estómago y los oídos que oyen ahora los otros disparos que le han seguido. Coje el arma con más fuerza. La reconoce definitivamente. Esta vez, la reconoce para siempre y sonrie. Sonrie más. Ya es él. Dispara sin cesar hasta agotar las balas. La saliva se ha llenado en su boca. Se la traga. Sonriendo reinicia el tiroteo.

Aquella acción, la última, le sirvió a Juan José para que se le considerara el más valiente y decidido del grupo, y para que Molina le tomara a su cargo. Muertos los soldados, aclarada la situación, perdidos algunos amigos del grupo, Molina fue llevado en hombros hasta la Prefectura. Al dejar las barricadas, Molina le había dicho a Juan José: -Ud. me sigue de muy cerca-. Lo que constituyó, un contrato implícito, una comprensión de que algo más secreto e importante les uniría. Juan José Cartagena, con el fusil sudado entre las manos, empezó a conocerse: el guardaespaldas.


Persiguiendo a la perrita que le hacía fiestas, Juan José ingreso a la cocina de la casa. El silencio le creció porque no supo explicarse qué era aquello. Parado en seco, sus ojos de niño veían algo raro. Entendió que ellos no advirtieron su entrada. Iba a salir corriendo, pero su padre jadeaba como cansado y se movía tanto contra la opa que aquello le tenía prendido al suelo. Vio que las polleras estaban levantadas. Algo inexplicable y denso había en esos movimientos, en esos jadeos. Retrocedió. No supo bien cuándo había dado la vuelta y cómo había salido. Se fue a sentar en el poyo de la puerta de calle. El calor mojado del hocico de la perrita le hizo recordar que la había olvidado. La levantó. Su pelo lanoso olía a limpio. Empezó a acariciarla. Entonces, se dio cuenta que le temblaban las manos. Tenía miedo.


— Mamay, sabes, he visto una cosa…

— Qué Juan José.

— ¿Para qué les levantan las polleras a las cholas?

— ¡Ay Jesús! ¡Qué estás diciendo! ¿Con quiénes te metes pues, que te enseñan esas cosas?

— No mamay, yo he visto.

— ¿Qué cosa has visto pues? Has visto a algún indio hacer eso que dices?

— Avísame para qué les levantan las polleras y te voy a contar.

— ¡Vaya llocalla! ¡Qué te has creído! ¡Salga de aquí!


Juan José había preguntado en el recreo, a uno de los que siempre sabía todo en la escuela del pueblo.

— Zonzo, para qué va a ser pues, para tener hijos.

Al oír aquella cosa caliente, le reventó la rabia por las manos y emprendió a golpes con el niño mientras gritaba:

— ¡Mentira! ¡Mentira! ¡Mi padre no tiene hijos en la opa!- Cuando intervino el regente separándolos, Juan José todavía gritaba. El regente que rápidamente comprendió el problema le dijo con sorna: — Dejá de hacer problemas en la escuela. ¿No ves ese crío que hay en tu casa? Es tu hermano. — Iba a volver a gritar y dar golpes, pero el regente que estaba atento a sus reacciones, le dio primero un corto en la boca del estómago que lo dejó con una horrenda sensación de ahogo y dolor que le hizo agacharse hasta caer al suelo. Oyó que el regente antes de ir hacia la secretaría le dijo: — Si vuelves a hacer macanas, te expulso niñito gritón y llorón — Y entonces Juan José se echó a llorar de veras, pero no por el golpe y las palabras; sino por aquel mundo no pedido, desconocido, que le mostraban de pronto. Agachó la cabeza entre las rodillas. Las palabras le envolvían en un remolino. Sólo después de un momento se alegró por una cosa: no se lo había dicho a su madre.


Juan José se acercó. El “Crío” estaba en el suelo. Comía mote. No era tan niño, pero tenía mocos en la cara. Le dio asco. Levantó el pie y le pisó al pie descalzo del niño como si fuera a pisar una araña. El zapato se le trancó al moverlo hacia atrás. Entonces el llocalla gritó desesperadamente. Juan José salió corriendo. No sabía por qué le había pisado. Había ido a verlo solamente.


Después supo de otras veces. Estaba atento a las entradas de su padre a la cocina. Ya sabía por qué lloraba su madre. Algo le iba llenando, gota a gota como un reloj de agua hasta que le rebalsó la idea. Estaba abierto el ropero. Detrás de los abrigos, dura, fría, estaba el arma.


Cuando murió la opa, la casa se puso triste. Cuando se hablaba de Juan José se bajaba la voz. Algo que quería ser secreto se mencionaba entre las voces apagadas. Se había enterrado a la opa, se había cambiado los cuartos, se había hecho desaparecer el arma, se había anulado el secreto: Todas las diligencias posibles para no molestar al niño. Juan José, miraba las cosas como si no estuvieran. Andaba lento y hablaba poco. A veces, por la noche, la madre oía algún pequeño y ahogado sollozo envuelto entre las sábanas movidas. Para ella, los relojes parecían parar su tic tac y respirar aquel llanto secreto. Se sentaba entonces, con los latidos rompiéndole el pecho. Oía, pero no podía escuchar ya más ningún gemido. Juan José se cerraba a todo consuelo y cuando por las noches oía algún ruido distinto de su desesperación, como el crujido del catre de su madre, ocultaba su amargura. Mudo. Solo. Estatua de ojos abiertos.


Ángela corría por los cuartos luciendo su vestido nuevo. — ¡Miren mi regalo!- Elena que había ayudado a la madre a coser el vestido, se hizo la sorprendida. — ¡Precioso! ¡Qué lindo! ¡Andá, mostrá a los demás!- La niña vestida de rosa seguía corriendo por los pasillos de la casa de hacienda mostrando a los peones y sirvientas. Llegó al cuarto de estar, para mostrar a Isabel que jugaba con su muñeca de trapo, la cual no dio importancia a su llegada y a su vestido. Entonces Juan José que pasaba por la puerta le dijo:

— Es feo.- Dos palabras cortas. La niña sintió que le crecía en la boca, sin pensarlo. — ¿Feo? ¡No tanto como la muerte de la opa! — Terminó las palabras asustada de comprender que había gritado lo que siempre escuchó en voz baja, en otros labios. En ese instante, le estrujaron las manos de Juan José e ingresó al remolino del vestido roto, de los golpes, del calor, de su llanto, de lo que siempre había oído y de lo que había dicho. Juan José huyó después de haber destrozado el vestido. No se lo vio dos días. Fue necesario que todos lo buscaran y que se enterara hasta el padre, para que lo encontraran, pálido y ojeroso, detrás de las maderas de la caballeriza.


Cuando la familia decidió irse a la ciudad, a la muerte del padre, Juan José se sintió inmensamente aliviado. Ya no le tragaría su propio pueblo. A veces, se había sentido señalado. Estudiaría en un buen colegio y sólo volvería para pasar las vacaciones y si podía, ni eso.

Cuando ingresó al colegio, se alegró más. Afortunadamente no estaba allí ninguno del pueblo. Todos eran “niños bien”, de la ciudad, a quienes decidió parecerse. No le costó mucho. Terminó sintiéndose bien. El mismo se admiraba de sus cambios. Empezó a contar historias falsas, maravillosas y notaba que sus compañeros le admiraban, así que continuó con la historias del sexo. Ajenas a él en principio. En la última, se situó él como protagonista. De esa manera, le acogieron en el grupo de los más “machos” del curso.

Ellos le contaron varias veces lo de la lavandera, hasta que al final, Juan José no pudo aguantarse y les dijo que también quería que le llevaran, que también estaba aguantado de muchos días. No dijo la verdad, que sería la primera vez. La fama de audaz que le rodeaba le dio la entrada rápidamente. De ahí que cuando Juan José dijo que estaba aguantado y quería tirarse a la mujer esa de la que hablaban, ninguno se extrañó; más bien, le hicieron un campo de preferencia y le cedieron el segundo lugar. Irían cuatro. La lavandera no quería más de cuatro. Le explicaron que debían entrar uno por uno hasta el jardín del fondo y que luego tendrían que esconderse entre las plantas y solamente debía correr hacia el cuarto sin techo, aquel a quien le tocaba. “Ya sabes Juan José; sólo tienes que llevar unos pesos y ponérselo entre sus tetas para que se deje…, luego… ya sabes… se deja. Ya sabes.”


Detrás del matorral de margaritas, Juan José, de cuclillas, esperaba. Sus dedos tanteaban el dinero del bolsillo. Estaban sudorosos. Sus ojos, atentos a la salida del primero. Y entre sus piernas, se le hinchaba antes de tiempo. Se le vino el recuerdo de la mujer desnuda que miraba en el baño mientras se masturbaba los otros días. Algo como vuelco en el estómago, le hizo entender que estaba con más ganas que nunca, que al fin sería con una mujer de verdad. Tardaba mucho el primero. Juan José se propuso tardar igual para no dar a entender que se le vaciaba de una frotada. ¡Zas! Salió el primero y corrió hasta esconderse en otra mata. — Te toca — oyó detrás de sí, una voz baja. Y en ese instante, corrió. Cuando entró en el cuarto, el sol daba hasta casi media pared. La luz era intensa, a un lado del cuarto. La vio. Estaba sentada. — Entra nomás- le dijo. Juan José se acercó. Su corazón le golpeaba como una bomba y no sabiendo qué hacer se fue a sentar a su lado. Descubrió que no había pensado qué tenía que hacer al principio, que sólo había imaginado los pasos desde que se sacaba y le ponía; pero ahora, antes de eso, no sabía qué hacer. La mujer se sonrió. — Sácate el pajarito — le dijo — O es que has venido a sentarte solamente — . Juan José supo que se le subía la vergüenza y la rabia al mismo tiempo. Empezó a desabotonarse tratando de hacerlo con toda naturalidad. Sus dedos estaban torpes, más de lo que él quería. La mujer se sonreía. Cuando se sacó, vio a la mujer venírsele, cogerle y sobárselo. Entonces se excitó y le crecieron todas las ganas guardadas detrás de todas las figuras de mujer. Ella, al verlo tan excitado de pronto, se echó y se levantó la pollera. El cayó, torpe, caliente, mojado y empezó a frotarse, buscando; pero de pronto, se le cruzó la imagen de la opa con las polleras levantadas y su padre jadeando encima como lo hacía ahora él. Y en el vertiginoso momento en que le caía la imagen, se le escurrió la potencia. Su miembro, estaba flácido, como un trapo mojado y sucio entre sus piernas. — ¿Qué ha pasado? — Preguntó ella. Al instante se levantó como de una víbora. Las más complejas sensaciones e ideas se le cruzaban en su ser total. Vergüenza, rabia, impotencia, deseo, odio, desaliento. Su ser íntegro temblaba. La mujer comprendió que algo pasaba con ese joven que llegaba por primera vez. — Si quieres empezamos de nuevo — dijo. A lo que Juan José respondió, vistiéndose lentamente: — Para que yo te meta, tienes que usar falda, no pollera — . La mujer, no supo qué decir. Se quedó estática. Entonces, él siguió: — Si no dices nada a los otros, la próxima vez te traigo una falda.


La debilidad de Juan José llegó a ser su fuerza. A los demás muchachos del curso y del colegio les parecía una rareza digna de un hombre superponte y exclusivo, el hacer el amor con la lavandera vistiéndola de señorita. Incluso, para utilizar mejor la confusión en su propio favor, pagaba los favores a la lavandera con un perfume ordinario o un calzón medio fino. Todo lo contaba la lavandera, porque resultó ser el que, además de pagar mejor, le hacía el amor con más ganas. Así creció la fama para Juan José. El sobrenombre “El Rajado” apareció por esta época.

Fue también por esta época que “El Rajado” dejó el colegio, abandonó la casa. Dijeron que terminó yéndose a la Argentina.


Extracto del libro ¡Hijo de opa! de Gaby Vallejo Canedo. Editado por Ediciones Vínculos. Disponible en Amazon y en el iBookstore

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