Enseñanzas de los belenes

Al leer esta carta de un alcalde francés defendiendo una exposición de belenes en su ciudad, recordé un texto de José Jiménez Lozano publicado el año 2010 en la revista de la Asociación Belenista de Valladolid. En él, después de señalar cómo, en la época navideña, vemos a nuestro alrededor episodios grotescos que forman parte de «los vanos intentos en Europa de liquidar no ya la memoria religiosa sino también cultural de las fiestas navideñas», elogiaba la costumbre de poner belenes.

Recordaba que, cuando san Francisco de Asís popularizó el belén, «lo que entonces sucedió, en un principio, fue que, mientras a muchos y a los más sencillos llenó de encanto esa representación del belén, en otros ambientes suscitó extrañeza y rechazo. Y esto por dos razones principales. La primera era porque no se entendía bien cómo era que los grandes de este mundo no ocupaban el lugar central que siempre ocupan, y que, en el belén, era ocupado por una pobre gente para pasar la noche, y quienes acudían a visitar al niño recién nacido también eran gentes del común, y ciertamente que no había ni hay en un belén nada contra nadie, sino que está todo él bañado por el aire de un misterio y luego de la simple y pura poesía escondida en la vida diaria. Pero los poderes de entonces no lo entendieron así, y los de ahora tampoco.

Al fin y al cabo, el belén era lo que podíamos llamar en sentido muy serio —y no en el miserable sentido de los partidos e ideologías— “la política de Nochebuena”, o verdadera hermenéutica histórica de la realidad, y algo así como la prueba del nueve de una actitud intelectual y vital de cada uno de nosotros, según después lo haría en pleno siglo XX, Nadejda Mandelstam, subrayando que ese Belén que no se había permitido en la educación de los muchachos, allá en la URSS, dejaba en ellos un vacío de alegría, misericordia y esperanza que sería una tragedia».

Más adelante seguía: «En nuestra cultura europea, toda la vibrante vida de Belén ha ocupado la infancia, y destilando luego su memoria hasta el fin, en la vida de hombres y mujeres, gracias a construcciones de corcho, ríos de papel aluminio o de espejos, piedras revestidas de musgo, nieve figurada con harina, y figurillas de barro, que recrean la vida de aquella aldea a la pertenecía el establo; y a veces con sabrosos anacronismos. Y todo esto ha suministrado a muchas generaciones un consumado instrumento de juicio exacto de la realidad, desde el funcionamiento de los poderes públicos que hoy como ayer siguen sometiendo a los pueblos a la trashumancia en busca de trabajo, a los registros de tributación y disponibilidad pública, y hasta la vieja práctica del infanticidio.

Cualquier niño así instruido por el belén sabría luego quitarles las máscaras a los acontecimientos más brillantes y a los poderes más altos, y reconocer su fraude y la antigüedad de su violencia, y sobre todo guardaría en su corazón una profunda alegría. La misma que ha recorrido durante siglos las artes y las letras, regalando al mundo los más altos logros de belleza, y también ha entrado en la vida cotidiana, hasta en la cocina y la repostería, en la reunión familiar especial, y en la candidez de la nieve que se simula en los belenes con la inocente harina, o en las luces en medio de la noche como la esperanza del mundo.

Ciertamente también algunos de estos belenes han sido auténticas obras de arte y podemos admirarlos, o sonreírnos con sus añadidos costumbristas y folclóricos. Pero sin duda alguna lo más importante es la impronta que se deja en el belén que se hace en cada casa, en el colegio o en la pequeña iglesia. Y esa impronta de alegría, que nos evoca la que puso Francisco de Asís en su belén, nos ofrece su resplandor y nos torna en nuestros adentros».