Es complicado esto del ‘mindfulness’

Aunque haya anunciado que el blog estaba cerrado por vacaciones la verdad es que no he parado ni un día. Agosto es un buen mes para avanzar temas y dado que no me puedo permitir irme de vacaciones con mi familia decidimos quedarnos en Barcelona. La idea es que yo trabajaría por las mañanas, por las tardes estaría con los niños y por la noche volvería a trabajar un poco más para conseguir cerrar los temas pendientes para septiembre.

Esta era la teoría, pero luego viene la realidad y te demuestra que no todo es tan sencillo como parece. El calor a mí me destroza de una forma absoluta y no he dormido seguido ni un solo día, con lo que me he levantado con un sueño que casi caminaba en estado semi-comatoso. Por otra parte, mi mujer ha tenido que rascar de ingenio e inventiva para encontrar actividades para niños que fueran gratis en esta ciudad, lo cual es extraordinariamente complicado. Ya sabéis el dicho, Barcelona es bona si la bossa sona,¹ y en nuestro caso no sonaba demasiado con lo que esta ciudad que me encanta ha dejado de ser tan bona.

En mi turno, me he dedicado a pasear con los petisos por toda Barcelona. ¿Y cómo lo he conseguido? Pues gracias al juego de moda, el Pokémon GO. Me he metido entre pecho y espalda unos cien kilómetros este verano, calle arriba, calle abajo, parque arriba —que digo parque, maceta con pretensiones—, parque abajo —todo decorado con excrementos de perro—. La relación paterno-filial se ha reforzado del mismo modo que mis abductores, pero con el sueño que ya arrastraba por no dormir más el trote que me metía, llegaba a la cama casi flotando para luego descubrir que me era imposible conciliar el sueño.

Afortunadamente hay buenas personas en el mundo, y mi cuñada es una de ellas —y también mi sobrino, que soy consciente de que si se hubiera negado esto no habría pasado—. Ella tiene un apartamento en Llavaneras, de hecho tiene un apartamento en la misma urbanización en la que tenían uno mis padres —de hecho mi hermano y ella se conocieron allí—. Mis padres, que son muy liberales, optaron por vender el suyo y que le den dos piedras a sus nietos, lo cual es una decisión que respeto pero sigo sin comprender —el tema económico no era algo fundamental para ellos en ese momento—. En todo caso y para no extenderme en las decisiones de mis padres que no consigo entender ni a base de beberme hasta el agua de la pecera, mi cuñada nos dejó el apartamento durante un fin de semana.

No niego que me hubiera gustado que fuera una semana, te da tiempo a subir, deshacer las maletas, desconectar y hacer el perro durante unas ciento veinte horas más, pero a caballo regalado no le mires el dentado. Los niños estaban encantados con subir a Llavaneras —ya lo conocían de otros años gracias a la generosidad de la misma persona— y no paraban de pedirnos que fuéramos a la piscina, de ir a la playa, de bañarnos de noche y salir a correr a la calle, todas esas cosas que es imposible que hagas en Barcelona, a no ser que tu bolsa suene.

El día D a la hora H, es el momento de levantarse para coger el tren e ir a disfrutar de dos días de relax más absoluto y yo, como cascarrabias oficial, me doy cuenta que me ha entrado un anglicismo, go down the leg.² Y de esa guisa me hallé durante dos días, luchando entre disfrutar del aquí y ahora y los sprints por el pasillo, la imposibilidad de alejarme más de viente metros de ese mueble de inodoro, que si dispusiera de cuenta en Instagram seguro que se llamaría The darkest sight.

Mi pobre pareja ha tenido que lidiar con tres niños y un adulto, y digo tres niños porque como el Pisuerga pasa por Valladolid también nos ofrecimos a llevarnos con nosotros a la prima de los petisos. La pobre se ha pegado una panzada que casi podría competir en los Mother Olympics, una modalidad exclusivamente para madres: bañándose, persiguiendo, poniendo orden, marcando el ritmo, diciendo que no, diciendo que no repetidas veces, recogiendo, reponiendo, escuchando y todo esto sin que al final le quedara tiempo a ella para descansar ni un segundo. Yo, por mi parte, colaboraba en lo que podía, básicamente en la sección de quejarme y no aportar demasiado al proceso, con lo que hemos vuelto a Barcelona los dos bastantes afectados físicamente, ella por lidiar con todos nosotros, y yo por tensar en exceso las abdominales.

Pero a pesar de todo, a pesar de lo mal que me he encontrado, de lo inútil que me he sentido, creo que he conseguido separar mis quejas de mis disfrutes, y aunque sea de una forma vicaria, he disfrutado como un niño al ver a los petisos —y prima— disfrutar como locos haciendo lo que hacen los niños, correr, correr, y divertirse como si mañana no existiera.

Quizás sea esta la experiencia que tengo que guardar, que siguen existiendo buenas personas, y que no importa qué planes hagas para mañana porque todo puede cambiar en un instante, aprende a disfrutar el momento por muy mal que te encuentres porque quizás te lo pierdas si te quejas demasiado.


  1. No hay que saber catalán para entenderlo, pero dice que Barcelona es una ciudad alucinante si tienes dinero, pero claro, también lo es Londres, París, New York… con lo que la frase no tiene más validez que un billete de seis euros.
  2. Si cogéis la frase en inglés y la ponéis en el Google Translator sabréis a que me refiero.

Publicado en Exelisis