Escenario #1

Estoy sentado en la barra que da a la calle en una cafetería barata. No tengo planes para esta tarde, distraerme con lo que la gente me ofrece como espectador, parece –no del todo– uno bueno.

El café igual de asqueroso que la decoración del lugar, lo predije y ya es tarde para irme, no en realidad, pero la pereza de hacerlo me invade.

La barra es de una madera nada fina, al local parece no importarle que lo sea, como su café. Cuando me cuestiono el cómo sobreviven este tipo de sitios, generalmente llego a la conclusión de que lo hacen porque, al igual que yo, otras gentes los visitan para evitarse la molestia de buscar uno mejor, por un apuro, por aburrimiento, o quizá, porque nada más son gente mediocre, de esos que creen que sin café “no son nada” y que no tienen ni idea de a qué sabe un buen café para empezar. No son nada de todas formas, solo pretenciosos consumidores de cafeína en busca de productividad.
Criticada ya mi bebida y expuesto todo lo que pienso sobre el promedio de sus consumidores, me dedico a observar el resto.

Tarde de enero, soleada y ventosa. El pesado sol de las tres de la tarde invita a no guardar las gafas oscuras todavía; punto a favor. Nadie me ve mirar o por lo menos, eso me gusta pensar. Siempre hay alguna clase de enfermo observando en silencio lo que otros hacen. Esta tarde, ese enfermo, soy yo.

A mi alrededor y observo a un hombre uniformado limpiando una cabina de teléfono público. Ninguna de las dos tiene sentido para mí: ya nadie usa los teléfonos públicos, solo la gente pobre, sin oficio o un poco enferma también. Se me ocurre que tal vez, al trabajador le agrada hacer bien su trabajo, lo noten o no. 
Una gorda se atraviesa en mi vista y logró desviarla hacia ella. Su pelo, de color artificial me incomoda. Dejo de verla, no me entretiene lo suficiente pese a sus esfuerzos por llamar la atención con su colorida ropa que, la hace ver, aún más…gorda. Con su abúlico caminar que cree reflejar un “no me importa lo que digan” pero que, en sus adentros, sabe que es mentira y que se odia profundamente por serlo. 
El hombre de la cabina se da por satisfecho con su tarea y se marcha. “Adiós, señor que parece hacer bien su trabajo” Le digo en mi cabeza.

Un piedrero me interrumpe de repente, creyendo que su estado me conmovería y que por ello le daré una moneda o un cigarro, o en el mejor de los casos, comida. La primera, ni en sueños, las últimas dos, quizá con un poco de suerte. De todas formas, alimentar a un indigente no me compra paz mental, aunque hace un par de años casi sí lo hacía.
Tuve una época errónea en la que intentaba encontrar algún tipo de calma, lo recuerdo porque una de las anécdotas de aquel tiempo involucra a un piedrero. Me dirigía hacia mi trabajo, en la parada del autobús, un señor de la calle (sí, eufemismo), sentado en un rincón sin hacer nada más que existir a su manera. Supuse que tenía hambre y le di un sandiwch que me había preparado un par de horas antes para el desayuno. Su agradecimiento no fue muy expresivo, sin embargo, yo me sentí bien, ¿cómo no?, acababa de ser un ciudadano ejemplar. Me vomito en esa versión de mí que se atrevió a pensar de ese modo. La aborrezco por barata.
Darle de comer a un piedrero no va a solucionar su vida, le puede quitar sí, el hambre momentánea mas no lo va a sacar de la calle, porque esa persona escogió vivir de esa forma y si no, pues un pedazo de pan con jamón no va a lograr un cambio más que generarle el hábito de que su miserable estado les seguirá dando de comer por la lástima que producen, a personas como yo en ese entonces. Solo lo hice para sentirme bien, no por nada más, el mendigo tendría hambre luego, o quedó con hambre en todo caso. Así fue. Así es, así somos de asquerosos los humanos. Nadie saca a un indigente de la calle con hipócrita caridad cosificada en sobras de comida.

“No tengo”, le dije al hombre que me replicó con un “Dios le bendiga”, tratando de hacerme sentir mal. “Gracias”, le respondí con el tono más cínico que encontré. A mí parecer, al que le hacían más falta bendiciones, era a él. Las bendiciones suelen ser un juego de azar en el que algunos simplemente tienen más suerte. A otros, nada más les falta inteligencia.

Regularmente pienso que observar a la gente con detalle es un castigo y evito hacerlo, pero la incertidumbre que me genera su estúpido e insulso actuar, me gana. Una asqueada curiosidad con tintes de comedia. Intento no hacerlo y sin embargo, acá estoy, sentado en una barra sin nada que hacer un lunes por la tarde más que observar el comportamiento humano a mi alrededor. Viendo a las gentes ir de un lado a otro, distraídas, dispersas, sin darse cuenta de que sus vidas son tan insignificantes como ellos. Despreocupados, o preocupados de más por absurdos, “¿Cómo me veré hoy?”, “¿Será que subo esta foto o esta otra?”, “¿Debería pegarme un balazo o continuar sonriendo como si nada pasara?”, “Chismearé toda la mañana sobre lo que no me afecta para encajar…” Mi cabeza inventa sus voces al igual que sus pensamientos que no tienen pero que ejecutan y me agobian. Bajo la cabeza y veo la barra de madera, fea. ¿Por qué no escogieron una mejor?, ¿por qué me molesta tanto? Bebo café, baja por mi garganta dejando un mal sabor, pienso en irme pero me detengo. Veo hacia arriba como buscando algo celestial que me distraiga y de inmediato me río por lo memo de mi pensar. Suspiro como limpiándome las tripas. Hace falta más que exhalar de forma romántica para limpiar si acaso algo en mis adentros.

Basta de mis soliloquios, le devuelvo la atención a mi entorno. Hacia mi derecha, una tienda despierta mi curiosidad por criticar: “Mafalda”, empezando por el nombre. Tanto emprendedor, tanta carencia de originalidad; van de la mano, estoy seguro. Personaje famoso del que no he leído — ni lo haré porque no me importa — y que me da repulsión. Detallo un poco más y veo que es una tienda de camisetas con mensajes comunistas, pines de Frida Kahlo, El Ché, Silvio Rodriguez, Lennon (¡por supuesto!), y demás símbolos de rebeldía y blablabla…¿cuántos de sus compradores conocerán realmente la historia tras esas caras?, apuesto que menos de un cuarto. Como ha venido el Internet a prostituir, de forma violenta, y tergiversada, tantas, pero tantas cosas. Es una lástima, que se le den facilidades de ese tipo a gente que no las merece, que las ensucia y abarata, sobre todo esta última, lo abaratan. Maldito mundo que gira como tiene que girar. ¿De qué les sirven sus mensajes de rebeldía?, ¿qué quieren demostrar? ¿Qué son diferentes? Lo son, pero no dejan de ser imbéciles. Se autodefinen por movimientos que encontraron interesantes pero de los que no forman — ni formarán — parte. Comunistas por etiquetas, perdedores innatos.

Tal vez, en un buen escenario, el dueño de la tienda tenga un estilo de vida medio hippie y todavía estaría bien, pero, seguiría siendo un farsante hippie establecido aprovechándose de ideales de juventud. Me cae bien, es inteligente. Apuesto a que tiene un buen mate en su casa. Pero no es inteligente, ha sabido subsistir a costa de los demás. Es todo. No ha leído más de 4 libros en su sedentaria vida.

Quiero irme de este sitio y buscar un café mejor. Podría, perfectamente, no pagar por esta porquería, pero evitar la molestia de un litigio me es más cómodo. ¿Una mesera haciendo un escándalo porque no soportaría escuchar que su café está mal preparado? Qué espectáculo, sacaría todo lo asqueroso de su vida en su enojo hacia mí. Me tienta, pero no. Es apenas lunes, para la gente promedio, ya es suficiente condena. Los lunes y la gente. El apestoso lunes que les recuerda que, más de la mitad de su tiempo la invierten en nada, en generar dinero para cumplir con obligaciones que nunca pidieron tener pero tienen qué, porque así somos, sabandijas inmundas, torpes, tontas y obedientes.

Basta de café. Es una buena hora para irse a casa.

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Escenarios son una serie de relatos de personas ficticias en situaciones reales, situaciones que generalmente no comparten con nadie más por temor o falta de interés. Situaciones que su importancia deja completamente de existir en el momento que abandonan su cabeza.
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