Escribir una novela según John Gardner

(El maestro de Raymond Carver)

—Voy a leer tu manuscrito, pero no acostumbro hacer esto.

Acompañó la frase con una sonrisita y cara de desaprobación; después agregó:

—A mí me gusta que lean acá, en el taller, que se critiquen entre ustedes y que recién después entre a criticar yo. Así se crece. Pero como lo tuyo es una novela, voy a hacer excepción. No alcanza el tiempo.

La mina casi saltó de alegría y le dio las gracias.

—Ya que está, te pregunto: ¿no sabés de algún libro que tire directrices para los que escriben novelas?

El pelado se rascó la cabeza.

—Sí, leí un librito que me voló los pelos, uno del maestro de Carver. Un tal John…

-¿Gardner?

—Ése. ¿Lo conocés?

—Leí uno de él hace muchísimo —contestó la mina—, creo que lo tengo en casa todavía.

—Es genial el tipo. El maestro de Raymond Carver —repitió mirándonos a todos—. Raro, pero la tenía clara. Un amigo me lo tradujo y lo tipeó entero en un Word. Lo tengo acá en la compu, creo, si tienen un pen se los paso. Muy recomendable.

—¿Y cómo se llama? —pregunto yo, mientras tomo nota.

—Para ser novelista, pibe.

Me fijo si tengo el pen en el bolsillo más chiquito de la cartera de cuero. Afirmativo. Se lo paso, me copia el archivo y comenta:

—Espero que me vengas con una buena novela dentro de un par de meses.


El suceso ocurrió hace unos dos años y medio, cuando estaba en quinto de la secundaria. Iba al taller que el escritor Pablo Ramos dictaba, ocasionalmente, en Rosario. Un hombre muy particular, al que le encantan los chistes verdes y que te mira con ojos perdidos (recientemente causó polémica en los Martín Fierro, cuando le entregaron uno por mejor libretista de Historia de un clan). La mujer que le pidió que lea su manuscrito es Silvia Tombolini, y ese manuscrito hoy en día es libro: Aunque ella nunca se entere.

Recuerdo el diálogo porque me causó mucha curiosidad el ensayo de Gardner: a) había sido maestro de Carver, y en ese momento era uno de los autores que más leía, b) andaba en busca de ensayos de ese estilo, con consejos para el joven escritor, con palabras de gente famosa y reconocida que motiven al que todavía no había publicado nada. Volví a mi casa con ganas de arrancarlo inmediatamente después de terminar lo que estaba leyendo.

La cuestión es que pasaron muchísimas cosas por mis manos (y mis ojos) entre ese día y la época actual: apuntes de facultad, apuntes de guitarra, ejercicios del taller, novelas, cuentos, poemas, revistas de cultura, diarios, posts en redes sociales… Todo menos el libro de Gardner. Se había disipado: el hecho de que no lo tenga en formato libro físico sino en digital creo que era la razón.

Hace un tiempo empecé a escribir los bocetos de lo que quiero que se convierta en una novela (vengo de dos proyectos fallidos). Busqué algo para leer que complementara la escritura y lo encontré, en una carpeta que tengo en la compu, llamada Mi biblioteca virtual. Lo cargué en la tablet: en las noches, en el colectivo, en los bares, fui agarrándole el gusto. Cada vez que leía una frase o párrafo que sentía que daba en la tecla, lo remarcaba con el fibrón del Adobe Reader.

Al terminarlo, me di cuenta que algunos pedacitos de libro podían servir para hacer una entrada sobre las cosas que tiene que tener en cuenta una persona que se quiere meter en el quilombo de escribir una novela. Para las personas y también para mí mismo, como una ayuda memoria. Una especie de resumen-puzzle. Una presentación en Power Point sobre el tema «escribir una novela según J.G.».

Acá va:

Tenía por principio básico el de que el escritor encontraba lo que quería decir en el continuo proceso de ver lo que había dicho. Y a ver de esta forma, o a ver con mayor claridad, se llegaba por medio de la revisión (pág. 14, prólogo de Raymond Carver).

El joven novelista tiene la sensación de que el mundo entero se ha confabulado en contra suya. Cuando alguien manifiesta su intención de llegar a ser médico o ingeniero electrónico o guardabosque no se ve inmediatamente bombardeado por bienintencionadas exhortaciones encaminadas a hacerle ver lo impráctico de su ambición, lo inasequible de la misma, el despilfarro de tiempo e inteligencia que constituye. «Adelante, inténtalo», decimos, pensando para nosotros: «Si no consigue llegar a médico, siempre se puede quedar en osteópata.» Quienes enseñan a escribir, por otro lado, y quienes escriben libros sobre el tema, y no digamos los amigos, los parientes y los propios escritores, se apresuran a señalar las escasísimas probabilidades (con su consiguiente disminución) que tiene cualquiera (siempre, en cualquier parte) de convertirse en un escritor de éxito: «Para escribir hace falta un don especial», dicen (cosa no estrictamente cierta); «El mercado literario empeora cada año» (falso en buena medida); o: «¡Te vas a morir de hambre!», (puede ser). (pág. 24)

Aunque algunos grandes escritores escriban a veces con torpeza, está claro que uno de los rasgos del escritor nato es su aptitud para encontrar o (a veces) inventar maneras interesantes de decir las cosas. El ritmo de sus frases se adecua a lo que dice, se apresura cuando la historia se apresura, decrece al hablar de un personaje de movimientos torpes y pesados, imita el trueno que aparece en la narración o reproduce verbalmente los titubeos del borracho, el paso lento y cansino del anciano cansado, la conmovedora estupidez de la cuarentona que coquetea. (pág. 30)

Uno de los signos del potencial del escritor es la agudeza de oído —y de vista— que demuestra para el lenguaje. (pág. 31)

Cuando llevamos leídas cinco palabras de la primera página de una buena novela, nos olvidamos de que estamos leyendo palabras impresas en una página y comenzamos a ver imágenes: un perro husmeando entre cubos de basura, un avión volando en círculo sobre las montañas de Alaska, una señora mayor lamiendo furtivamente su servilleta en una fiesta… Nos deslizamos en un sueño y olvidamos la habitación en que nos encontramos o que es hora de comer o de ir al trabajo. (pág. 32)

Así pues, al juzgar la sensibilidad verbal del joven escritor no hay que preguntarse únicamente si la tiene o no, sino también si, quizá, le sobra. (pág. 33)

Si es capaz de escribir de manera expresiva, aunque sólo sea a veces, y si su amor por el lenguaje no es tan exclusivo u obsesivo como para prevalecer por encima de todo lo demás, el joven escritor tiene posibilidades. (pág. 39)

Eliminar las comas de una frase es correcto si esta forma de acrecentar el ritmo de la misma, y por tanto de conferirle mayor emoción, está justificado por lo que en ella se dice. (pág. 41)

Lo que el escritor debe hacer para regenerarse es superar ese mal gusto adquirido, analizar las diferencias y semejanzas que hay entre sus hábitos lingüísticos y los de otras personas y aprender a distinguir las relativas virtudes (y limitaciones) de otros estilos. Una manera de hacerlo es trabajando estrechamente con un profesor que tenga sensibilidad para el lenguaje, pero no sólo para el «buen» lenguaje (bueno en el sentido de «formal»), sino para el lenguaje vívido y expresivo. (pág. 43)

…de manera más filosófica, el lenguaje, inevitablemente, encierra un significado, y los escritos sin revisar encierran significados de los que el autor de aquéllos podría llegar a avergonzarse. (pág. 44)

…todo escritor que no domine el lenguaje, que se deje «atrapar» por las normas y prejuicios de determinado grupo social de escasa tolerancia o que sea incapaz de desembarazarse de la influencia y la visión de determinado modelo literario —Faulkner o Joyce o las expresiones típicas de la ciencia ficción de baja calidad— nunca será un escritor de primer orden porque nunca será capaz de ver claramente por sí mismo. (pág. 45)

Las ciencias prácticas, entre las que se cuenta la ingeniería verbal que permite escribir novela comercial, se pueden enseñar y aprender. El arte, hasta cierto punto, también; pero, exceptuando ciertas cuestiones de técnica, el arte no se aprende, simplemente se le coge el truco. (pág. 46)

Para entonces ya había afrontado la dolorosa verdad que todo joven escritor comprometido debe afrontar finalmente: que está solo. (pág. 47)

Descubrí lo que todo buen escritor sabe: que conseguir escribir exactamente lo que se pretende decir ayuda a descubrir lo que se pretende decir. (pág. 48)

…a las imitaciones literarias les falta lo que se espera de toda buena literatura: la visión propia del autor. (pág. 56)

Hay otro tipo de planteamiento que requiere un tipo de perspicacia más elevada, que exige ser preciso de una forma, para mí, infinitamente más difícil. Me refiero al novelista capaz de meterse en la piel de sus personajes. En este caso, más que conocer a la perfección los propios tics y peculiaridades y aprender a presentarlos con gracia –y más que retratar a los demás como lo haría un agudo autor de epigramas o un malicioso cronista de sociedad–, el escritor tiene que aprender a salirse de sí mismo y a ver y sentir las cosas desde cualquier perspectiva, humana e inhumana. […] El novelista principiante que tenga el don de saber introducirse en la piel de otras personas es quizá el que mayores posibilidades tiene de triunfar. (pág. 61–62)

El escritor psicológicamente apto para entrar a formar parte de la que antes he llamado superior categoría de novelistas debe ser capaz no sólo de comprender a quienes son distintos que él, sino de sentirse cautivado por ellos. Debe tener el suficiente amor propio como para que la desigualdad no le reste firmeza, el suficiente calor humano e interés por los demás, y el suficiente deseo de ser justo, como para no desdeñar a quienes son diferentes; y, finalmente, debe tener, creo yo, la suficiente fe en la bondad de la vida como para estar dispuesto no sólo a tolerar que el mundo esté hecho de diferencias, conflictos y oposiciones, sino a congratularse por ello. (pág. 64).

El escritor dotado de una «vista» verdaderamente aguda (y de un oído, un olfato, un tacto, etc., de pareja sensibilidad) aventaja al que carece de ella en que es capaz de contar su historia en términos concretos y no sólo mediante abstracciones, que, en lo que a vigor se refiere, nunca alcanzan las cotas de aquéllos. En lugar de escribir: «Se encontraba fatal», es capaz de comunicar —por medio de un ademán, una mirada o poniendo en boca del personaje determinado giro— los más sutiles matices del comportamiento de éste. Cuanto más abstracto es un escrito, menos vívido es el sueño a que da lugar en la mente del lector. Hay mil maneras de estar triste, feliz, aburrido o malhumorado, y el adjetivo abstracto no dice casi nada. El ademán preciso, sin embargo, refleja con toda exactitud el único sentimiento que corresponde al momento. A esto es a lo que se refieren los profesores de literatura cuando dicen que hay que «mostrar» en lugar de «decir», A esto y a nada más, habría que añadir. Los buenos escritores pueden «decir» casi todo lo que tiene lugar en la ficción que escriben, salvo los sentimientos de los personajes. (pág. 65)

El detalle es la savia de la ficción literaria. (pág. 66)

Como otros tipos de inteligencia, la del narrador es en parte natural y en parte ejercitada. Se compone de varias cualidades, la mayoría de las cuales son, en la gente normal, señal de inmadurez o incivilidad: de ingenio (tendencia a hacer irrespetuosas asociaciones de ideas); de obstinación y tendencia al individualismo desabrido (rechazo de todo lo que la gente sensata sabe que es cierto); de puerilidad (manifiesta falta de seriedad y de objetivo en la vida, afición a fantasear y a decir mentiras fútiles, desfachatez, malicia, indigna propensión a llorar por nada); de una marcada tendencia a la fijación oral o a la anal, o a ambas (la oral patente en su inclinación a comer, beber, fumar y charlar en demasía; la anal, en su aprensiva pulcritud y su grotesca fascinación por los chistes verdes); de una capacidad de evocación eidética y una memoria visual notables (rasgos típicos del adolescente aún reciente y del retrasado mental); de una extraña mezcla de naturaleza juguetona y comprometedora seriedad, la última a menudo acrecentada por sentimientos irracionalmente intensos en favor o en contra de la religión; de menos paciencia que un gato; de una vena socarrona despiadada; de inestabilidad psicológica; de temeridad, impulsividad e imprevisión; y, finalmente, de una inexplicable e incurable adicción a las historias, orales o escritas, buenas o malas. Naturalmente, no todos los escritores tienen exactamente estas mismas virtudes. Alguna que otra vez aparece alguno que no es anormalmente imprevisor. (pág. 66–67)

[Refiriéndose a los escritores:] «demasiado complejos», escribió un famoso psiquiatra en cierta ocasión, «para ceñirse a un tipo concreto de locura». (pág. 67)

Juan Manuel Gentili

Written by

Systems Engineer | Xamarin iOS & Android dev at @GoFollowOz | 👨🏻‍💻📚☕️🏃🏻‍

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