España, año 2006

José Martín
Feb 7, 2016 · 4 min read
Tarta de chocolate

Eran las once de la noche de una templada noche de agosto en mi pueblo, una aldea castellana de poco más de cien habitantes censados, y que en esa época, en vísperas de fiestas, rondaba los trescientos habitantes residiendo. Ese año aún llevábamos unos amigos la asociación cultural que trata de organizar actividades y eventos para mantener dinámico el pueblo. Para el cine de verano que montábamos, esa noche habíamos programado proyectar la película Chocolat. En esta se cuentan las andanzas de una madre y su hija que ponen en marcha una chocolatería en un pueblo francés anclado en sus tradiciones. Envuelto en una atmósfera gris, se cuenta cómo sorprende la luminosa llegada de la tienda de dulces a los lugareños, ya que no solo son los bombones, sino ese don que tiene la dueña de la chocolatería para acertar con los deseos que tiene cada cliente, de manera que todo aquel que prueba algún dulce parece sucumbir a un hechizo de realidad no realizada: placer, goce, ilusión, apertura de miras… Pero el alcalde, un hombre chapado a la antigua, acabará enconando a todos los vecinos contra la dueña y su hija.

Puedo decir, sin riesgo a equivocarme, que la película fue muy aplaudida, con gran satisfacción para los organizadores, especialmente para mí, pues siempre había pensado que eran las gentes de mi pueblo de mente poco abierta. Inteligentes, pero reticentes a las ideas foráneas y alejadas de las tradiciones. Lo cual puede parecer típico en otros pequeños pueblos castellanos. Mas, en todo caso, siempre les había tenido por gente pacífica.

Sin embargo, dos semanas después se produjo un hecho que cambió mi opinión para siempre. Muchos de quienes habían repudiado el talante del reaccionario alcalde de la película Chocolat pasaron a protagonizar La jauría humana, esa excepcional película en que el sheriff de un pueblo de la América profunda es la única persona sensata que reacciona tratando de evitar el linchamiento de un vecino que regresa a la localidad tras haber escapado de la cárcel.

Los hechos fueron los siguientes: Era la último noche de la fiestas de mi pueblo, momento en que un dúo musical intenta amenizar dignamente a la parroquia. Era una actuación que acababa a las tres de la madrugada y en la que suelen participar más las personas ancianas y de mediana edad. En mitad del baile empezó a correr como la pólvora que en las eras del Cerro estaba tocando un grupo de chavales. No era del todo así, sino que, aprovechando el descanso de la «miniverbena», un grupo de chicos y chicas muy jóvenes (algunos, adolescentes) habían ensayado antes de su concierto. El concierto, gratis, lo había organizado un tipo que estaba regentando un local municipal como bar. Él se sacaba un dinerillo (muy poco, pues, como insinué, el pueblo apenas cobra vida en agosto) y el «bar» quedaba abierto todo el año como lugar de encuentro de las pocas personas que habitan el pueblo. Este tipo era simpático, pero no escondía sus ideas afines al comunismo y la ecología, cosa que con el tiempo provocó más enfrentamiento con los parroquianos, especialmente con el alcalde. Fueron varios los detonantes. Los detonantes simbólicos fueron sus opiniones y colgar una foto del Che en el bar. Los detonantes reales parece que fueron dos: su oposición, con cierta campaña, a que la carretera de acceso al pueblo fuera ensanchada (al calor de la burbuja inmobiliaria del momento), pues habría conllevado la tala de la mitad de los árboles que la bordeaban; y, por otra parte, y quizá a raíz de esto, la negativa que obtuvo del Ayuntamiento para llevar a cabo una reforma en una vieja casa. Fuera como fuese y para más inri, el tipo era de un pueblo cercano, sin raíces en el nuestro, motivo que se esgrimió también para azuzar la que se estaba preparando aquella noche. Pues, además, dos de los integrantes del grupo que tenía previsto tocar en el Cerro también eran de su pueblo. Así las cosas, un tumulto de personas, de sexo masculino en su mayoría, inició una marcha encendida hacia las eras donde el grupo de chavales tenía previsto tocar una vez acabase el baile. Exabruptos de todo tipo iban armando de odio y cizaña la calle de salida hacia el Cerro. Afortunadamente, no llegó la sangre al río, pero los pobres chavales (no más de una docena, con algunos seguidores) se vieron increpados, insultados y en algún caso zarandeados por una masa dispuesta a comérselos. Era tal el clima en aquella era oscura, que alguien avisó a la Guardia Civil. Dos agentes llegaron al cabo de casi una hora de tensiones que parecían desterradas, o eso creía yo. Aquello siguió comentándose años después, y aún hoy cuenta con la mayoría del pueblo que defiende actuación tan cerril.

Yo, por mi parte, he logrado sobreponerme evitando la confrontación. Sin embargo, cuando leo las opiniones de otros españoles que defienden el ingreso en prisión de unos titiriteros contratados por error para un espectáculo infantil, solo encuentro consuelo en la escritura. Valga este escrito como lloro amargo por los tiempos que nos hacen revivir quienes realmente abominan de la dulzura de Juliet Binoche en Chocolat.

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