Mis argumentos a favor de Podemos

Soy lo bastante viejo como para estar libre de entusiasmos idealistas, y sin embargo tengo una ilusión extraña con el asunto de Podemos, la nueva formación que ha revolucionado el panorama político de España.
Estos muchachos aprovecharon un resquicio mediático para colarse como ángeles flamígeros denunciando las corruptelas del régimen político derivado de la Transición. En respuesta, los antaño complacientes tertulianos eran incapaces de someterlos a réplica, ya que venían habituados a un discurso tradicional consistente en el cruce bipartidista de reproches.
Antes de seguir, una pregunta que me hago a menudo: ¿cómo llegó a producirse ese resquicio mediático? ¿Aprenderá la lección el poder, para la próxima ocasión? Posiblemente, porque tras el éxito de Podemos en las elecciones europeas, Paco Marhuenda, uno de los voceros próximos a PP, reprochaba a la dirección de La Sexta el haber dado tanta voz a Pablo Iglesias, culpando así directamente a la cadena del buen resultado obtenido por Podemos. Y es que el discurso televisivo de su líder era brillante e impecable.
La lucha dialéctica de Pablo Iglesias con los periodistas tertulianos era una lucha desigual. Pretender que un tertuliano generalista (asimilable a lo que viene a ser ahora coloquiamente ‘un cuñado’) pueda discutir de política con un doctor en Politología es como pretender que un niño de Primaria pueda tumbar a Arnold Schwarzeneger, pongamos por caso. Sin embargo, llevados por una perezosa complacencia, los periodistas trataban de imponer sus argumentos una y otra vez, siempre infructuosamente.
Pasado un tiempo, y viendo que los argumentos no servían, hubo un cambio de estrategia, y se pasó a buscar en el pasado de los líderes de Podemos trapos sucios con los que poder atacar directamente a su condición de muchachos inocentes e impolutos. Entre lo que se encontró de verdad y lo que se pudo inventar, se tuvo un corpus suficiente para poder criticar a Podemos en dos líneas complementarias:
- Retirarles la legitimidad como denunciantes del statu quo: ‘Cómo se atreven a criticar a los demás, si ellos también tienen lo suyo’.
- Demonizarles como extremistas pagados por gobiernos extranjeros: ‘ETA, Venezuela e Irán están detrás de Podemos’.
Sobre la primera línea, yo encuentro dos defensas. Por un lado: bienvenida sea cada denuncia de corrupción, aunque venga de alguien que no está completamente limpio. Si para denunciar algo hay que ser un ángel del Paraíso, el silencio sobre la corrupción no se rompería jamás. Y, en segundo lugar, remarcar que lo que da valor a una denuncia es su cualidad de verdad, no la naturaleza del mensajero. Incluso aunque la intención del que la formula sea enrevesada y maligna, si la denuncia es verdadera eso debe de prevalecer sobre otras consideraciones.
Respecto a la segunda línea, me cuesta contener la indignación de mi pluma. Si algo detesto es la política de sembrar el miedo, aprovechando la ignorancia de la gente para propagar la percepción de que ‘estamos bien como estamos, mejor no cambiar nada’. Los poderosos, a través de sus voceros mediáticos, consiguen con el miedo lo que no conseguirían jamás con la razón: preservar sus privilegios. Un pueblo ignorante y miedoso jamás osará alzarse en defensa de sus derechos, que no son más que la expresión de su dignidad.
Podría decir que las calumnias sobre la financiación de Podemos son falsas, pero la verdad es que no lo sé. Lo que sí sé es que esto no me importa mucho. Para empezar, habría que matizar mucho qué es financiar. Si Pablo Iglesias ha estado trabajando para una productora de televisión iraní, y ha cobrado por ello, hay un punto de tergiversación explicándolo en términos de ‘estar financiado por Irán’. Pero es que incluso así fuera, el hecho de hacerlo público ya desactiva toda utilidad de Pablo Iglesias para esos gobiernos extranjeros, puesto que su labor de desestabilización necesita forzosamente de un sigilo misterioso para poder ser eficaz.
También se trató de desacreditar a Íñigo Errejón y a Juan Carlos Monedero sacando a la luz irregularidades con su beca y su declaración de renta, respectivamente. El ataque era doble, por un lado en lo referido a su cualificación moral como denunciantes de las inmoralidades de otros, y por otra en la propia dimensión del delito cometido. La defensa moral ya la hice más arriba. Por lo que se refiere a la dimensión del delito, cabe dejar aparte si tal delito existió, ya que por lo que parece hay cierto margen de interpretación interesada al respecto, pero incluso en el caso de que este margen se ignorase, resulta ridículo poner los cuatro cuartos de beneficio que hayan podido disfrutar Errejón o Monedero con las cuantías milmillonarias de los fraudes y corruptelas de los EREs, los Gürtel y la interminable retahíla de casos de desvío de fondos públicos que se conocen día sí, día también.
Una de las defensas más sólidas que se me ocurren es que, en un país que está asentado en una corrupción generalizada, la aparición de gente que no disfruta de esa corrupción no puede ser más que un aire fresco y beneficioso.
La corrupción en España no es sólo una cuestión de cúpulas dirigentes de los partidos y de empresarios poderosos. Existe en un amplísimo espectro social. Lo que unos parecen llevarse a carretadas por un lado suele ser en realidad repartido de una forma piramidal por los distintos estamentos sociales, haciendo que nadie esté realmente limpio. Así, el humilde jubilado que ha conseguido que le coloquen al hijo en algún recoveco del ayuntamiento se ha de sentir forzosamente amenazado ante la irrupción de una gente que exige que todos los contratos sean revisados y opositados públicamente. Cuando un funcionario o un trabajador honesto denuncia una irregularidad, arriesga su futuro profesional, ya que o se le hace el vacío o directamente se le despide. Eso dice mucho de la honestidad general de nuestra sociedad.
Si acabar con la corrupción de gran nivel es difícil, por la connivencia de los afectados y de los propios poderes que deberían vigilarles, llegar al nivel inferior es prácticamente imposible. Sólo una inversión en educación (educación para la ciudadanía, para la moralidad pública) construiría, en unas décadas, unos nuevos ciudadanos con una escala de valores que excluyera la aceptación como normal de la rapiña de lo público.
Con esto quiero decir que soy realmente pesimista. Está todo atado y bien atado. Ante una situación tan desesperada, no puedo hacer otra cosa que dar la bienvenida y la confianza a una gente que tiene un discurso de regeneración pública, a pesar de que puedan tener sus intereses ocultos, a pesar de que sean sustancialmente corruptibles también.
Y ya no hablo solo de los líderes de Podemos, gente manifiestamente preparada, sino de toda la colección de cuadros intermedios y de bases a los que no cabe suponer que sean mejores que los que pertenecen a otros partidos. Habrá gente en Podemos que estará cavilando cómo aprovecharse de su repentino acceso a los recursos del Estado, dando forma así a los escándalos que descubriremos en los futuros años.
Pero es que así son las cosas: el poder corrompe, la gente es imperfecta, y lo único que impide que la corrupción sea total es ventilar de vez en cuando, fregar con lejía y llevarse toda la mierda, aún a sabiendas de que la suciedad volverá a establecerse más pronto que tarde.
Respecto a la radicalidad de Podemos, tampoco sufro. Está por ver que Podemos llegue a tener un día una mayoría absoluta que le permita obrar a placer y construir una república socialista islamista o lo que puedan pretender esas malignas potencias extranjeras. Y, por otro lado, si tan preocupados estamos de vernos sometidos al influjo de poderes extranjeros, cabría reflexionar qué sino poderes extranjeros son esos misteriosos mercados ante los cuales nuestros políticos nos insisten, día tras día, que debemos doblar la cerviz. ¿La Alemania de Merkel no es una potencia extranjera?
En fin, que todavía estoy esperando una crítica a Podemos que me incline a decir ‘pues sí, mira, ahora que lo dices, visto así creo que mejor retirarles mi apoyo’. Todas las críticas son insustanciales (como la de que cómo se atreven a hablar si son iguales que todos) o interesadas (si esta gente llega a mandar se nos acaba el chiringuito). Pero vamos, que estoy abierto a escuchar más razones, aunque no pienso renunciar a analizar esas razones a la luz de mi —espero que imparcial— entendimiento.