Fé es sanación, lo dice la ciencia

El poder de la fé está en nosotros y en todo nuestro alrededor.

Erik Vance explora el poder sanador de la fé, en National Geographic —edición de Estados Unidos, diciembre 2016.

La historia de Richard Mödl

No estaba seguro de llegar a la Capilla de la Gracia. Era una agonía caminar. Era 2003 y Richard se había roto recientemente el talón. Estaba decidido a completar su primera peregrinación de Regensburg a Altötting, Alemania. Una distancia de 70 millas que miles de creyentes caminan cada año para contemplar una estatua de madera consagrada: la Virgen Negra de Altötting. Si el dolor se ponía muy mal siempre podía pedir pon. Pero tenía una profunda fé en la capacidad de la Virgen María para sanarlo. Así que caminó. Y caminó.

Hoy en día, a sus 74 años, Mödl tiene una cálida sonrisa y una fortaleza que parece como si pudiera sobrevivir la carga de un rinoceronte. Desde la curación de su pie, ha hecho la peregrinación 12 veces más, y es un creyente apasionado en su poder transformador.

El poder de la fé está en todo nuestro alrededor

Mödl no está solo en su creencia. Ya sea tomando la forma del Espíritu Santo en una reunión de avivamiento en Florida o un baño en el agua del rio Ganges, todos hemos visto o leído acerca del poder curativo de la fé. Estudios sugieren que servicios religiosos regulares pueden mejorar el sistema inmunológico, disminuir la presión arterial, añadir años a nuestras vidas.

La fé religiosa no es el único tipo de creencia que tiene la capacidad de hacernos sentir mejor. El uso de la medicina alternativa está generalizado, incluso entre las personas que utilizan la medicina convencional.

A miles de kilómetros de distancia, otro milagro médico.

Mike Pauletich notó por primera vez en 2004 que tenía un problema. Su puntería al lanzar una pelota de béisbol estaba fuera, y le dolía el brazo. Su mano temblaba un poco, y, lo más extraño de todo, su esposa notó que ya no sonreía.

Pensó que tenía síndrome del túnel carpal y fue al médico. Pero su mala puntería no era debido a su brazo, y la razón por la que no sonreía no era por el dolor. A los 42 años de edad, Pauletich tenía la enfermedad de Parkinson. Su médico le dijo que dentro de una década no sería capaz de caminar, pararse, o alimentarse a sí mismo.

Pauletich no se deterioró tanto como su médico predijo. Durante años luchó con la enfermedad y con la depresión. Hablar y escribir se hizo cada vez más difícil. En 2011, se apuntó en un estudio clinico en Ceregene, una empresa que estaba probando una nueva terapia genética. Parkinson es el resultado de una pérdida crónica del neurotransmisor dopamina. Se había demostrado en monos que las inyecciones de una proteína llamada neurturina podría detener el progreso de la enfermedad protegiendo y posiblemente reparando las neuronas que generan dopamina. El tratamiento experimental de Ceregene fue cortar dos agujeros en su cráneo e inyectar el fármaco directamente en el cerebro.

La mejoría de Pauletich después de la cirugía fue impresionante. Antes, luchaba para moverse. Tenia que explicar constantemente a sus clientes que su hablar dificultoso no era causado por beber. Después del procedimiento su temblor desapareció, su movilidad mejoró, y su hablar fue mucho más claro. Hoy en día apenas se nota que tiene Parkinson. Su médico en el estudio, Kathleen Poston, estaba asombrada. Hablando estrictamente, el Parkinson nunca se había curado en los seres humanos. Lo mejor que se podía esperar era una desaceleración en la progresión de la enfermedad, e incluso eso era extremadamente raro.

En abril de 2013, Ceregene anunció los resultados del estudio: Neurturin había fallado. Los pacientes que habían sido tratados con el fármaco no mejoraron más que los de un grupo de control que habían recibido un tratamiento con placebo —una cirugía simulada en la que se perforó el cráneo del paciente para hacerle sentir que hubo una operación—. Ceregene fue comprado por otra compañía en 2013, y su trabajo con neurturin para curar el Parkinson no se ha continuado.

La doctora Poston estaba devastada. Pero luego miró los datos y notó algo que la asombró. Mike Pauletich no había recibido el tratamiento verdadero. Había recibido el placebo.

En un sentido, tanto Pauletich como Mödl participaron en una actuación, una en la que hemos estado participando durante miles de años, cada vez que vamos a curanderos con la esperanza de que puedan hacernos sentir mejor. Y así como un buen espectáculo teatral puede hacernos sentir que estamos viendo algo real, el teatro de la curación está diseñado para crear poderosas expectativas en nuestra mente. Estas expectativas impulsan el llamado efecto placebo, que puede afectar también lo que ocurre en nuestros cuerpos. Los científicos han sabido sobre el efecto placebo durante décadas y lo han utilizado como un control en estudios con fármacos. Ahora están viendo placebos como una ventana en los mecanismos neuroquímicos que conectan mente, cuerpo y fé.

¿Cómo una creencia se convierte en algo tan potente que puede sanar?

De vuelta al teatro. Una parte crucial de una actuación inspiradora son los decorados y los disfraces. Cuando Pauletich experimentó mejoría en sus síntomas, no fue sólo debido a las agujeros que sentia en su cabeza o lo que los médicos le dijeron acerca de la cirugía. Era toda la escena que había experimentado: los doctores en sus chaquetas blancas, los estetoscopios alrededor del cuello. Las enfermeras, chequeos, exámenes, incluso la mala música en la sala de espera del hospital. Los médicos lo llaman el teatro de la medicina.

Este escenario se extiende a muchos aspectos del tratamiento y puede operar en un nivel subconsciente. Los placebos caros funcionan mejor que los baratos. Los placebos de marca funcionan mejor que los genéricos. Los supositorios de placebo funcionan mejor en Francia, mientras que los ingleses prefieren tragar sus placebos. Las inyecciones falsas funcionan mejor que las pastillas falsas. Pero las cirugías falsas parecen ser las más poderosas de todas.

Más asombrosamente, los placebos pueden funcionar incluso cuando la persona que los toma sabe que son placebos. Esto fue demostrado en un papel ahora clásico del 2010 publicado por Ted Kaptchuk, un investigador en la Facultad de Medicina de Harvard. Después de 21 días de tomar un placebo, las personas con síndrome de intestino irritable se sintieron notablemente mejor en comparación con las personas que no recibieron nada. Incluso aquellos que informaron sentir alivio fueron informados de antemano (y recordado después) que estaban recibiendo placebos.

El experimento mostró que una buena relación paciente-médico era clave para la creencia en un resultado exitoso. Los pacientes fueron educados sobre el poder de los placebos y la actitud positiva. Se les dijo que las píldoras placebo indujeron auto-sanación en pruebas clínicas. Se les indicó que tomaran las pastillas sin perder una dosis.

Karin Jensen, una de las ex colegas de Kaptchuk que ahora dirige su propio laboratorio en el Instituto Karolinska en Estocolmo, Suecia, diseñó un experimento para determinar si era posible usar señales subliminales para condicionar a los sujetos a experimentar un efecto placebo.

Durante la fase de acondicionamiento del experimento, los sujetos vieron caras alternas en una pantalla. Jensen usó rostros en su experimento porque nuestros cerebros pueden reconocerlos rápidamente. La mitad de los sujetos recibieron señales subliminales. Las caras aparecieron por sólo una fracción de segundo, no lo suficiente como para reconocerlas conscientemente. Para los otros sujetos, las caras aparecieron por suficiente tiempo como para ser reconocidas conscientemente.

Durante esta primera fase, los brazos del sujeto fueron calentados al mismo tiempo que veía las caras: más calor con la primera cara, menos calor con la segunda. En la fase de prueba que siguió, los sujetos, incluidos los que sólo vieron las caras rápido, informaron sentir más dolor cuando vieron la primera cara, aunque el calor permaneció idéntico para ambas caras. Los sujetos habían desarrollado así un vínculo inconsciente entre mayor dolor y la primera cara.

El experimento mostró que una respuesta placebo puede ser condicionada subliminalmente. Entrar en un hospital dispara las respuestas en nuestros cuerpos de una manera similar. Los hospitales son un lugar común para el teatro de la fé. Hay cientos de tratamientos médicos alternativos que aprovechan nuestras expectativas —homeopatía, acupuntura, medicina tradicional china, terapia de orina, tabletas de cuerno de rinoceronte, faciales de sangre humana, infusiones de vitaminas, aromaterapia, por nombrar algunos.

Tanya Luhrmann es antropóloga de la Universidad de Stanford. «La fé es natural. Viene en parte de la forma en que nuestras mentes están alambradas», dice. Ella ha dedicado gran parte de su vida profesional a entender las interacciones de la gente con Dios.

Ella dice que la fé basada en la curación requiere no sólo una buena historia, sino también el esfuerzo de un oyente activo —uno con la capacidad de hacer lo que se imaginan sentirse real—. «Cuando la historia y la imaginación se sincronizan, los resultados pueden ser asombrosos. Tenemos la capacidad de cambiar nuestra experiencia», dice. «Estas son habilidades, y podemos aprenderlas».

Brujos modernos

Erik Vance viajó a Catemaco, México, buscando los brujos. Oyó de ellos como curanderos particularmente teatrales, mezclando tradiciones chamánicas con el catolicismo romano. Como los cristianos hace mil años. Había oído historias de hogueras y locos bailando que escupían una bendición por todos lados. Valía la pena una visita.

Pero en la oficina de un brujo moderno, no había fuegos o chamanes gritando. El área de espera resultó ser una pequeña sala bien ordenada que olía a desinfectante. Amuletos de plástico y cristales alineados en los estantes. Alrededor de 10 personas sentadas, leyendo revistas o viendo fútbol en la televisión. El brujo que lo saludó parecía más médico que brujo. Vestido todo de blanco, con un bigote limpio y pelo corto con gel. La mitad de su oficina estaba ocupada por un altar lleno de crucifijos: estatuas de santos, flores y cientos de luces intermitentes.

Erik quería una limpia simple, una limpieza del espíritu. El brujo agarró un huevo, unas ramitas de albahaca y un par de botellas de plástico llenas de bloqueadores de envidia, protección de mala energía y atracción de riqueza. Todo estaba ordenado y desinfectado. Después de una breve entrevista, Erik fue rociado con aceites picante y rozado con un huevo. El huevo fue abierto en un vaso de agua y examinado de cerca.

Una rutina familiar, común entre los brujos en México. Pero Erik se sorprendió por la falta de pompa o mumbo jumbo. Era más clínico que ceremonial. El brujo informó que el huevo indicaba dolor en el futuro. Como un radiólogo que examina una radiografía, el brujo observó varias burbujas alrededor de la clara del huevo: una señal de que alguien cercano a él estaba celoso y le deseaba mal. Por una tarifa adicional podría ser protegido de daños futuros. Erik se negó y se estrecharon la mano. ¿Dónde estaba el teatro?

Sólo más tarde Erik comprendió, la medicina convencional se ha convertido en la norma en Catemaco. Escupir y agitar plumas de pollo inspiró confianza antes, pero la mayoría de los brujos se han adaptado a los tiempos modernos. Con batas blancas y antiséptico mezclado con misticismo, aprovechan las expectativas de sus pacientes modernos: el teatro de la medicina moderna. Hacer contacto visual y sonreír cálidamente, como un médico experto y atento.

Y Erik se sentía un poco mejor.

Los tratamientos médicos alternativos lentamente están logrando aceptación en la medicina moderna. Incluso hay una tendencia creciente entre las compañías de seguros para ofrecer cobertura a través de una red de proveedores de renombre en acupuntura, aromaterapia, biofeedback, quiroprácticos, remedios naturales, masaje, naturopatía, reflexología y yoga —para nombrar algunas terapias.

Entonces, ¿cómo funciona el teatro de la medicina? ¿Cómo literalmente se cura con fé?

Una parte del rompecabezas implica acondicionamiento. Los científicos han sido capaces de entrenar el sistema inmunológico de ratas al emparejar líquidos dulces con ciclosporina A, un fármaco que bloquea la función de las células inmunes. Se utiliza para evitar que los pacientes rechacen órganos trasplantados. Cada vez que la rata tiene una bebida dulce, también obtiene la droga. Pero después de muchas veces, la droga es innecesaria: la bebida dulce por sí sola es suficiente para detener la respuesta inmune.

La respuesta condicionada del efecto placebo en reacción al dolor es liberar endorfinas —analgésicos sintetizados en el cuerpo—. En la década de los 70 dos neurocientíficos de San Francisco interesados ​​en cómo los opioides internos controlan el dolor hicieron un descubrimiento durante un experimento con los pacientes que acababan de sacarse sus muelas del juicio.

Los investigadores primero compararon la respuesta de un grupo placebo a la respuesta de otro grupo que recibió naloxona, un fármaco que cancela el efecto de alivio del dolor de los opioides. Ninguno de los sujetos recibió o esperaba recibir analgésicos y todos se sentían miserables. Luego los científicos rediseñaron el experimento, diciéndole a los pacientes que algunos de ellos recibirían morfina, algunos un placebo y algunos naloxona.

Nadie, incluidos los investigadores, sabía quién recibiría qué. Esta vez, algunos de los pacientes se sintieron mejor, aunque no recibieron morfina. Su expectativa de alivio potencial desencadenó la liberación de endorfinas en sus cuerpos, y esas endorfinas redujeron el dolor. Pero tan pronto como recibieron naloxona, volvieron a doler. El fármaco eliminó el alivio del dolor que su cuerpo hizo generando endorfinas —la respuesta placebo.

Sin la esperanza de alivio no hay efecto placebo.

Desde ese experimento, el condicionamiento se ha utilizado para estudiar los efectos de la fé en la liberación de otros fármacos producidos por el cuerpo. Incluyen serotonina, dopamina y algunos cannabinoides, el ingrediente psicoactivo de la marijuana. Pero no fué hasta principios de los años 2000 que los científicos pudieron observar esos efectos en el cerebro. Tor Wager, como estudiante PhD en la Universidad de Michigan, puso a sujetos en un escáner cerebral. Aplicó crema a ambas muñecas en cada sujeto, luego ató cables que podrían producir un shock eléctrico o calor dolorosos. Les dijo a los sujetos que una de las cremas podría aliviar el dolor. Las cremas eran las mismas, sin cualidades de reducción del dolor. Después de varias rondas de acondicionamiento, los sujetos aprendieron a sentir menos dolor en la muñeca cubierta con la crema de «alivio del dolor». Al cabo de varias sesiones, las fuertes sacudidas no se sintieron peor que un pellizco. Una respuesta placebo típica condicionada.

La parte más interesante fue lo que mostraron las exploraciones cerebrales. Las sensaciones normales de dolor comienzan en una lesión y viajan en una fracción de segundo a través de la espina dorsal a las áreas del cerebro que reconocen la sensación como dolor. Una respuesta placebo viaja en la dirección opuesta, comienza en el cerebro. Una expectativa de curación envía señales a partes del tronco encefálico, lo que genera opiáceos analgésicos y los libera a la médula espinal. No es que nos creamos que no tenemos dolor. Nos auto-medicamos, literalmente, esperando el alivio que hemos estado condicionados a recibir.

«La creencia correcta y la experiencia correcta trabajan juntas», dice Wager. Y esa es la receta.

La receta de la fé ha encontrado salir del laboratorio y aplicarse a la práctica clínica. Christopher Spevak es un doctor del dolor y de la adicción en el centro médico militar nacional de Walter Reed en Bethesda, Maryland. Cada día ve a miembros activos del servicio militar y veteranos con heridas severas, a veces solo días o semanas después de que han dejado el campo de batalla. Esto le ofrece una oportunidad de usar la expectativa y el condicionamiento para aprovechar los opiáceos internos para evitar, o al menos mitigar, el dolor a largo plazo.

Cuando Spevak habla primero con sus pacientes, él no pregunta sobre sus lesiones o sus historias médicas —él tiene todo eso en archivo—. En vez de eso, les pregunta sobre ellos. Para aprender sobre olores familiares o dulces favoritos de su infancia. Eventualmente, si Spevak prescribe analgésicos opiáceos, cada vez que el paciente toma uno, también tiene un olor que recuerda a la infancia. O ese dulce favorito. Cualquier estímulo que Spevak ofrece está asociado con recuerdos felices. Con el tiempo, los pacientes comienzan a vincular el olor o el dulce con las drogas para matar el dolor. Después de un tiempo, Spevak reduce la droga y sólo proporciona los dulces u olores. El cerebro del paciente puede ir a una farmacia interna para los medicamentos necesarios.

«Tenemos amputados triples, amputados cuádruples, que no tienen opiáceos», dice Spevak de sus pacientes veteranos de Irak y Afganistán. «Sin embargo, tenemos veteranos de Vietnam que han estado en altas dosis de morfina para el dolor de espalda durante los últimos 30 años».

La influencia —y el condicionamiento— de nuestras relaciones sociales

Hace dos años Leonie Koban, miembro del laboratorio de Tor Wager, encabezó un nuevo estudio con placebos. Querían probar el efecto de un tercer elemento que influye en las experiencias de dolor: otros creyentes.

Los investigadores crearon una sensación de ardor en los brazos de sus sujetos y les pidieron que evaluaran la fuerza que tenía. Pero esta vez introdujeron una variable extra. Los voluntarios miraron una pantalla y vieron una gráfica que representaba cómo participantes anteriores habían calificado su dolor. Para el mismo estímulo, los sujetos informaron sentir niveles más altos o más bajos de dolor en la misma relación que participantes anteriores.

El resultado no fue sorpresa. Lo que sorprendió a Koban y Wager fue la gran fuerza de la influencia social: el efecto fue mayor de lo que se podía esperar después del condicionamiento. Sin saberlo, los sujetos fueron medidos en la conductancia de la piel —usado en detectores de mentiras— demostrando que no mentían a los investigadores. En realidad respondían menos al dolor. Los estudios con escáneres cerebrales implicaron una red separada y complementaria de actividad cerebral que se inicia cuando los placebos convencionales son aumentados por la presión social.

Nuestras relaciones sociales influyen no sólo en nuestras experiencias emocionales, sino también en cómo sentimos dolor y sanación.

El impacto del grupo social podría ayudar a explicar por qué la religión podría ser, en un sentido muy literal, lo que Karl Marx definió como «el opio del pueblo». Tenemos la capacidad de accesar nuestra tienda de creencias y expectativas, especialmente cuando estamos rodeados por otros creyentes en lo mismo.

En ninguna parte es más evidente el poder de la creencia grupal que en las peregrinaciones religiosas —como la caminata católica anual a Lourdes, la peregrinación anual de los musulmanes a La Meca o, la más grande de todas, la Maha Kumbh Mela, que ocurre cada 12 años—. El último Kumbh Mela, en febrero de 2013, atrajo a unos 70 millones de hindúes a la ciudad India de Allahabad.

O la peregrinación a Altötting. La primera curación documentada en Altötting fue en 1489, cuando se dijo que un niño ahogado había sido milagrosamente resucitado. Hoy en día la Madona Negra atrae alrededor de un millón de visitantes al año.

La Capilla de la Gracia está cubierta por dentro y por fuera con imágenes que representan milagros que abarcan cientos de años y todas las dolencias imaginables. Apoyados contra las paredes hay muletas y bastones dejados a través de los siglos por feligreses y peregrinos cuyo sufrimiento fue aliviado por la Virgen Negra.

La expectativa de curación continúa al día de hoy.