Familias

Alexandra Ximenez
Sep 10, 2016 · 7 min read

Pensando en el tema de la familia «tradicional y natural» del que tanto ha hablado el Frente Nacional por la Familia, decidí escribir esto, inspirada por el texto de Alberto Chimal.


Mi padre me conoció el día que nací, y no volvió a verme hasta que yo tenía 1 mes. Su trabajo en un barco le obligaba a tener poco tiempo para convivir conmigo, verme crecer y educarme. Mis papás siguen casados, sin embargo la dinámica en mi hogar podría describirse como uno de una madre soltera, pero con el apoyo directo de un padre, ausente por necesidad económica. Su cariño me era dado los fines de semana, a través de llamadas telefónicas, cartas y paquetes que a veces llegaban de otras ciudades o países. Cuando tenía 6 años, recuerdo que no lo vi por casi 8 meses ya que estaba trabajando en Estados Unidos.

Mi mamá trabajaba, por lo que crecí en una guardería, en la que fui inscrita a los 9 meses; al entrar a la primaria quien se hizo cargo parcialmente de mí por las tardes era una tía, hermana de mi papá. Me recibía al salir del colegio, me daba de comer, me daba permiso de jugar en el parque de su calle, me ayudaba con mis tareas si era necesario, la acompañaba algunas veces al café de la tarde con sus amigas; y cuando mi mamá salía del trabajo iba por mí a su casa. Esa fue una rutina de varios años. A veces no era mi tía, a veces era alguna amiga de mi mamá quien me recibía a la hora de la salida.

Durante mucho tiempo en vacaciones —y en días de escuela— llegaba a la oficina de mi mamá porque no podía dejarme sola en casa, o porque yo misma prefería eso a quedarme sola, cuando ya podía. Ahí, crecí entre máquinas de escribir, sonidos de teléfonos, relojes checadores y con cariño de muchas personas. Cada una a su manera, cuidaba de mí. Sabían quien era mi mamá y a veces cuando no estaba junto a ella, solo levantaba el telefóno y marcaba a alguno de los muchos departamentos de aquel edificio administrativo para que dijeran: «Sí, aquí está Ale… comiendo, dibujando, contando chistes».

A las mamás de mis dos mejores amigas las llamé mamá por mucho tiempo. Me recibían en sus casas para dormir, me hacían parte de sus actividades familiares —incluso viajes o salidas a eventos—, me presentaban como su hija ante gente nueva, y para mí, eso era ser parte de una familia. Nunca dejé de ver a mi mamá y a mi papá como lo que son, tener esas otras mamás y papás simplemente era una ampliación del círculo familiar. Eso de la sangre y los parentescos nunca me importó mucho. Lo que me importaba era que me hacían sentir amada, me apoyaban, me cuidaban, y yo, sentía lo mismo por ellxs.


Me bauticé a los 10 años, y ese mismo día hice mi Comunión. Fui al catequismo, aunque el Padre llegó a decir que mejor no fuera porque hacía muchas preguntas. ¿Y los dinosaurios? ¿Y por qué no hablan del Big Bang y los planetas? ¿Si Dios hizo todo, por qué los griegos y los egipcios creían en otros dioses y no eran católicos? Yo, con una curiosidad insaciable, fui relegada de aquel grupo y decidieron darme pase directo, algo así como quedar exenta de aquellas tortuosas reuniones con niños de caras largas y una infinita apatía, porque a la Iglesia no se le cuestiona. Mis papás simplemente dejaron que yo eligiera y, secretamente, pienso que les divertía verme pasar por aquel ritual al que no me habían obligado. Igual hubiese dicho: «quiero ser cristiana, evángelica…» y seguro me habrían dejado. Mis padres son católicos, de esos que lo son porque pues como el PRI, en su tiempo no había mucho de dónde elegir, y los bautizaron y les enseñaron el Padre Nuestro. Pero en mi casa nunca se leyó la Biblia y lo más cercano a lo religioso era persignarme antes de dormir. En mi casa se me enseñó desde muy pequeñita sobre el cuerpo humano, educación sexual y que no había que discriminar a las personas, ni por su raza, ni por su clase social, ni por su religión, esto último me lo dejaron bien claro cuando yo pedía permiso para ir a los servicios cristianos con una amiguita del fraccionamiento, o cuando fui a un templo evangélico por curiosidad, cuando me devoraba libros sobre judaísmo, cuando intenté aprender que se necesitaba para convertirme en monje tibetano —en lo cual fracasé—, y jamás se opusieron, o cuando salí con la «ocurrencia» de que quería bautizarme y hacer comunión porque YOLO.

Mi educación fue, por decir lo menos, colectiva y abierta.

Como adulta, mi familia ha sido peculiar. Una de mis tías vivió un tiempo con nosotros, luego mi abuela materna lo hizo por algunos meses. Por mi cuenta, hice hogar con una chica a la que adoraba y después se sumaron dos roomies. Hice hogar con dos amigos. Hice hogar con mi actual novio y un amigo mío. Hice hogar con mi novio y una amiga suya ¡y muchos animales! Hice hogar con mi novio y un amigo suyo ¡y más animales! Ahora mi hogar es con nuestros gatos y perros y mi novio reside en otro país por cuestiones de trabajo. ¿Qué ha existido en común en todos y cada uno de esos hogares? Que cooperamos para hacer de ese espacio que compartíamos un lugar de amor y armonía. Que compartimos, además de un lugar físico, una conexión que nos hizo preocuparnos por el otro. Por saber si habíamos comido, por saber si necesitábamos algo, por cuidarnos, por protegernos, por convivir, por conocer nuestros gustos, nuestros sueños, nuestras metas, donde podíamos hablar sobre nuestro día, compartir actividades, compartir cosas, compartir ideas. De esas personas con las que he vivido y convivido, han sido heterosexuales, lesbianas, gays, bisexuales, transexuales, éramos familia ¡y ni siquiera había hijos de por medio!

Y no, nadie convirtió a nadie, ni comploteábamos sobre como convertir al resto del mundo en unicornios con bufandas arcoiris. Simplemente construimos un hogar basados en valores comunes, en respeto y en amor.

Taking over the world!

Por eso, leer sobre el Frente Nacional y sus clamores sobre la destrucción de la familia tradicional me causan tanto ruido.

He conocido muchísimos matrimonios heterosexuales con problemas realmente serios; he conocido hogares donde padre y madre siguen juntos por apariencia, donde los padres maltratan a lxs hijxs pero lo importante es que siguen juntos; he visto como la presión social hace que hombres o mujeres que pertenecen a la comunidad LGBTTTI se vean obligados a entrar a una dinámica de la que no desean ser parte —un matrimonio heterosexual, hasta con unión religiosa y su consabida prole— porque lo importante es lo que diga la gente no lo que realmente uno desea; también esos hogares donde la hija embarazada vive con los papás y no hacen más que reclamarle por el embarazo pero que ni se le ocurra pensar en abortar porque pecado. Y es triste. Muy triste. Esa familia tradicional que ellos defienden, de entrada, no es la mía. Tengo un padre y una madre, pero el trabajo de ambos, hizo que mi crianza y educación se dividiera entre muchísimas personas e instituciones, ¿eso es malo? No. Tengo pareja y no tengo hijxs, ¿somos familia? Claro.

Por eso, esta marcha me parece terrible. No por que deseen ejercer su derecho a manifestarse; sino por las mentiras y manipulaciones que han dicho y hecho desde que iniciaron su campaña en pro de lo que llaman familia «tradicional» o «natural». ¡Nadie les está pidiendo permiso para casarnos en sus iglesias y templos! El reconocimiento que sea otorgado por el Estado (LAICO, de pasadita se los recuerdo) nada tiene que ver con sus creencias y seres divinos.

Para mí la familia no tiene que ver con hijos, ni con la sangre, ni tampoco con la preferencia sexual; tiene que ver con acciones que demuestran que estamos ahí para apoyar, cuidar, querer, amar, nutrir, educar a otrxs. Ser familia, lo repito, tiene que ver con amor, respeto, confianza. Todo eso, lo he tenido, no solo de mi padre y mi madre, sino de parientes, amigos y parejas. Y si le buscan tantito, estoy segura que muchxs de lxs que marchan hoy, se darán cuenta que su familia va más allá de mamá y papá —quienes tengan a ambos—, quizás los crió una abuela, quizás los padrinos y madrinas, quizás en su educación influyó un hermano o hermana mayor, y por pura estadística, estoy segura que hijos e hijas de quienes marchan hoy, tal vez sean parte de la comunidad LGBTTTI, y que al verlos marchar en contra de sus derechos y expresar su odio públicamente, no les quedará mucha opción que vivir parte de su vida y su identidad a escondidas, con miedo o con tristeza, ¿para eso sirve SU familia «tradicional»?

Si dicen que dios lo juzga todo… ¿por qué se le andan adelantando?

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Empowering women in tech | Global Facilitator @startupweekend @UPGlobalHQ | Nomad writer & editor

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