Faros y bruma

Colores no reconocidos.
¡Tan fuertes!

Rojos encendidos otra vez recién nacidos
tiñen de sangre lo vivido
aún dibujados en negro
los faroles
en esa larga noche del desrecuerdo.

Conque
¡Niño corre!

Algunos quisieron que siempre sea lo mismo.

Los recuerdo.
¡Que los recuerdas!

¿Y qué es lo que recuerdas?
Claras mentiras
mentidas todos los días,
aún siendo leyenda
tú nunca fuiste a la tienda
del maestro de escuela,
fue otro,
el loco,
el que escuchó alumno
lo que cantaba el que insultaron El Tuno.
Pobre destino el tuyo,
en tantos profesores
en ti ni uno solo hubo
que enseñara al Cristo.

Salvador.

Siglos,
por los siglos de los siglos
todo se dijo
y hoy se repitió,

cien veces cien
en la boca del discípulo.

¡El qué!

Veinte siglos otra vez.

Profesores que te dieron alpiste.
No sabes qué tuviste
como tampoco lo que viste
ni oíste.
No aprendiste
lo que no tuviste para aprender.

¡Universidades!
No miraste
lo que no te explicaron en las clases
mas no paraste de leer.

A pesar de todo el abuelo enseñó,

lucero que a otros enseñó,
a otros enseñaron
que fueron muchos los que fueron señor
enseñando
a quien quiso ser parte
y no tener.

¡Aquí heme de detener!

Es importante,
muy importante lo del tener.

No te tocó
pues en verdad no amaste.

¿Entiendes?

Era eso,
era eso todo lo que no aprendiste.
¡Ser! ¡Amar! Amar y ser.

Entiendo.

¡Qué habrás tú de entender!

¿Quién gritó?
El pueblo,
el pueblo gritó.

¡Mientes!
Mientes y no entiendes
y no sabes.

¡El pueblo calló!

Solo Eres
y solo Trabajos que reparte el Jefe.
El pueblo calló cobarde
como siempre calla el pueblo
si no le acogotan la sangre.

Cocaínas gratis,
ron fácil,
un vaso lleno de pastillas y un jamón.

¡Vendidos!
Pedos de amargo olor y mucho dolor.

Treinta denarios,
cien euros
y las briznas de la hierba para rumiar en el plato
sobre alfombra de estiércol.
Vacío.

Dos ostias y un calvario
cierto o inventado,
habló
antes de las espaldas
y lo crucificaron.
lo negaron,
las negaron
de espaldas las letras escuchadas
entre vítores clamados delante de un escenario.

¡No lo habían escuchado!

¡Miedo!

¡Tres veces!
Cien veces cien sacerdotes y mil veces mil fieles.
Rápido olvidaron
si alguna vez aprendieron algo.

¡Miedo!

¡Intelectuales!

Los intelectuales,
aún más cobardes.
¡Los peores!
¿Qué hablaron?
¿Qué escribieron?
¿Qué dibujaron?

¡Más que nada!

Mintieron,
callaron,
borraron,
asesinaron
la memoria que existió.

¡Qué fue!

¡Becerros de oro!

Mucho miedo tuvo el abuelo.

¡Aquí estoy yo!
No los oigo
a los escondidos abuelos.

Escondido ¡Aquí estoy yo!
Enseñando ¡Aquí estoy yo!

Como callando enseñó
sin gritarlo
y ahora que un niño se levantó
y protestó
cinco han mirado
y quinientos han levantado las manos para aplastarlo.

Corre niño,
sigue al maestro
y díselo,
díselo a todos los millones de oprimidos.
Escuchad todos los gritos
de todos los abuelos que sin denarios son maestros.

Cinco millones empujando han de empujar a quinientos al paro.
O al desierto océano.

.

Un faro
hace falta mirarlo
para que indique el camino
si es necesario.
¡Cuántos alientos escondidos
son faro!
Focos de saber
lucen sólo para este, ese y aquel.
Embrumados, desconocidos
viven la vida enseñando,
del mundanal ruido huidos,
en su propio barrio.
Faros que lucen
en quien escucha su canción
y dan lumbre
sin gritar ¡Aquí estoy yo!