¡Feliz día de la Hispanidad!

Hoy 12 de octubre celebramos en España el día nacional. Podría quedarse ahí simplemente, pero a diferencia del día nacional de cualquier país, esta fiesta se comparte en diversos continentes con celebraciones en toda América, África (Guinea Ecuatorial) y Asia (Filipinas). Hoy hace poco más de 500 años llegábamos a América. Llegó el descubrimiento. No era la primera vez que llegaban los europeos al continente pero sí cuando se extendería el conocimiento de su existencia en Europa y cuando se establecería una conexión y un intercambio cultural que dura hasta el día de hoy. Es considerado uno de los momentos más relevantes de la historia. Sobra aclarar por qué, en todos los aspectos sociales y científicos posibles, tanto como lo fueron la caída de Constantinopla, o la llegada del hombre a la Luna después.

Desembarco en América, de John Vanderlyn.

Es también una conmemoración de los posteriores siglos de conquista y colonización —separo ambos términos pues no son lo mismo, y las nuevas ciudades y pueblos que se construyeron, donde antes no había nada, se cuentan por miles o decenas de miles, y la mayoría aún siguen ahí—, siglos de grandes gestas, donde se lograron hitos y hazañas inimaginables, solo igualadas en los mitos griegos, aunque en este caso bien documentadas. Una época en la que un país de menos de diez millones de habitantes le aguantó el pulso a medio mundo, conquistando la otra mitad. Las historias de conquistadores bizarros, robinsones durante años perdidos en islas, descubridores que atravesaron selvas y desiertos, marinos audaces, así como de grandes santos que dieron su vida por aquello en lo que creían, dejan sin aliento a cualquiera que se aproxime a esta historia sin pretensiones ni prejuicios. Se puede discutir la conveniencia o la moralidad de algunos actos, pero no dudar de lo heroico y sincero de sus actores.

Se habla mucho de los errores, de la dureza de las conquistas, pero luego se olvida que del mismo modo eran duras las guerras en Europa o Asia en aquella época, que más duras eran las guerras entre los propios indígenas y que tras finalizar el brevísimo periodo de la conquista —jamás se ha conquistado tan rápido un continente— llegaron siglos de paz como ningún otro continente ha conocido. Se olvida también a los indios que apoyaron a los conquistadores, a los que celebraron la caída de los emperadores déspotas, y a los cientos de miles que voluntariamente acudían a bautizarse.
Se habla de sangre y riquezas robadas, pero no de las que se dejaron. ¿Acaso he oído alguna vez queja alguna contra los romanos? No la he oído en el mundo, pero especialmente no la he oído en Europa, pese a que ellos sí que aniquilaban, saqueaban y esclavizaban a los habitantes de las regiones conquistadas de forma notablemente más brutal. Y no es común esta queja porque somos conscientes de que somos herederos, esencialmente, de esos mismos romanos que hicieron suya esta tierras, que se hicieron suyos de estas tierras, se mezclaron también con los nativos, y nos dejaron infinitamente más de lo que se llevaron: nos dejaron una cultura a todas luces superior, que nos impulsó hasta lo que somos hoy día los europeos. ¿Cómo nos vamos a quejar de nuestros orígenes, de lo que somos ahora? Antes bien lo agradecemos, pues sin ellos no habríamos sido nada.

No oigo apenas quejas contra los ingleses, el cinismo hecho nación, que literalmente saquearon sus posesiones y aniquilaron —ellos sí— a los indios, labor culminada por sus descendientes americanos, y que sobre todo se convirtieron en los principales promotores de la esclavitud en el mundo. No hablemos de las colonias francesas…

Se da el curioso caso de que jamás un imperio ha sido tan denigrado y, a la vez, es objetivo y demostrable mediante pruebas científicas, no únicamente históricas, afirmar que de todos los imperios, sin una sola excepción, es el que menos daño ha hecho allí donde se ha expandido y el que más ha aportado —detrás quizá del Imperio Romano por lo aportado, pero muy adelante en humanidad.

Por cierto, a menudo los más críticos son descendientes de aquellos de quienes se quejan. No somos los españoles de ahora los que hicimos ese mal, fueron vuestros abuelos. Recordad que hay regiones en otros países donde no queda quien pueda quejarse. A todo el que habla del inexistente genocidio, le estaría bien comprobar el significado de esta palabra.

Olvidan algunos las escuelas construidas, las universidades, los hospitales, los sistemas de alcantarillado, las ciudades nuevas, las iglesias, los fuertes defensivos… la civilización y la cultura aportadas, en definitiva. Esos edificios aún aguantan en pie, testigos de todos estos siglos, en los cuales la calidad de vida de muchas de esas ciudades y pueblos era de las mejores del mundo. Y de todo ello el principal legado que aún perdura, sin duda es la lengua, que alegremente compartimos, y en la que los propios americanos han contribuido con grandísimos escritores.

Todo habría sido muy distinto de llegar otros países a encargarse de la colonización.

Escudo de los Reyes Católicos, NO franquista, como algunos confunden.

Muchos desconocen también que pese a las injusticias que siempre han existido en todas partes, en el inusual reino donde reinaban por igual rey y reina, y más ella incluso como reina de Castilla, Isabel y Fernando prohibirían la esclavitud en un decreto de 1500, y que los primeros tratados de derechos humanos, así como de derecho internacional, surgieron en aquella época gracias a la escuela de Salamanca, gracias a Francisco de Vitoria y tantos otros, que se preguntarían por primera vez sobre qué derecho había a la conquista, y sobre los derechos de los indios a quienes se consideraba seres humanos. Todo ello quedó reflejado en las leyes de lo que sería España, algo que no tiene igual en la historia. Pese a la diferencia entre la teoría y la práctica, ¡qué importante es que la legislación, que muestra la voluntad de seguir una línea, sea de una forma o de otra!
¿Crueldades e ilegalidades? Por supuesto, como hoy día, más teniendo en cuenta lo difícil que era gestionarlo todo desde la península, pero hay constancia de que si se te denunciaba, fueses un terrateniente o el alcalde, las penas eran muy duras.

No hablamos de palabras bonitas, de papel mojado, sino de decretos reales firmados y rubricados por la autoridad real, que ataban a todos los habitantes del imperio. Aquí dejo algunos fragmentos.

«Es conformidad de lo que está dispuesto sobre la libertad de los indios, es nuestra voluntad, y mandamos, que ningún Adelantado, Gobernador, Capitán, Alcaide, ni otra persona de cualquier calidad, en tiempo de paz o de guerra, sea osado de cautivar indios naturales de nuestras Indias y Tierra Firme del Mar Océano, descubiertas o por descubrir…»

Sobre las encomiendas en las que muchos indios trabajaban para vivir:

«…que sólo podrán ser encomendados aquellos indios que no tengan recursos suficientes para ganarse la vida, así como que en el momento en que fuesen capaces de valerse por sí mismos habrían de cesar.»

Sobre la libertad de los indios concluye la junta de la Universidad de Salamanca, encargada de estudiar el asunto:

«Tanto el Rey, como gobernadores y encomenderos, habrían de observar un escrupuloso respeto a la libertad de conciencia de los indios, así como la prohibición expresa de cristianizarlos por la fuerza o en contra de su voluntad».

Y por si todo ello fuera poco, quiso la reina Isabel dejarlo claro en su testamento:

«… y no consientan ni den lugar a que los indios vecinos y moradores de las dichas Islas, y Tierra Firme, ganados y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas y bienes, mas manden, que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien…»

Todas estas leyes apenas cambiarían durante siglos, siempre en favor de los habitantes, que no eran ya considerados de otra raza sino ciudadanos de las provincias españolas. Por si hay duda del verdadero interés porque esto se cumpliera, tenemos más cartas y leyes de los reyes posteriores, de los cuales comparto este extracto ya de la época de Felipe II:

«Es nuestra voluntad encargar a los Virreyes, Presidentes y Audiencias el cuidado de mirar por ellos, y dar las órdenes convenientes, para que sean amparados, favorecidos, y sobrellevados, por lo que deseamos, que se remedien los daños que padecen, y vivan sin molestia, ni vejación, quedando esto de un vez asentado, y teniendo muy presentes las leyes de ésta Recopilación, que les favorecen, amparan, y defienden de cualquier agravio, y que las guarden, y hagan guardar muy puntualmente, castigando con particular y rigurosa demostración a los transgresores. Y rogamos y encargamos a los Prelados Eclesiásticos, que por su parte lo procuren como verdaderos padres espirituales de esta nueva Cristiandad, y todos los conserven en sus privilegios, y prerrogativas, y tengan en su protección».

Por último, un resumen de las Leyes de Indias, que constaban de 35 artículos(el enlace lleva a una recopilación mayor, con leyes de posteriores reyes):

«Los indios son libres y deben ser tratados como tales, según ordenan los Reyes. Han de ser instruidos en la fe, como mandan las bulas pontificias. Tienen obligación de trabajar, sin que ello estorbe a su educación en la fe, y de modo que sea de provecho para ellos y para la república. El trabajo debe ser conforme a su constitución, de modo que lo puedan soportar, y ha de ir acompañado de sus horas de distracción y de descanso. Han de tener casas y haciendas propias, y deben tener tiempo para dedicarlas a su cultivo y mantenimiento. Han de tener contacto y comunicación con los cristianos y deben de recibir un salario justo por su trabajo».

¿No hay nada que celebrar ahí? Pese a ello parece que triunfó la propaganda de nuestros enemigos, aunque no son raras las cartas a lo largo de varios siglos, de personajes de toda nacionalidad que se admiraban del trato que los españoles daban a los que desde fuera consideraban inferiores. Lawrence Washington, hermano del mismísimo George Washington, participó en la batalla de Cartagena de Indias, pues consideraba que la disposición española hacia la esclavitud ponía en peligro la cultura inglesa, y que si los esclavos del norte lo descubrían, tendrían problemas.

Algunos buscaban riqueza, pero muchos más buscaron la conversión de las almas. Cuántos defensores del laicismo se lamentan hoy de aquello, incapaces de entender otra época. ¿Acaso no es lo más noble que puede hacer alguien tratar de compartir aquello que cree lo mejor que posee con otros? Podrían equivocarse, pero su intención no dejaba de ser la mejor. Que tú no creas no quiere decir que ellos no creyeran. Esos misioneros fueron quienes más velaron por los derechos de los indios, como demuestran libros y cartas, quienes efectuaban muchas de las denuncias, quienes les enseñaban en las escuelas mucho más que religión, quienes recogieron cientos de dialectos y lenguas indígenas en libros escritos para que no se perdieran para siempre, y gracias a los cuales, en su labor de antropólogos pioneros, sabemos hoy de todas las culturas de tantas tribus y pueblos y tenemos las únicas referencias escritas y sus idiomas se conservan.

Festejemos entonces que es la fiesta de un imperio que apostó y arriesgó, que defendió institucionalmente los derechos humanos, de descubridores, de quienes demostraron científicamente que la tierra era redonda, de botánicos pioneros y predecesores de las teorías evolutivas, de los mejores literatos del mundo, de quienes lucharon por su libertad durante siglos y la obtuvieron, de quienes aguantaron frente al islam, gracias a los cuales se libró Europa repetidas veces. Es la fiesta de una tierra de ideales altruistas y de quijotes que han dado lo mejor de sí mismos por aquello en lo que creían, en la que lo bueno supera con creces a lo malo, incluso hoy día. Una tierra de humor y alegría ante la adversidad, en la que hasta la comida y la bebida podrían tener su propia fiesta.

Todo ello es parte de nuestro legado: ¿acaso es malo alegrarse y compartir la alegría con nuestros hermanos?

Festejemos lo que nos han dejado, pero sobre todo festejemos a la gente, y el deseo de unirnos más y ser mejores, de ayudarnos entre nosotros.

Por eso esta fiesta es mucho más que un simple recordatorio de los hechos pasados, o una celebración de orgullo. Esta fiesta es un recordatorio de la hermandad que nos une a todos aquellos descendientes de esa vieja España, que compartimos lengua, pasado y cultura, cada uno con sus cualidades y características propias, algunas heredadas de fuera, precisamente porque no se destruyeron, todo lo cual no hace sino aumentar más el valor de esta Hispanidad. Es una fiesta de hermanos, en la que debemos celebrar la alegría de haber compartido una causa común y haber recorrido un mismo camino. Una fiesta en la que buscar mayor acercamiento, y despreciar a aquellos que buscan dividir o que miran por encima del hombro a otros. No es una fiesta para creerse mejores que nadie ni centrarnos en la diferencias, sino para celebrar lo bueno que nos dejaron y lo que nos une. Deseo lo mejor a todos los hombres del mundo, pero no por ello puedo dejar de sentirme más cercano a un mexicano, a un argentino, un peruano, un venezolano, un filipino… Eso es lo que debe ser para todos nosotros el 12 de octubre, que celebran incluso en Estados Unidos.

Banderas de algunos países con herencia española.

Si nosotros mismos despreciamos nuestro legado, si olvidamos lo que somos, ¿cómo esperamos construir algo mejor que lo que tuvimos y no cometer los mismos errores?

¿Cosas malas? Muchísimas, no más que las de ninguna otra gran nación, pero la historia debe entenderse en su época antes de juzgarse. ¿Solo por eso no vamos a celebrar las buenas? Lo malo está para corregirse, no para lamentarse, y si por ejemplo un inglés puede celebrar con orgullo su fiesta patria, más aún nosotros. No dejemos que los aguafiestas, por ignorancia o desprecio, ni aquellos que usan esta fiesta por motivo político de cualquier tipo nos la estropeen.

Hoy más que nunca digamos: ¡Viva España, y vivan todos los pueblos y naciones herederos de la Hispanidad!