Feliz vida de la independencia

A los 18 años uno sabe bien poco de la vida, sin embargo, en ese momento tienes que elegir para dónde encaminar lo que te queda de ella. Puedes cambiar de decisión después, pero el mundo te presiona para que a esa edad (donde eres apenas un proyecto de adulto) sepas en qué quieres pasar 5 días a la semana trabajando muchas horas al día durante alrededor de 40–50 años, mínimo. Es ilógico, pero casi todo en esta vida lo es.
Yo era de las que no sabía bien qué quería hacer. Pero tenía a mi favor que sí sabía bien lo que no quería, así que tenía la mitad del pastel listo. Entre lo que no quería estaba:
- Tener jefe
- Tener horarios estrictos
- Tener que pasar casi todo el día en un lugar de trabajo
- Tener que dejar a mis hijos o hijas con otras personas para trabajar
Hoy, muchos años después, puedo decir que logré esquivar lo que no quería. No tengo jefe, no tengo horarios, decido cada día dónde y cuánto trabajar, y he podido estar todos los días con mis hijas desde que han nacido hasta que han empezado a ir al colegio. Y soy yo la que las recibe cuando llegan de vuelta.
Creo que la independencia siempre se piensa en términos laborales, pero para mí tiene más que ver con ciertos rasgos de la personalidad que nos impulsan a tomar este camino que tiene muchos beneficios, pero también muchos costos. La independencia, ser un trabajador independiente, solo es algo que puede lograr una persona independiente en los demás ámbitos de su vida. Si no te gusta tomar decisiones, si no te gusta estar solo, si dependes de otro para cumplir tus objetivos, si te acomoda más una rutina fija, si te da mucho miedo no tener un ingreso regular todos los meses o si sientes que la vida es más tranquila y agradable con ciertas certezas, llevar una vida independiente no te va a hacer mucho sentido.
Para bancarse la incertidumbre de esta vida hay que ser diferente, ni mejor ni peor que nadie, pero distinto. La mitad de los días me levanto sin saber si me va a llegar trabajo, si ese mes voy a tener lo necesario para cubrir lo básico, sin saber a qué hora voy a trabajar realmente y, lo más importante, sin estresarme por eso. Y para saber hacerlo, los ejemplos son una tremenda influencia. En mi caso, me enseñaron a vivir sin miedo.
Vengo de una familia de «independientes». Mi abuelo (al que no conocí) tenía su propio negocio, que luego heredó mi tío. Mi mamá lleva unos 15 años trabajando sin un sueldo y solo ganando comisiones por ventas. Mi papá ha sido odontólogo independiente toda su vida trabajando aquí y allá, abriendo y cerrando consultas. Y así con muchos otros miembros de mi círculo. He aprendido que la vida se puede llevar así, que muchas veces es difícil, pero que también tiene muchas recompensas invaluables, como poder compartir más con tu familia y seres queridos, estar más presente, aprender a ser muy responsable y organizado, no depender de otro para decidir sobre tu día a día y no tener que pedir permiso hasta para ir al doctor (con el riesgo de que te lo nieguen). Por supuesto que hay garantías a las que uno tiene que saber renunciar, como coberturas médicas, vacaciones pagadas, jubilación y un sueldo en la cuenta a fin de mes. Después de todo, nada es perfecto.
Sin embargo, creo que hay una especie de chip incorporado que todos tenemos y que en mi caso me hace valorar muchísimo más la libertad sobre mí, mi tiempo y mis decisiones que los ingresos y la seguridad que estos te dan. Digan lo que digan, ser independiente lleva implícita una valentía para levantarse cada mañana y no colapsar por no saber si tendrás trabajo o no, y enfocarte en lo que tú crees que es lo más importante para ti. Cada uno sabe qué vida quiere llevar y qué está dispuesto a arriesgar para tenerla, sea tiempo, seguridad, dinero, horas de sueño o estabilidad. Tú decides.