
Festejo atragantado
Que golazo hiciste, Turco. Salís corriendo desaforado, sonriente, te agarran ganas de arrancarte la camiseta, pero tenés contenés. Sabes que estas amonestado por protestar un lateral en el primer tiempo. A ese ritmo funciona tu cabeza. Hay más de veinte mil personas estallando en alaridos, solo se escucha una vocal gigante, eterna, emociona la imagen de miles de manos moviéndose en el aire, los abrazos entre desconocidos que llegas a ver desde el córner donde fuiste a festejar, los llantos de tus familiares en la platea, las banderas agitándose al viento. Y en el medio vos estas pensando en que tenés una amarilla y que si se te va la mano en el festejo te expulsan. Si supieran todos los que te frivolizan, los que te ponen de ejemplo del que la tiene fácil, del que juega por la plata, del que no siente la camiseta, que no todo es tan simple como se supone.
Lo gritás, lo gritás mucho. Y no es para menos. El Gringo te vio picar metiendo la diagonal desde la izquierda, a espaldas de los centrales, y puso la pelota ahí, justo ahí donde vos cruzabas para quedar mano a mano. El partido estaba 1–1 y restaban poco más de diez minutos. Fue tan perfecto el pase que la bola se acomodó delante de tu pie derecho sin pedir permiso. No necesitaste pararla siquiera. Levantaste la cabeza y lo viste venir al arquero envalentonado, con ínfulas de sorprenderte y que termines haciendo cualquier cosa. Atrás tuyo, los centrales alzaban los brazos, como pidiendo disculpas más que orsai. Lo viste hacerse cada vez más grande, y viste cerrarse los palos a sus espaldas. Ahí fue, justo ahí, que decidiste picarla. En ese momento en que levantaste la cabeza y pensaste que otra opción no quedaba. Tuviste una milésima de segundo, para elegir entre cientos, pero ponerte a analizar hubiera servido para que esos dos toscos muchachos retomen a paso cansino hasta poder manotearte la camiseta sutilmente con la impunidad que da la chapa de los clubes grandes. Elegiste delegar la decisión, y que definieran tus pies, en los que confiás ciegamente. Hiciste bien.
Veinte años atrás te vieron jugar en la liga amateur en la que despuntabas el vicio en tu adolescencia. No confiabas tanto en tus condiciones, por eso nunca habías ido a probarte a ningún lado. Jamás pensaste que un caza talentos de esos que andan dando vueltas por ese tipo de torneos iba a fijarse en vos. Sí en el Gringo quizás. Con su juego más vistoso, más armonioso. En tu caso, siempre primó la efectividad por sobre el virtuosismo. Quedaron. No solo eso. Se convirtieron en estandartes con el paso de los años. Él es el ídolo casero que nunca se fue, que siempre priorizó los colores y apostó por quedarse a bancar, las buenas y las no tan buenas. En tu caso, la estrella internacional, el orgullo del club, queda el gran recuerdo de las épocas de gloria que no volvieron a repetirse, la certeza de que no hubo otro en tu puesto a la altura de tu pasado en todos estos años y la incertidumbre sobre si vos mismo podrás calzarte esos zapatos otra vez.
Clavaste el botín derecho abajo de la pelota con un golpe seco, con la misma intensidad que para cavar un pozo. En un principio dio la sensación de que el lungo llegaría a desviarla aunque fuera con la punta de los dedos, pero venía tan enceguecido en comerte los tobillos que lo agarraste a contrapierna. La platea baja que da al río quedó literalmente eclipsada en el instante mismo en que la pelota superó la cabeza del arquero, y por una milésima de segundo tapó el sol por completo. Con el envión con que bajó, rozando suavemente el travesaño, no dio tiempo ni a sospechar si entraba o no. Apenas se infló la red, saliste disparado al córner derecho. Que bien le venía al equipo esa victoria, ese golpe de aire, esa bocanada de alivio en busqueda de una semana tranquila. Y que bien te venía a vos para acallar las voces que estaban empezando a dudar sobre tu vuelta, sobre si habías venido a luchar por la institución, por la historia, o si habías venido a robar. Se preguntaban, inescrupulosos, si tus últimas fichas las habías jugado afuera y volvías a mendigar un poco de nuestro fútbol, o si volvías para dar el salto de calidad que se esperó siempre de vos. Cuanto te dolían esas dudas. Cuantas horas pasabas leyendo los diarios, las revistas, escuchando hasta los programas de radio zonales, para saber qué se decía de vos. Por eso lo gritas tanto. Por eso, y porque fue un golazo.
Te costó afianzarte en Primera, eso lo sabes mejor que nadie. Si hasta pensaste en dejar el fútbol, cuando todavía no habías ni arrancado. Con el tiempo fuiste borrando de tu memoria esos días, pero en ese momento estabas casi convencido a terminar con esa agonía de jugar o no jugar, de aparecer unos minutos un domingo, y mantenerte en el banco durante tres semanas. Con el torneo dado por perdido, las últimas fechas de aquel primer año resultaron una gran oportunidad para darle rodaje a las jóvenes promesas. Y en ese grupo entrabas vos. El Gringo también, aunque él tardó más en explotar. Años después, llegó la primer oferta. Era de Europa, era económicamente importante, era futbolísticamente atrayente. Era imposible de rechazar. Pesaba mucho lo difícil que se te estaba haciendo el día a día acá. Acababas de cumplir veinticinco años.
Esos segundos en soledad parado entre el banderín y los carteles publicitarios te gustaría que fuesen eternos. Pero también te incomodan. Te estiras la remera, y ves como el escudo que reposa sobre el costado izquierdo de tu pecho se agranda. Lo miras, y pensás si será el momento indicado. Dudás. Pero no aguantas. Lo acercas con tus dos manos, y lo besas. Lo haces sentido. No muchos saben, nadie quizás, lo que te genera esta camiseta. Y te miran. Los que gritan, los que lloran, los que sonríen, los que insultan al aire, a la suerte, a tu madre. Todos. El estadio colmado posa sus ojos sobre vos, besándote ese escudo, una y otra vez. Con ganas de decirle al mundo que a esto volviste. No a los entrenamientos, a las conferencias de prensa, a los viajes, a los vestuarios, a las notas obligadas. A esto. A la gloria. Al placer tan egoísta como terrenal de sentir que haces las cosas bien. Que todavía estas vivo.
Volver y resignar plata, bajar en la escala de consideración del técnico de la selección, dejar atrás una vida que te costó armarte lejos de casa, tener que arrancar otra vez de cero. Pero fundamentalmente, volver y reconocer estar de vuelta. Eso era lo que más te hacía dudar. Doblar en la ultima curva y encarar, consciente, la recta final. Saber si era el momento indicado, o si podías esperar un tiempo más. El tren no siempre pasa una sola vez, y si lo hace, no debe ser motivo suficiente para elegir tomarlo. Querías hacerlo convencido. Y sino, preferías no hacerlo.
Logras escaparle al malón y lo ves venir al Gringo. Siempre a tiempo. Así como te puso la pelota en los pies en el momento justo, ahora avanza con su paso cansino hacia vos, como si hubiera estado esperando. No grita ni dice nada, solo muestra una sonrisa gigante que le invade la cara. Mientras se va acercando te abre los brazos. Vos lo imitas. Se golpean el pecho. No dicen nada. Sentís que en ese abrazo, te reencontrás con tu historia. Con ese pibe, que no venía de un barrio humilde, ni de un pueblo recóndito del interior. No solo son difíciles las historias marginales. Solo vos sabes lo que te costó llegar hasta acá. Para cuando se sueltan de ese abrazo eterno, el resto de sus compañeros ya está volviendo hacia sus respectivas posiciones. Pero ustedes no quieren que ese momento único se deshaga como arena entre los dedos. Quieren sentirse esos dos pibes que se divertían en la liga amateur otra vez, como si nunca hubieran dejado de serlo. El Gringo mantiene su mano en tu espalda y mira a la gente, como presentándote en sociedad. Está orgulloso de vos, de haberte llamado para convencerte, cuando los dos sabían que ganas te sobraban, pero el gesto lo valía. Que no se termine, pensás. Que no se termine nunca.
Llegar a Europa fue arrancar de cero. En todo. Desde ganarse la confianza de un técnico que no te había pedido, aprender un idioma del que no sabías una sola palabra, adaptarse a una nueva ciudad, con costumbres, horarios, comidas, completamente distintas a lo que estabas acostumbrado, hasta el clima mismo. Estabas comenzando a moldearte, a acomodarte acá, y de repente te encontrabas, sólo, a doce mil kilómetros de distancia, empezando otra vez. Como siempre, te costó, pero no te diste por vencido, aunque ganas no te faltaron. Sobre todo después de aquel maldito partido en que un mal movimiento te llevo a pisar mal, y a la peor noticia. Del otro lado del mundo, y con un dolor, una frustración, una impotencia semejante. Inmerso en esa abrumadora soledad, fantaseaste con abandonar, no solo el fútbol. Lo único que te sacó a flote fue tu amor propio, tu perseverancia. La tenías difícil, pero pudiste. Con el correr de los meses, ya recuperado, fuiste encontrando tu lugar. En el equipo, a fuerza de goles, contribuyendo a alguna buena campaña. En la ciudad, comprando una pequeña casa con vista al océano, como siempre habías soñado. Y en lo personal, conociéndola y enamorándote casi al mismo tiempo. Te aferraste mucho a ella. En momentos de una soledad tan extrema, lograr una compañía se valora mucho más que en otras circunstancias. A los pocos años llegaron los mellizos y empezaste a coquetear con la idea de no volver.
Sin embargo acá estas. De frente a tu gente. A la de siempre, a la que no te olvidó nunca. A los que siguieron tu carrera, gritaron tus goles, sufrieron las malas con vos a la distancia y festejaron como un título la confirmación de tu regreso. Los miras y se te empañan los ojos. Pensás en tus hijos, tan lejos. En tus padres, otra vez tan cerca. En ese matrimonio que terminó de romperse el día que te decidiste a venir. Pensás en las cosas que uno deja, lo poco que se sabe, y lo mucho que se habla. Siempre trataste que no te importe y nunca lo conseguiste. Te han lastimado mucho. En el imaginario colectivo, los ídolos son seres inmaculados que no tienen problemas personales, no extrañan, no viven, no sufren, no sienten. Simplemente cumplen con su deber y disfrutan de las mieles del éxito. Resulta un abuso de inocencia, tanto como establecer rangos de dolor, de preocupación, de alegría. Por más empatía que uno pueda desarrollar con el resto, internamente no hay peor dificultad que la que lo aqueja a uno mismo. A cada ser humano, lo torturan sus traumas y lo reconfortan sus logros, por pequeños o gigantes que sean. Si supieran los que te han hecho marca personal todos estos años, como se te infla el pecho cuando pensás en aquel aeropuerto lejano el día que te fuiste, con tus veinticinco años en la valija, rebalsando de miedos. O como se te quiebra el alma al recordar la última despedida con esas dos caras mirándote, pensando que no te van a ver más. Pidiéndote que te quedaras con ellos en un castellano tosco, forzado. El sacrifico no suele ver la luz. Corre por dentro. Volvés hacia el círculo central con la cabeza adentro de la remera. No te la sacaste, porque tenés amarilla. Pero te tapas la cara, las lágrimas ya rebalsaron tus ojos, y no querés que te vean así. Es algo tuyo. Siempre lo fue. Por eso, por todo eso. Festejalo Turco. Hiciste un golazo. Volviste.