Frágiles esperanzas

Hay novelas que narran esos momentos críticos de la vida de un protagonista joven en los que se produce una especie de revisión de las bases sobre las que apoyar un futuro que no se ve nada claro. Como es lógico, a sus autores no se les ha de pedir que hablen de salidas que no ven pero sí la honradez de quien procura evitar cualquier reduccionismo, tanto el fatalismo que no deja resquicios, como la presunción de confiar en exceso en la propia capacidad o en que todo saldrá bien a pesar de hacerlo mal o sin saber bien por qué. Y, de hecho, las mejores novelas sobre tales cuestiones muestran cómo, debajo la superficie de comportamientos aparentemente desastrados, se ocultan genuinas aunque frágiles esperanzas.

Para mi gusto, una de las que mejor aborda estas cuestiones es Del tiempo y el río, un relato de Thomas Wolfe con mucho peso autobiográfico que responde plenamente a su subtítulo: «Una leyenda sobre la ansiedad del hombre en su juventud». Son los años del joven Eugene Gant en la universidad, años de «anhelos, de deseos, de todo lo que constituye el delirio de la vida de un joven. Y ¿para qué? ¿Para qué?». Eugene Gant, deseoso de no pertenecer a «la gran colonia de los norteamericamos sin rumbo», no encuentra el modo de saciar sus hambres de «saberlo todo, tenerlo todo, ser todo; ser uno y muchos, asir el enigma de esta tierra vacía y palpitante y que el enigma fuera tan tangible en su mano como una moneda de oro»; y se pasa el tiempo en busca de «la palabra, la llave, la puerta de acceso a la gloria de una existencia afortunada y feliz»…

Wolfe describe con dramático vigor los choques interiores que un joven experimenta entre los inmensos anhelos de saber y de vivir que le consumen y las realidades pobres a las que se enfrenta, entre la «intolerable adivinación de triunfo y de descubrimiento» que intuye y la soledad y el desamparo que tantas veces le inundan como una marea, entre la nostalgia inefable de su tierra y de los suyos y el rechazo áspero y hasta violento que siente hacia gentes mediocres que ve a su alrededor. Wolfe-Gant vuelve una y otra vez a «la vieja pregunta, en su desnuda desolación: “¿Por qué estoy aquí? ¿Adónde iré ahora? ¿Qué haré?” Como un ahogado que se aferra a una tabla, buscaba afanosamente una meta o algún propósito en su vida, alguna justificación a sus vagabundeos, algún punto de mira para su feroz deseo».

En medio de su prosa torrencial, tantas veces conmovedora, Wolfe da con claves que le podrían ayudar a descubrir esas voces que «nos hablan en la noche y nos dicen que moriremos, sí, pero que más allá existe un conocimiento mayor, un amor mayor, una vida mayor, un cielo más amable que nuestros hogares, un lugar donde están enterrados los pilares de la tierra, hacia el cual tienden los espíritus, se tensan las conciencias, se levantan los vientos y fluyen los ríos». Pero sus intuiciones encallan en la retórica de su autocompasión y, sobre todo, chocan con el «agnosticismo, ese obstáculo latente en su cerebro, no tanto como una convicción sino como algo que le servía para justificarse a sí mismo».

Otra excelente novela sobre la cuestión es Frankie y la boda, de Carson McCullers, una inigualable descripción del tránsito hacia la adolescencia de una niña que siente una gran incomodidad consigo misma y unos enormes deseos de crecer y de marcharse… Es un relato sin intriga, ambientado en un mundo bronco, centrado en los planes imaginativos que hace Frankie para irse con su hermano y su mujer después de que se casen. El narrador habla casi en exclusiva de la desazón interior y el malestar vital de una chica de 13 años que siente la transformación de su cuerpo y el transcurrir del tiempo. «Frankie se sentía enferma y cansada de ser quien era. Se odiaba a sí misma y se había convertido en una criatura perezosa e inútil que vagueaba por la cocina, sucia, ansiosa, mezquina y triste (…). El pueblo empezó a hacerle daño (…). Le daban miedo esas cosas que le hacían preguntarse de pronto quién era ella, qué iba a ser en el mundo y por qué en aquel momento estaba allí parada, viendo una luz, o escuchando o mirando al cielo, tan sola. Tenía miedo y en el pecho se le hacía un extraño nudo». Prisionera de sí misma, la desconcertada Frankie vive una temporada de inquietud en la que no encuentra respuestas, pues percibe que las personas que viven a su alrededor no tienen fundamentos firmes para la esperanza y sólo pueden compartir su soledad.

Con más desgarro se presenta el desamparo en la vida de Holden Caulfield, el chico cuya historia cuenta Salinger en El guardián entre el centeno. A los 17 años, desde su convalecencia en una clínica psiquiátrica, Holden recuerda su fuga del colegio, unos días antes de las vacaciones de la última Navidad, cuando, adelantándose a su probable expulsión, se marchó y vagó por la ciudad durante tres días. Holden es tímido y descarado, con un mundo interior febril y frágil, que se revela en una emotividad a flor de piel y en la dolida brusquedad de algunas reacciones externas. En ningún momento se plantea preguntar a sus padres, ni parece tener un amigo en el que confiar, y se desespera cuando no ve alrededor modelos coherentes y a la vez observa con tanta claridad como incomprensión su propia incoherencia: mientras pone como condición para todos los que quisieran visitarle en un refugio imaginario, «no hacer nada que no fuera sincero», dice de sí mismo «soy el mentiroso más fantástico que puedan imaginarse». Él mismo saca la conclusión: «Es terrible». El mundo interior de Holden es sombrío salvo cuando se refugia en sus únicas referencias afectivas: el recuerdo de su hermano muerto y el cariño por su hermana Phoebe, unos agarraderos insuficientes para su necesidad de amar y de sentirse querido.

Muchos dirían que las novelas de Wolfe y McCullers no son juveniles y sí concederían a El guardián esa etiqueta, debido a su lenguaje coloquial muy suelto, de una brillantez expresiva fuera de lo común, y a la creación de un personaje tan contradictorio y entrañable como Holden. En cualquier caso, sin necesidad de ninguna discusión, es un hecho que la pintura que hizo Salinger de una parte de la juventud norteamericana, del concepto que ella tenía de sí misma y de la sociedad que la rodeaba, convirtieron su novela en libro de cabecera de muchos jóvenes de todas partes del mundo, con lo que a su vez contribuyó a modelar sus mundos interiores tal como se describen en ella.

Sea como sea, las tres novelas dibujan la misma realidad de un mundo sin referencias, recogen un grito desesperado de chicos que descubren la fragilidad de las esperanzas humanas y que piden cimientos estables para edificar su futuro, apuntan cómo el paso de una «inocencia infantil ingenua» a un «cinismo adulto realista» desembocará irremediablemente en el desencanto y la frustración. Las tres podrían hacer suyo el mensaje central de Holden: «¿Sabes lo que me gustaría ser? ¿Sabes lo que me gustaría ser de verdad si pudiera elegir? — dice Holden a Phoebe — . (…) Verás. Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuando empiezan a correr sin mirar a dónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura».

Holden supone, con razón, que la misión de proteger a los niños les corresponde a los adultos, pero ve con claridad que quienes tiene cerca no quieren, o no saben, o no pueden hacerlo. Cuando en su escapada tropieza con el viejo profesor Spencer, éste se da cuenta del desamparo de su alumno y le dice: «Estoy tratando de ayudarte. Quiero ayudarte si puedo»; y Holden continúa: «Y era verdad. Se le notaba. Lo que pasaba es que estábamos en campos opuestos. Eso es todo». Como Eugene o Frankie, pero casi más explícitamente, Holden lanza un grito de auxilio y un desafío a los adultos bienintencionados cuyas conductas y explicaciones no tienen solidez.

NOTAS

Este artículo, con la misma idea de fondo de «¿Quién cuida de los niños?» fue publicado en junio de 2007 por primera vez en la revista Perkeo, algo modificado para su aparición en Hilos para laberintos, y revisado de nuevo en noviembre de 2015.