Vista de Sarajevo desde mi casa

Fragmentos de una guerra cercana

Hace ya unos años, cuando yo apenas contaba con nueve, en el año 2000, mi familia se trasladó a Bosnia y Herzegovina. Allí permanecimos los siguientes tres años, y pese a la oposición inicial que yo y mi hermana ofrecimos —inútil en cualquier caso— , debo decir que no solo fue una aventura extraordinaria, sino que alteró mi forma de ver el mundo para siempre. ¿Cómo sería yo de no haber vivido allí? ¿Cómo entendería el mundo sin haber visto las consecuencias de una guerra reciente en un país europeo? ¿Sin haber experimentado una ciudad en la que conviven tantas culturas distintas? ¿Sin haber contemplado los bosques vírgenes y el paisaje nevado de Sarajevo? No lo sé, ni quiero saberlo.

Podría hablar de miles de cosas pues afortunadamente tengo una buena memoria, al menos cuando se trata de mi infancia, para encontrar las llaves por el contrario me temo que no resulta de mucha ayuda… Pero de entre todos estos recuerdos quería compartir con vosotros uno precisamente, que vino a mi cabeza, como suele ocurrir, mientras rebuscaba en un pequeño cajón que no abría desde hace mucho tiempo. En él una vieja bolsita de plástico, y dentro de ella balas, casquillos y restos de metralla, de granada o de mortero. Decidí entonces extraer todo el contenido para verlo detenidamente, y lo agrupé sobre un folio, como podéis contemplar en la siguiente fotografía:

¿Por qué tenía yo aquellos elementos, y por qué los conservaba? ¿De dónde habían salido?

Podría relataros como si estuviera allí mismo el fragor de la batalla, el caos a mi alrededor y el terror en el rostro de otros niños mientras corrían para ocultarse tras algún muro, mi huida por las trincheras, cubierto de barro, ignorando las explosiones y los gritos, hasta alcanzar el túnel que permitía salir de la ciudad. Podría, pero no sería mas que un simple ejercicio de la imaginación.

En realidad es mucho más simple:

Algunos fines de semana, solíamos desplazarnos a una pista de tenis situadas en las afueras. Era una pista dura, destartalada, que al menos se mantenía lisa. La red era una simple banda de plástico, de las que se usan para advertir de que hay minas cerca, sostenida por unos hierros. Lo cierto es que disfrutábamos mucho de aquello pues pasábamos la tarde en familia y de paso hacíamos algo de deporte.

La sofisticada red

Sucede que en torno a la pista, en la arena, mientras no me tocaba jugar, un día descubrí una bala. Creo que no hace falta decir lo interesante que resultaba el hallazgo para un niño de diez años. Se lo enseñé a mi padre, emocionado, y me la guardé en el bolsillo, y por supuesto proseguí con la búsqueda, y lo mismo hice el resto de veces que estuvimos allí.

Al final terminé con esa pequeña colección que habéis visto (perdí algunas por el camino, pero las que llegaron a mi cajón las conservo como oro en paño desde entonces).

Recuerdo que ya en casa solía contemplar los distintos restos, y pensaba en lo que había sucedido con cada uno de ellos: cómo habían rebotado en las rocas o el cemento para curvarse o romperse así las balas, cómo habían explosionado las granadas… También pensaba en quién los había disparado, desde dónde y… contra quién. Me imaginaba a un soldado disparando desde la colina, y a otros defendiéndose junto a la vieja pista, con las balas pasando de largo.

Más tarde entendí que era muy probable que aquellas balas se hubieran disparado también contra civiles, y recuerdo que aquello me entristeció. Había oído historias sobre cómo durante el cerco de la ciudad, Sarajevo, muchos buscaban causar terror, o simplemente se divertían, disparando contra cualquier persona: si una madre caminaba con su hija, disparaban contra la madre, y la niña, indefensa y asustada, incapaz de separarse de su madre, quedaba como cebo para aquellos que trataban de acercarse a ayudar o que pretendían sacar de allí a la pequeña, que eran también abatidos.

Quizá allí habían ido otros niños, a jugar, o familias tratando de dejar la ciudad por aquellos bosques —suponiendo que se atrevieran a arriesgarse con las minas—, y también habían disparado contra ellos.

No tengo forma de saberlo pero es cierto que por otro lado me alegraba, porque suponía que si aquellos pequeños trozos de metal habían llegado a mis manos, significaba que nunca habían alcanzado a nadie. Esta idea me reconforta cuando miro los restos de una guerra terrible.

Es curioso como algo tan insignificante puede acabar con la vida de una persona en unos segundos. Apenas unos gramos de plomo, cobre o hierro bastan, y caben en la palma de una mano… Estos sólo son algunos de los testigos de la tragedia que asoló esta ciudad, pero cada edificio está marcado por decenas de impactos que recuerdan a quien los mira lo sucedido hace unos años. Espero regresar algún día a Sarajevo y poder visitar de nuevo los rincones que hice míos durante mi infancia. Espero comprobar que, en efecto, el tiempo sana todas las heridas, y que el odio y la guerra queden enterrados en el pasado.