Graduado en algo

No acabamos de comprender por qué casi todas las carreras universitarias conllevan los mismos años/créditos para la obtención de un grado (mayoría; se excluyen aquellas con directrices propias: medicina y arquitectura, por ejemplo). ¿Por qué habría de suponer el mismo esfuerzo ser graduado en Filosofía que graduado en Magisterio, o en Matemáticas? ¿Acaso son cuatro, cinco, seis años —o los que sean— los que se necesitan en cualquier caso para estar formado y cualificado? ¿O es que quizá estemos hablando de una «enseñanza general no básica»? De acuerdo, sabemos una respuesta: la reforma universitaria (coloquialmente llamado «Plan Bolonia») perseguía promocionar la formación permanente. Entonces ya lo comprendemos un poco mejor. La pega es que sabemos en qué consiste esa formación permanente: en ofrecer másteres, cuyos precios de matrícula son más altos que los de grado. Por lo cual, debemos rendirnos a la evidencia de que esta reforma también es una reacción por la supervivencia de la Universidad. En el sentido de que predica un modelo más atractivo para los clientes potenciales: mayor flexibilidad, métodos de formación más acordes a los nuevos tiempos, incentivos a la especialización mediante el apoyo institucional al máster y, especialmente, evitar el elevado porcentaje de abandono de los estudios. Y en el sentido en que se transmite una imagen de Universidad dinámica, adaptada y que se hace eco de las demandas de la denominada «sociedad del conocimiento» y del movimiento de «globalización». Lo cual nos sugiere cierto escaparatismo hacia las empresas (o empleadores) especialmente, cada vez más seducidas por otro tipo de ofertas fuera del ámbito universitario (formación integral a cargo de la empresa, formación profesional reglada o no reglada, etcétera).

No dudamos de las sanas intenciones de mejorar la sociedad desde el avance en el conocimiento promovido sin lugar a dudas desde la Universidad, pero creemos que la Universidad española sigue adoleciendo de esa falta de espíritu emprendedor que proclamara Unamuno. No nos referimos solo a la investigación (alta investigación), sino, precisamente a la educación permanente: esa investigación que cada graduado pueda llevar a cabo de forma cuasi autodidacta el resto de su vida. Quizá uno de los obstáculos de los últimos años venga aparejado con la escasa correlación entre las titulaciones y las necesidades de las empresas, lo que conmina a muchos titulados a desempeñar tareas que poco o nada tienen que ver con sus conocimientos. Lo cual deviene en muchos casos al ostracismo de las habilidades conseguidas en la carrera. Es decir, la formación permanente se trunca para dar lugar al diploma polvoriento.

De manera que no queda claro por qué el directivo de una multinacional puede ser un físico, un filólogo, un ingeniero o un psicólogo, todos ellos con un MBA. Bueno, si el porqué está en que todos han estudiado los mismos años universitarios, se puede entender; al fin y al cabo, todos ellos han superado las pruebas de los estudios de una «Enseñanza General no Básica».