Gravamen sanguíneo

No tengo en un altar a la familia
culpable de mis fobias y mis filias.
— Joaquín Sabina

Otorgar el título de el mejor del mundo es una ridiculez. Ningún halago expresado por un adulto me parece más vacuo que ése. Cada décimo día de mayo descubro, no sin tedio, que tan sólo entre mis coetáneos figuran por lo menos treinta mejores mamás del mundo. No obstante, hasta la fecha, continúo sin conocer a nadie que ostente el grado de mejor hijo del mundo. Y esto por dos razones: la primera es porque nadie que confronte a sus hijos a conciencia hará público su veredicto; la segunda —y la más significativa—, porque sería imposible elegir al mejor de todos entre los millones que habitamos el planeta. Lo mismo sucede con la cuestión de las madres.

Al tratarse de nuestra familia, la objetividad es una extravagancia. A muchos, el menor atisbo de crítica a su madre los orilla a los linderos del canibalismo; podrán no hacerse cargo de sus necesidades durante años, pero se irán a dentelladas contra aquel que mencione que de la vieja emanó un efluvio mefítico. Algo similar ocurre con padres y hermanos que, aunque sean unos rufianes axiomáticos, ¡a nosotros nadie nos lo dice! Criticarlos es un monopolio familiar.

El culto a la familia mucho tiene de patología nacional. Devotos guadalupanos, nuestra máxima befa embiste santuarios ajenos; chinga a la madre antagónica. Y es que la apoteosis materna es de orígenes bíblicos. Honrarás a tu padre y a tu madre, dicta el decálogo mosaico y millares de personas salen a las calles para defender, con fervor radical, lo que entienden por familia «natural». ¿Pero a éstos quién los atacó?

La miopía afectiva fluye en ambas direcciones. Algunas madres se desviven anhelantes por alimentar a sus retoños —veinteañeros— para ver si así buscan trabajo. O como mínimo el trabajo los encuentra a ellos, acariciándose la entrepierna, tumbados sobre la cama al mediodía. También las hay que incitan a sus críos a la alevosía por el «bien» de la familia. Alevosía amorosa, alevosía laboral. No importa: a ellas se les conoce como madres alcahuetas y mejor sería evitarlas.

Los límites de lo que se entiende por gratitud de un hijo a sus padres son asimismo muy ambiguos. Frente a la disputa, el argumento maternal se sintetiza en tres arbitrios esenciales: «te di la vida», «te mantengo» y «porque soy tu madre». Pero recordemos que, más que un favor, es responsabilidad de papá y mamá alimentar a sus chamacos. Y si no, la alternativa fue el aborto. Lo demás es pálido chantaje.

Numerosas familias confunden sumisión y respeto. Hablar de «usted» a un adulto es una devoción impuesta en la infancia de la que hasta al más «contestatario» le es difícil redimirse. Aunque heterogénea, es una práctica bravía de quien la exige. Una negación de igualdad más propia de las orejas agachadas de un cachorro que de la admiración y el afecto que los padres deben suscitarnos. Incluso existen familias en las que el culto a lo macho está tan arraigado que el término «usted» se utiliza en dirección esposa-marido. No es respeto, es cautiverio y así hay que repensarlo.

Es cierto que, en el sentido racional de las cosas, nadie elige pareja. Sin embargo, al igual que con la amistad, coexiste la facultad de estrechar o disolver los vínculos de afinidad. Cosa muy distinta sucede al momento de casarse porque el gravamen sanguíneo —lo bueno, lo malo y sobre todo lo infame— se multiplica. Ahora, además de su madre, los contratantes tendrán que lidiar con la suegra que no distingue entre su vida sentimental y la propia. Algunas parejas gastan pequeñas fortunas festejando sus compromisos nupciales. Se endeudan para invitar a la tía Lupita, aquella que no conocen pero que creció con su madre. Porque «¡¿cómo no vas a invitar a la familia de Baja California?!», pregunta indignada la madre de la novia. Y los prometidos se casan angustiados, con cuatrocientos testigos de un baile en el que sólo cincuenta llevan regalo pero todos gritan hipócritamente «¡qué vivan los novios!». La familia es auténtica facha.

Otra de las funciones del «núcleo fundamental de la sociedad» consiste en el financiamiento de vicios. El hermano yonqui es el fardo que algunos sujetos llevan sobre la espalda. El problema con éste es que es incapaz de destruirse a sí mismo sin perjudicar a su parentela: siempre regresará al lecho materno en compañía de una sobredosis, ajustes de cuentas, o policías. Y las facturas, empero, son subsidiadas por padres y hermanos que, como castigo autoimpuesto, lo mantienen con vida. No por hallarse dentro del marco jurídico el borrachín de la casa es menos nocivo. Si no se pone violento alguien termina limpiando su vómito. Y a la mañana siguiente no se acuerda de nada. O aparenta no hacerlo. Cosa aún más grave si se toma en cuenta lo difícil que es mantener el embuste con tan rotunda resaca. Mantenerse en píe ya es empresa bastante ardua para el que anda siempre crudote.

Igual de atroz es cuidar de una anciana demente. La vejez amplifica nuestros defectos; diez riñas diarias con tres chantajes es la justa retribución para quien se hace cargo de la siempre tan tierna abuelita. El prorrateo equívoco del suplicio se gesta desde la hipocresía. La familia entera adora al abuelo pero pocos limpian su bacinilla. Por lo general, quién paga la gabela lo dicta la ideología de género: los hijos están tan ocupados en ser muy machos —supóngase lidiando bestias bravías— que la faena recae en las hijas. La muerte ajena, entonces, es el sosiego que las supervivientes anhelan.

Si el vínculo sanguíneo es una condena congénita. ¿Por qué, entonces, pagar un costo tan alto por obediencia? La lealtad y el respeto hay que construirlos. Jamás heredarlos.