
Hacer el Jazz
Jean-Paul Sartre escribió que «para que el suceso más trivial se convierta en aventura, es necesario y suficiente contarlo».
Sartre sabía que cuando contamos algo tendemos a exagerar ciertos detalles y que, entre más veces se relata el suceso, estas distorsiones van aumentando hasta crear una historia que jamás sucedió. Este proceso de repetición–distorsión–repetición es lo que llamo hacer el jazz. A continuación explico por qué:
Imaginemos a un grupo de Jazz a punto de grabar su música. Están en un café-bar en donde el único público son: una creativa productora, dos ingenieros especializados en registrar el sonido, un trío de asistentes y la chica guapa que se encargará de que no falten las bebidas. Los músicos han querido grabar en vivo, interpretando las piezas como lo harían ante el público, y justo ahora comienzan a hacer sonar la primera de ellas. El ingeniero marca esta grabación como «toma uno». Al terminar la pieza, nadie está totalmente satisfecho. Los músicos dicen que pueden hacerlo mejor y tocan de nuevo la misma pieza. «toma dos», es como se etiqueta esta grabación. El registro ha quedado bien, pero la productora comenta que valdría la pena intentar con ciertos ajustes. Así se realizan las tomas tres, cuatro, cinco y, entre tantas repeticiones, el pianista ha entrado en calor y comienza a juguetear con las teclas para agregar un poco de sal y pimienta a la melodía. El hombre del bajo, por su parte, descubre que sus dedos no sólo bailan, sino que también se divierten saltando con habilidad las cuerdas, persiguiendo y atrapando compases más libres. El trompetista, rebelde por naturaleza, no puede evitar esa manía de colgar en el aire medias notas cuyos sonidos son imposibles de ser dibujados en algún pentagrama, mientras que el resto del grupo ofrece respiración de boca a boquilla, de mano a cuerda, de baqueta a tambor, dando vida a aquella pieza que todos creían conocer en la toma tres, pero que en esta toma, la siete, difícilmente podría ser la misma.
Estas metamorfosis suceden también en las historias que se relatan una y otra vez. ¿En cuántas ocasiones hemos sido testigos de que, al calor de la plática, se comienzan a cambiar unas palabras por otras, convirtiendo lo que era tibio en ardiente, lo ligeramente grande en gigantesco y aquella cualidad que cierta persona tenía resulta suficiente para convertirla en toda una leyenda histórica? Sartre escribió también que el hombre es siempre un narrador de historias; vive rodeado de sus historias y de las ajenas, ve a través de ellas todo lo que sucede; y trata de vivir su vida como si la contara. Somos, en efecto, narradores de historias. Nos gusta creer que los sucesos trascienden porque vale la pena contarlos, pero quizás no sea siempre así. Tal vez la mayoría de las veces no es que valga la pena contar un hecho, sino que, por el hecho de contarlo, hacemos que valga la pena.