Hermanos universales que alumbran el mundo

En una librería de antigua. Foto personal.

O cómo los hermanos Karamazov son un faro al que acudir de continuo

Lo sabemos, en esta sociedad de prisas, que vive de espaldas a la trascendencia, en la que la cultura se ingiere en pequeñas dosis de pantalla que no sirven para otra cosa que no sea la de crear una pátina superficial, cosmética, de lo que entendemos tiene que ser la cultura, acudir a los clásicos es un ejercicio absolutamente imprescindible.

Siempre lo ha sido, en puridad, pero ahora nos jugamos más: nos va nuestra esencia cultural/vital en ello.

Ahí es nada.

Acudir a los clásicos significa encontrar los modelos culturales más trascendentales de sociedades concretas que se pueden extrapolar a la perfección a todas las sociedades. No hay límites, se ha trascendido el marco espacio temporal para adentrarse en los límites del ser humano, del hombre o mujer que vive una sola vez pero que puede verse acompañado, aleccionado, por lo que otros, desde categorías universales, nos pueden aportar.

La comparación con los nutrientes frugales de las pantallas es absolutamente inefable.

Todo ello, como preámbulo para recomendar la lectura de Dostoyevski, el autor ruso que con tanta vivacidad ha saboreado y enmarcado los pormenores del alma humana; en este caso, hablamos de Los hermanos Karamazov, libro en el que nos encontramos con los valores del ser humano distinguidos en parcelas específicas según la filosofía de vida que cada uno de ellos arrostra, bien sea por conocimiento adquirido/inducido bien por búsqueda de verdades que nos sirvan para marcar un rumbo fijo espiritual con el que conducirse en la vida.

Podemos comentar algo, sin tratar de estropear la lectura del libro, para intentar avivar el deseo de su lectura, si bien entiendo que esta humilde pluma poco puede hacer ante un ejemplar de tan magno reconocimiento mundial. Por intentarlo, desde luego, que no quede… No obstante, si se pretenden otras lecturas que nos faciliten la llegada al clásico, podemos empezar por algo de esto.

Fiódor Dostoyevski escribe, obviamente, en otro tiempo, uno en el que las prisas no eran las compañeras habituales de viaje, extendiéndose en detalles que hacen que necesitemos enfocarlo con un prisma diferente, obligándonos a que las prisas no sean las que imponen el formato de acceso al libro, lejanos sus tiempos de ejecución de los 140 caracteres tan manidos y entregado a sus lectores en sueltos semanales, esa práctica tan habitual en innumerables novelas del arco contemporáneo.

Nos habla desde otro horizonte, con calma, se entretiene y recrea en los detalles que considera oportunos, la noción de tiempo es diametralmente diferente a la actual: en un día puede extenderse en trescientas páginas o así. No solo eso, sino que encontramos que un mismo día, de enorme trascendencia, el desglose de la mañana, de la tarde y de los acontecimientos nocturnos son tan relevantes que adquieren todo el tiempo que sea necesario para su desarrollo, sin pensar que el posible lector pueda sufrir fatiga de materiales o cualquier zarandajas por el estilo.

Importa la historia, todos sus pormenores y nada de rebajas en este sentido en función de las apetencias lectoras del momento; importa la LITERATURA, no el cortoplacismo mediático…

En definitiva, importa la VIDA.

En cuanto a la técnica, es realmente soberbia, te hace, sin ser spoiler, que seas partícipe de la trama en la que tú solo sabes la verdad de forma que los escalofríos son continuos. Realmente es apasionante ver cómo el autor nos empodera como lectores a la hora de que seamos conscientes de cómo la verdad, siendo una, al mismo tiempo, puede resultar poliédrica, con las enormes consecuencias que ello pueda tener para la vida de un hombre…

Hasta aquí puedo llegar.

La VIDA está en él: las tres esferas trascendentales y las respuestas personales y sociales que se encuentran y cómo todo el mundo respeta la adecuada sin que realmente se apueste decididamente por ella. En este sentido, un aspecto verdaderamente capital en las intenciones del autor es la defensa de la trascendencia de lo espiritual como eje vertebrador del libro. No solo del libro, sino de guía y defensa para poder afrontar los embates que la vida nos pueda dar, todo ello en una Rusia del XIX como modelo y espejo de las realidades de todos los tiempos… Curioso e impactante sobre la cotización del alma humana

Como pueden observar, el libro, aun leído en pantalla moderna, en libro digital (¡¡menudo hallazgo!!), me ha atrapado, me ha seducido, y lo que es más importante: me va a acompañar en mi bagaje personal vitalicio, ésa es la función de los clásicos, ésa es la razón por la que lo recomiendo con tanta vivacidad.

Termino. Dicen los expertos nutricionistas que debemos comer color a la hora de alimentarnos adecuadamente; sin duda, en este libro encontramos toda una paleta de colores y de escalas diversos de los mismos que hacen de él un auténtico imprescindible en el recorrido lector de cualquier ciudadano.

Buen provecho.