Historia de un co-fundador de terror (Parte 3 y final)

Esta es una historia de lo que me pasó con un co-fundador. Aquí puede encontrar la parte 1 y la parte 2. También puede accesar el siguiente link con un artículo que detalla en los aprendizajes de lo vivido acá.


En caso de que no haya tenido la oportunidad de leer las notas anteriores, Emilio fue un socio con quien decidí unirme para un emprendimiento. Trabajar juntos fue complicado desde el inicio y la situación fue empeorando… entregas tardías, desapariciones y falta de compromiso fueron cosas recurrentes.

En la última nota, Emilio había decidido que no quería trabajar con nadie más y que dejaría el proyecto. Sus palabras fueron «lo termino durante abril y luego me salgo». No era la situación ideal, pero al menos parecía que el proyecto tenía oportunidad de continuar. Esta es la conclusión de la historia.

Totalmente ignorado

Unos diez días después de nuestra última conversación, por ahí del 15 de abril, le pregunté a Emilio cuándo iba a estar lista la plataforma. «Durante abril le dije». Luego le pregunté que si al menos había avanzado algo y me volvió a ver como si le hubiera preguntado que si el cielo era azul.

Ya era común el estado de incertidumbre en el proyecto con respecto a la parte técnica y el trabajo de Emilio. Pero no fue hasta este momento que me di cuenta que estaba realmente jodido.

Ya no estábamos hablando de atrasos… si a Emilio se le ocurría desaparecer del mundo y secuestrar mi proyecto, estaba en total capacidad de hacerlo.

Y por supuesto, eso es exactamente lo que pasó.

Pasaron los días y justo antes de mayo, uno de los potenciales clientes me escribió para ver cómo iba el avance. Le había comentado que durante abril era probable que tuviéramos la plataforma, pero que a inicios de mayo (lunes 2) yo iba a hablar con mi socio e iba a tenerle una respuesta.

Ese día fui a la casa de Emilio por la noche… ya ni siquiera pensaba en enviar correos o mensajes. Extrañamente, no me abrió la puerta. Le envié un WhatsApp y lo llamé, pero nada. ¿Quizás era uno de esos días en que salía de su casa para hablar con algunos amigos?

Al día siguiente me volvió a pasar exactamente lo mismo. Y el resto de la semana también. Cada día iba una o dos veces a su casa, lo llamaba, le enviaba un correo y le escribía mensajes. Se convirtió en mi rutina del mes, cada vez que salía de mi casa pasaba por la casa de Emilio a tocarle el timbre, esperando que algún día pudiera atenderme.

Después de unos diez días de esto, me pareció ridículo y tuve que tomar la última medida posible…. Hablar con su mamá. Fui a su casa y me informaron que ella no estaba. La llamé y no contestó. Le envié un mensaje saludando finalmente. Un día después me respondió un colega de su mamá… resulta que ella estaba en Europa y no volvía hasta el día 26 de mayo.

No podía esperar a que volviera del país y no parecía que Emilio fuera a dejar de ignorarme, así que empecé a buscar alternativas para mi empresa. Siempre había sido una lucha cuesta arriba, pero con estos últimos problemas ya simplemente no se podía avanzar más. Así que después de diez días de silencio, decidí salir a buscar ayuda para continuar con el proyecto… o más apropiado tal vez, volverlo a iniciar desde cero.

Misión de rescate

Mientras hacía ese proceso de búsqueda, continuaba visitando la casa de Emilio. Nunca recibí una respuesta suya, hasta que su mamá volvió de Europa. Yo había dado esa batalla por perdida, pero sabiendo el costo en tiempo y dinero que me iba a tomar desde cero, pensé que no perdía nada con intentar rescatar algo del código original.

Mis compañeros del colegio y mentores no lo veían igual y más bien continuaban cuestionando si el código original existía del todo. Así que acudí personalmente a la mamá de Emilio y le comenté sobre la situación que había venido ocurriendo. Me dijo que me iba a ayudar; que ese mismo día viniera por la noche, si él no me respondía el timbre, ella misma me iba a abrir.

Llegué a eso de las 9 de la noche y para mi sorpresa al primer timbre me abrieron… nadie más que Emilio.

Yo (conteniendo furia y sin ganas de iniciar con el pie izquierdo la conversación): Todo bien mae…. ¿Y eso que no me ha abierto en estos días?
Emilio: ¿De qué habla?
Yo: Mae di… desde el primero de mayo le he tocado el timbre todos los días, le mando mails, o lo llamo... ¿por qué no contesta?
Emilio: ¿Intentó tocar el timbre más de una vez?
Yo: …

Y así inicio nuestra primera conversación en casi un mes. De entrada no quise confrontarlo excesivamente, le seguí la corriente con su posición de que no me había estado ignorado. El objetivo era lograr conseguir el código de ser posible, así que era importante permanecer calmado. Le pregunté si había terminado la plataforma o al menos trabajado en ella durante este tiempo. Sorpresivamente, me dijo que había seguido trabajando, pero claramente no estaba lista aún.

Le comenté de mis intentos de buscar otra alternativa para el desarrollo luego de que él desapareciera. Su reacción fue como de desinterés, «ah bueno, si está buscando otra gente excelente, así no tengo que terminar esto». Eso me tomó por sorpresa, pero bueno, si los dos estábamos de acuerdo en que él no quería seguir adelante, era cuestión de que me diera el código y así Emilio no tenía que invertir más tiempo en un proyecto que no le apasionaba.

Cuando le dije esto, pareció ponerse a pensar al respecto… y esta meditación duró diez minutos sin que dijera una sola palabra. Como mencioné en la parte 2, este tipo de reacciones no eran raras para Emilio. Era como verlo pensar en cosas, rascándose la cara mientras veía el techo… y parecía como que estaba calculando ecuaciones en su cabeza. Cuando entraba en este tipo de trances yo había aprendido a no interrumpirlo, por miedo a que perdiera su carril de pensamiento.

Hay varios problemas con este proceso de pensamiento/discusión. El más importante es la cantidad de tiempo que se pierde en el proceso. Si alguna vez vieron la película The Martian, en la escena donde hacen el primer contacto con Marte podrán entender perfectamente cómo se sentía. Uno daba un mensaje y tenía que esperar veinte minutos antes de recibir una respuesta. Esto extendía nuestras conversaciones a 3 o 4 horas, cuando el dialogo usual quizás era para veinte minutos.

Otro problema era que Emilio es a veces un poco disperso, así que en ciertas ocasiones estaba contemplando algo por varios minutos y cuando parecía que estaba a punto de responder algo, podía llegar su perro a pedirle que lo dejara salir, o simplemente acariciarlo. Treinta minutos desperdiciados en lo que volvía a retomar su idea.

Un tercer problema era que parecía estar pensando en el asunto que estábamos discutiendo y luego de su tiempo de contemplación salía con cosas extrañas:

Emilio: ¿Se acuerda que bueno era Mario-Kart 64?
 Yo: Mae sí, era bueno… ¿Pero qué tiene que ver con lo que estamos hablando?
 Emilio: No, nada, pero podríamos jugar, por ahí lo tengo.
 Yo: Mae, ahora no, gracias…. ¿lleva veinte minutos pensando en esto?
 Emilio: No, se me acaba de ocurrir nada más…

Luego de unas 4 horas de este tipo conversación me dio a entender que iba a considerar si me daba el código. La indecisión me extrañó por todo lo que ya había meditado… y porque uno pensaría que simplemente quería salir del asunto. Pero él no lo veía tan simple. Con ese sin sabor me fui a mi casa a eso de las 3 a. m., con la idea de volver al día siguiente. Y tuve dos noches más como esa.

Tomar una decisión simple

Emilio me explicó que había pensado que yo lo estaba sacando del proyecto… porque si yo «puse sobre la mesa que se saliera, probablemente es porque lo quería afuera». También que si las cosas eran así, mejor que yo siguiera con alguno de los contactos que estaba buscando… Ahí tuve que cambiar de marcha, porque más bien me tocó explicarle que era él quien había demostrado su falta de interés y luego expresado que no quería trabajar con nadie más.

Para ser lo más claro posible con Emilio, le expliqué que había solo dos caminos posibles. O se integraba conmigo a un ritmo diferente, con total compromiso e integrábamos más miembros al equipo, o él podía tomar la decisión de salirse por completo… pero necesitaba que me diera el código que se había desarrollado. Quizás es fácil para nosotros pensar que es cuestión de decidir, pero Emilio se puso a pensar al respecto.

Le traté de solicitar que me explicara los pros y contras para ver si le podía ayudar a filtrarlos, pero esto no fue posible. Le dije que quizás hablando por teléfono o por mensajes nos podríamos comunicar mejor, pero pareció ver la idea como tonta.

Lo más problemático fue cuando me dijo que si yo decidía trabajar con alguien más, debería empezar desde cero. «La idea era hacerlo juntos, si yo me salgo, no veo porque debería darle algo».

Ahí sí me paró en frío. Uno es consciente que al no ser técnico se tiene menos control sobre el código que quien lo desarrolla, pero eso no significa que no sea fruto de su esfuerzo y trabajo en otras áreas. Le expliqué esto a Emilio y le reiteré que esa no era una de sus dos opciones.

Además de la decisión que debía tomar, tenía que hacerlo rápido. Yo no podía detener todos mis planes solo para darle tiempo de escoger. Le comenté esto, pero con una sonrisa casi de burla me dijo: «La verdad es a usted al que le urge, yo no tengo apuro». Nadie podría inventarse esta historia.

A pesar de todo esto, no parecía que pudiera tomar la decisión de participar o no. Me dijo que simplemente no sabía y que tenía que pensarlo. Ya había gastado mucho tiempo persiguiendo a Emilio, entonces le dije que si me daba el código no tenía que volver a saber de mí. Él no tenía interés en poner competencia o irse por su lado… simplemente no estaba interesado en seguir con el proyecto. Eso es lo que hacia la situación más ridícula. Ese código, nuestro trabajo de un año, nunca iba a ser utilizado.

Por eso fui a intentar conseguirlo esas últimas veces. La última noche que nos vimos le insistí en que tomara una decisión. Él me reiteraba que no sabía y que le diera tiempo para escoger. Finalmente le dije que esa respuesta no me servía, que necesitaba una concreta. A eso me respondió: «Bueno pues lastima, ya que esa es la única respuesta que va a tener».

Terminamos esa conversación y la verdad no volví a ir a su casa. El no tomar una decisión, es una decisión en sí misma.

Final

El sin sabor más grande que me quedó fue que nunca recibí una respuesta concreta. Se entiende que haya diferencias entre socios, pero es frustrante cuando uno simplemente no ve la lógica de las decisiones de la otra persona.

Si la historia les parece un poco anti-climática, es porque lo fue. Eventualmente uno se cansa de luchar contra la corriente. Si el universo nos grita que cambiemos de dirección, debemos hacer el cambio lo antes posible.

Eventualmente, encontré personas en las cuales puedo confiar para desarrollar mi proyecto. Todavía sigo trabajando para sacarlo adelante. La diferencia del ritmo de trabajo y la paz mental es del cielo a la tierra.

No creo que me vuelva a suceder algo parecido a la historia con Emilio. De eso estoy seguro.

Pero por aquello de las dudas… Esta vez soy administrador de todos los repositorios con el código. ¯\_(ツ)_/¯