“Historia de un oso” o sobre el buen cine

Cuando una obra estética —sea literaria, cinematográfica, musical o plástica— produce un sublime y aterrador silencio, sabemos que trascenderá. Historia de un oso, el cortometraje chileno de Gabriel Osorio, ha ganado decenas de premios internacionales, incluyendo el Oscar. Más allá de ser un triunfo para el cine chileno, o latinoamericano, también lo es para el arte preocupado por la memoria colectiva.

Como sabemos, toda buena historia, esconde dos historias (Piglia dixit). Así, el relato secreto del cortometraje lanza una dura crítica hacia aquellos que creen que a través de la fuerza física y el terror pueden ocultar la verdad. Y callarnos. Y desaparecernos.

Historia de un oso, como ya se ha dicho, narra silenciosamente lo que miles de familias chilenas vivieron durante la dictadura: separación forzosa, injusticia y en algunos casos muerte. Sin necesidad de dar nombres, sin necesidad de mostrarnos referentes exactos de la realidad, la capacidad alegórica de estos diez minutos animados evidencian cómo el arte puede y debe denunciar atrocidades, sin perder la belleza de la forma en que se cuenta. No solo estamos ante un buen guión, sino ante una animación cuidada y bien planificada. Si efectivamente fondo y forma son una unidad inquebrantable en las grandes creaciones artísticas, Historia de un oso lo logra de manera sobresaliente.

Más que nunca, necesitamos que los artistas y escritores no nos permitan olvidar. Solo si la memoria se mantiene, podemos evitar que en un futuro, una familia oso, u Osorio, se quiebre por culpa de quienes desean ver el mundo como un circo en el que todos estamos amaestrados.


Originalmente publicado en Paniko.cl

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