Historia de una cagada

Basado en un sueño real

El Día del Acontecimiento la chica llegó a su casa a eso de las seis. No pudo evitar, conforme subía los cuatro pisos que llevaban a su pequeño apartamento, notar que algo no iba del todo bien. Al llegar a la puerta de su casa descubrió que alguien había forzado la cerradura y que la puerta estaba ligeramente entornada. Sintió pánico. Lo primero en lo que pensó fue en entrar, pero había visto suficientes películas de terror como para darse cuenta de que aquello era una pésima idea. De modo que agarró su bolso para evitar el tintineo y bajó hasta el tercer piso desde el que llamó a la policía, casi susurrante. “Sí, alguien ha entrado en mi casa. No, no lo sé. La cerradura está rota. Forzada, vaya. Sí, les espero aquí. No, no entraré”. Pero mintió. O más que mentir, la chica cambió de opinión. Si la policía no se hubiese retrasado veinte minutos. Si ella hubiese escuchado el menor ruído en el piso de arriba. O si aquellos veinte minutos sentada sobre los peldaños del tercer piso de su edificio no le hubieran hecho pensar demasiado, les hubiera hecho caso. La chica, a fin de cuentas, era una buena ciudadana.

Pero aquellos veinte minutos fueron decisivos. Pensó que por norma general trabajaba desde casa. Que desde hacía tres semanas, por un encargo especial, salía a las 4 de la tarde y volvía alrededor de las 6. Pensó que quien fuera que había entrado en su casa la venía observando desde hacía al menos una semana, lo cual le provocó escalofríos. Eso, o había tenido muchísima suerte. Si aquellos bandidos habían entrado al azar debía tener un Ángel de la Guarda protegiéndola. Pensó que acababa de comprarse un televisor. Pensó que su ordenador estaba dentro. Y desde ese ordenador enviaba los artículos que le permitían vivir. Pensó que no tenía dinero para comprarse otro ordenador ni forma humana, si se lo habían robado, de conseguir más dinero. Pensó que estaba a punto de sufrir un ataque de ansiedad. Y entonces subió como una tarada los peldaños que llevaban del tercer piso al cuarto y entro en la casa.

No se escuchaba ningún ruido. La casa estaba vacía. Aún así, como lo primero que tenía al entrar era la cocina, decidió coger un cuchillo que probablemente no haría nada salvo infundirla cierta seguridad. Y avanzó. Y todo parecía en su sitio. Ahí estaba su preciosa tele. Su ordenador, al que no pudo evitar abrazar. Pensó. Pensó como debería pensar un criminal. Qué debería interesarle a un criminal además de una tele o un ordenador. “Los cajones”, se dijo. “Suplantación de identidad o algo así”. Igual le habían robado el pasaporte. Alguna tarjeta de crédito. Datos bancarios. Miró en los cajones. Nada. A estas alturas estaba tan confusa que se sentó en su sofá a echarse un cigarro. ¿La estarían buscando a ELLA? ¿Había alguna posibilidad de que alguien quisiera lastimarla? ¿Secuestrarla? ¿Violarla? Dios mío, ¿asesinarla? Al levantar la vista encontró a dos agentes de policía observándola.

“Ya, sí, lo siento. No escuché ruido y entré. No, no sé si tengo algún enemigo. Que yo sepa no. No, no falta nada. Sí, mi pasaporte está ahí. No sé, no entiendo nada”. Le preguntaron por ex novios, familiares cabreados, amigos que dejaron de serlo. Nada. Para estar completamente seguros, los policías la invitaron a recorrer de nuevo su casa. “Mira con cautela, puede faltar algo insignificante pero que dé con la clave del caso”. Entraron en su habitación. Ni siquiera parecían haber abierto el cajón de su ropa interior. El salón. La cocina. Miraron hasta dentro de los armarios. Nada.

El baño. Se encogió de hombros. En un momento de lucidez abrió la mampara de su plato de ducha. Sin saber por qué. Y ahí estaba. El único detalle que diferenciaba el escenario de su casa a las 3:59 del de las 6:34: alguien había cagado en su ducha. Era una mierda perfecta. Profesional. Del tamaño del puño cerrado de un señor vasco. Con la forma que tienen los helados en los anuncios de helados. Y colocada exactamente en el centro de la ducha, como si lo hubieran medido. Miró a los policías. “Les juro que esto no es mío”. Dijeron que la creían. Dijeron que era lo que se temían.

O sea, que alguien había forzado la cerradura de su vivienda, había entrado en su casa y había cagado en su ducha. ¿Era correcto? Era correcto. Ella comenzó a reír histéricamente. “Debe ser la llamada más absurda que han recibido en años”, dijo. “No se lo tome a risa, señorita, esta es la forma de actuar de una banda organizada a la que venimos siguiendo la pista desde hace meses”. ¿Qué? Así era. “¿Y entran en casas de gente aleatoria y cagan en sus duchas y bañeras? ¿Es eso lo que quiere decir? ¿Y son más de una persona? ¿Son un equipo?”. “Un binomio, señorita, un binomio perfectamente organizado, les llamamos el forzador y el cagador. El forzador abre la puerta y el cagador, bueno, se imagina”.

“Pero esto no tiene ningún sentido, ¿lo suben a YouTube luego o algo?”. Le dijeron que las mentes criminales son difíciles de entender, que quizá les provoca placer cagar en casas ajenas, en duchas ajenas, para más inri. Qué quizás es una manera de establecer quién tiene el poder. “Ya pero, ¿cagando?”. “Cagando, señorita”.

La chica tuvo que hacer una declaración. Apoyada en el marco de la puerta del baño explicó a los agentes todo lo que había sucedido hasta su llegada. Le recomendaron cambiar la cerradura. “No suelen ser reincidentes pero nunca se sabe”.

“Oigan”, dijo ella, “¿se van a llevar ustedes la mierda? Como prueba, digo. ¿O tengo que limpiarla yo?”.

“Señorita, nosotros nos llevaremos la mierda, efectivamente es una prueba crucial en este caso. Volveremos a hacer análisis de ADN y le informaremos si damos con algún resultado. No es la primera ni la última afectada. Pero le recomendamos limpiar con lejía, eso es cosa suya”.

“Ya, ya”

“Existe un servicio de limpieza especial, lo recomendamos en casos extremos. Como crímenes violentos con muchísima sangre o suicidios, pero si quiere le damos una tarjeta”.

“No, no hace falta. Creo que me las apañaré”.

Le dieron las gracias por su colaboración. Recogieron la mierda y la metieron en una bolsita y se largaron. Jamás tuvo noticias de ninguna detención. Por lo que ella sabía, los criminales seguían sueltos.

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