‘Inception’, manipulación y educación

Hace unas horas leí ESTE excelente ensayo sobre la tendencia de varios gobiernos alrededor del mundo: cambiar el “modelo educativo” por algo llamado educación por competencias.

Desde los primeros pensadores en la historia, la formación del hombre, y cómo ésta toma un lugar en el mundo, ha sido tema crucial de sus ideas y desarrollos filosóficos. La historia desde que la conocemos comenzó realmente con una idea parecida a: ¿qué es lo que define a este grupo de humanos al que pertenezco y qué rol ejerzo en dicho grupo?

Creo que no nos hemos detenido lo suficiente para analizar la forma en que las grandes civilizaciones del pasado lograron dejar su rastro en los libros de historia/Historia. Sabemos de sus victorias militares, de su desarrollo literario, mítico, religioso, sus costumbres sexuales y, en algunos casos, hasta sus recetas de cocina. Pero ¿dónde nació la visión que llevó a los líderes de los pueblos a autocumplir dicha visión?

Creo que se ha desdeñado de alguna manera el rol de la educación en ese sentido, y me gustaría ejemplificar su poder examinando la idea central de la película Inception de Cristopher Nolan.

Si por alguna razón estuvieron de visita en otra galaxia en el 2010, Inception es una película que recupera la tradición de las heist movies, dando un giro al robo usando una tecnología que le permite robar sueños. En cierto punto de la película (¿debería poner aquí un spoiler alert?), dicha tecnología es utilizada para hacer lo opuesto: en lugar de robar la idea de un sueño, se intenta sembrar una idea para que ésta afecte al individuo en el mundo real.

La relación que tenemos con los sueños se remonta a los orígenes del chamanismo y la religión misma. No en balde el fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud, dedicó tantas horas a su estudio. Quizá es gracias a él que la idea de la película funciona a la perfección: compramos fácilmente que la idea sembrada mediante esta tecnología logrará que un hombre acabe con un imperio económico, debido a que tiene un profundo conflicto sentimental generado por las acciones que los “ladrones” realizan en su sueño gracias un análisis psicológico —quizá un tanto superficial— que les permite saber cómo manipular emocionalmente al hombre.

Y es que algunos de nosotros nos hemos levantado de muy buen o muy mal humor gracias a un sueño. Quienes tenemos algún tipo de superstición, hasta hemos sido capaces de llamar a quienes no hemos llamado en años porque los hemos visto apenados en alguna visión nocturna. Se cuentan por decenas las personas que aseguran ver algunos eventos, como terremotos, en sus sueños, y hay sin duda quienes toman decisiones gracias a ellos. La credibilidad de la película depende enormemente de esta verdad humana.

Pienso que la educación funciona de la misma manera. Toda la teoría pedagógica se ha dedicado a analizar al niño y su complejo mundo emocional, para adecuar los modos y métodos en que debemos presentarles el mundo para lograr que lentamente y con el tiempo se amolden a las reglas y mecanismos de funcionamiento que la sociedad tiene.

Aquellos que no se adaptan son expulsados y etiquetados como fracasados.

Aquellos que se amoldan por completo son ampliamente reconocidos y se les brinda la etiqueta del éxito.

O esto era así hasta hace unos años, por lo menos.

El texto al que hice referencia al principio justamente expone cómo el neoliberalismo, mediante el Fondo Monetario Internacional, ha cambiado lo que antes era una educación que buscaba la comprensión del mundo para facilitar las famosas “competencias”: el diseñar personas intercambiables, que sean capaz de leer manuales de operación sencillos que permitan a la gran maquinaria de producción y consumo seguir en pie.

Quizá la aparente inacción de la generación millennial (el famoso activismo de sofá) se explique debido a esto: nos han enseñado a ser pacíficos, a trabajar duro, a ejercer nuestros derechos democráticamente y también democráticamente a aceptar que si una mayoría nos contradice debemos aceptarlo, porque las democracias son de “mayorías representativas”.

Y no es más que el comienzo: los pequeños que ahora van a las escuelas todavía tienen un modelo basado en el “éxito”: la idea de que lo material nos da la felicidad y que debe conseguirse a base de trabajo. Si uno piensa bien la propuesta del modelo educativo mencionado en el ensayo, las competencias claramente limitarán cualquier capacidad de visión que las futuras generaciones puedan tener.

Es irónico: quizá las clases dominantes no se den cuenta de que en algún punto de su existencia también ellos necesitarán guías y maestros y educadores que les permitan seguir ejerciendo el poder; escritores, pensadores y filósofos que teoricen acerca del futuro y la perpetuidad o destrucción de sus fortunas o de su misma condición de poderosos, o incluso lo más elemental: médicos en verdad capaces de darles lo que aparentemente buscan: la absurda inmortalidad llena de placeres terrenales.

Pero no hay que ser tan pesimistas: quizá la esperanza de la libertad del hombre resida en sus sueños, hasta ahora el único terreno que los gobiernos y las dictaduras e incluso las más avezadas ideologías no pueden corromper: esa estructura enmarañada de arquetipos y simbolismos comunes a la humanidad que sin duda ha inspirado a héroes y villanos y que quizá, bajo la opresión de un sistema que se ha vuelto casi incomprensible, comience a manifestar en nuestras cada vez más breves horas de descanso los símbolos e inspiración necesaria para amanecer con ganas de crear nuevos modos de relacionarnos, más allá de nuestra capacidad monetaria y nuestro cada vez más determinista origen económico y social.