Intenciones…

Aggsbach Dorf —Austria (foto de Julián)
De ellas está llena la vida

Seguramente alguna vez te ha ocurrido estar caminando presuroso por la calle, con el tiempo justo para llegar a una reunión. En ese transcurrir vertiginoso, alguien que viene en dirección contraria, tiene un traspié y algo se le cae al suelo. Lo ves, aún en tu carrera, y seguís de largo.

Quizá luego se te genere una inquietud que se repetirá en tu mente. Es como una recreación continua de la escena en donde a cada repetición, te sale una justificación cada vez más increíble para tu confort, pero menos creíble para tu moral, ante tu falta de consideración con ayudar a esa persona.

Claro, había otras personas también que seguramente habrán colaborado con el infortunio de aquél transeúnte. Pero eso no te convence, porque no llegaste a verlo. Bueno, tenías una justificación, ya que había que llegar a la reunión y el tránsito en Buenos Aires no colabora con la prisa.

«¿Por qué ni siquiera atiné a hacer el gesto de agacharme?» Por cierto, ese momento sigue presente en tu día y casi que te acompañará hasta el momento en que decidas apoyar tu cabeza en la almohada. En la reunión incluso te hizo perder más de una vez el hilo de la conversación y tuviste que pedir que te repitan de qué venía todo eso.

Esquivo, así te encontrabas. Algo que venías considerando de hace tiempo como una falta de respeto. «Las personas esquivas son desconsideradas, porque desmerecen tu esfuerzo».

Salís de la oficina, y el infierno del verano te choca de frente ni bien poner un pie fuera del lobby del edificio. Esta vez, el sofocón se siente aún más presente, tan presente como aquél transeúnte. Aquél transeúnte, «¿era mujer, un hombre, un anciano, un joven?» No lo recordás, y para peor, un mareo que apareció de improviso te deja perplejo.

Caes… un torbellino rojizo atiza tus ojos y bloquea tus pensamientos. Todo se pone luego de un gris plomizo y tus oídos dejan de enviar sonidos. Tu perspectiva es ahora horizontal y de la nada, tu vista te devuelve una escalofriante pintura surrealista. Todos pasan de largo…

Intentas hablar, pero tu boca está tan seca como el mismísimo desierto del Sahara. Tu lengua incluso se encuentra pastosa por un agrio sinsabor. Intentas moverte, pero de nada sirve, tu cuerpo no le lleva el apunte a las instrucciones que emanan del cerebro. Solo tus ojos se mueven en esa forma espasmódica que delata al nistagmo.

Al mirar hacia arriba, casi imitando una súplica religiosa, lo ves ahí sentado, sobre sus harapos y sobre sus propios olores que tanto te desagradan. Es ese mendigo que tantas veces has mirado mientras sacabas plata del cajero automático en horas tempranas. Bah, ¡mirar! Ni siquiera le prestabas atención como ser humano, sino más bien temiendo que de repente se arroje en busca de tu dinero.

Ves que te hace señales y gesticula la boca, pero no logras entender de qué viene la mano. Sigues sin oír, solo ves. Entonces se acerca débilmente hacia ti, y lo único que se te presenta como pensamiento, es que aprovechará para robarte y comprar más vino que lo mantenga alejado de este mundo. ¡Infame!


«¿Oiga? ¿Se siente bien? ¿Qué le sucede?» Se acerca a rastras, porque sus pies están tan ampollados que le duelen al pisar sobre el suelo, y las bolsas de supermercado que porta como zapatos, ya no le surten efecto.

Estás de costado, paralizado, sin oír. Te da vuelta boca arriba y ve en tu mirada una inquietud de moverte. Intentas revolverte para repelerlo, pero ese movimiento está solo en tu conciencia.

«¡Piensa rápido!» se dice para sí el vagabundo, evocando algo en su mente que, a pesar de todo, aún conserva mejor que su aspecto exterior.

«Presiona, abre su boca, respira; presiona, abre su boca, respira…»


Estás entrando al cajero automático y lo ves ahí, adormilado. Junto a él, un cartón de vino. «Será como el osito que uno abraza de bebé y que nos protege mientras dormimos», pensás. Lo mueves tímidamente y él se espabila. Parece no entender qué sucede, quién sos, y ni que hablar qué día es.

Una vez centra su mirada, te reconoce. «Oiga, ¿cómo está? Tremendo susto me pegó aquél día». Te sientas a su lado, como si de compañeros de secundaria se tratara, y de primera te viene una inquietud que te ha estado acompañando desde ese momento intenso. «¿Cómo supo qué hacer?» Él se rasca la cabeza, no por estar intentando pensar, sino por la mugre que lo cubre hace vaya saber uno cuánto tiempo. «Lo vi en uno de los tantos diarios que son mi cobija en los días de frío, y entonces solo me quedaba intentarlo…»


Se va un año más. El cambio de año para mí tan solo es una meta sensorial, porque el cambio no depende del tiempo, y el tiempo corre para todos nosotros indefectiblemente.

Si tan solo dedicáramos un pequeño tiempo de nuestras vidas en las intenciones, qué diferente sería todo.

Porque las intenciones tanto ayudan a tu vida, como también pueden salvar tu vida…

Quizá quién te dice tu vida ya lo está «intentando» y vos, vos solo pensás en la reunión…
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