Jugar a la mamá


La más pequeña de las tres cumplió dos años ayer. Cuando me cae el veinte de que mi vientre se ha partido en tres me acuerdo de René.

No es que las culpe de mi dicha, ni es que mi soledad me haya martirizado, tampoco es que sola no haya sido grande, sola fui grande en casi todo. Es que yo jugué a la mamá mucho tiempo antes de concebirlas, jugué como desamparada y sin papel ni rol me quedé.

Las culpo de haberme expandido el corazón y de sanarme el alma a besos y abrazos. Casi todo se los debo a ellas. Eli, la que cumplió dos, es la que más risa y miedo me da. Vaya, vaya, vaya, me dice, y se va corriendo.

¿Y por qué me acuerdo de René? Porque hace algunos años me lanzó un veinte al aire, un viernes que salía yo a la una (no la luna):

—Tania, ¿y tú qué haces además de jugar a la mamá?

Yo a las dos tenía que ponerme feliz así que me reservé el credo y levanté la mirada, expiré un largo y aburrido silencio en su oficina y le dije:

—Qué inteligente pregunta, René.
—Lo sé, lo sé (cual Colombiano) yo siempre hago preguntas inteligentes, mujer.

Nunca supo que durante el largo y aburrido silencio yo respondí pa’dentro:

René, René:
Además de jugar a la mamá juego a la casita, y juego al papá, hago el huevo, me doy en el lomo cual res para seguir arando estas tierras. Además de jugar al papá y a la mamá, ah, y a la hermana mayor, agarro mi coche cada madrugada y manejo en automático en una ciudad que me exige volar, y no vuelo porque no encuentro el otro par de alas que me prestó mi mamá.
Por las noches, después de jugar todo el día en esta torre gemela, cierro los ojos y hago como que sueño cuando no me puedo dormir. Cuento cada uno de los ataques de frío que me dan, pues resulta que son como siete a la semana.
Mira, René, todos los días, además de eso, dejo piedritas en el camino para saber como regresar a los brazos que dejé encargados en la guardería. Y después de toda esta diversión, dibujo esperanzas en el papel de baño cada que la cago.

Y así varios años después de este largo y aburrido silencio despierto en la regadera, el otro día, con mi hija de tres:

—Qué bonitos esos, mami
—Qué cosa, corazón
—Esos, (apunta a mis pezones) ¿dónde los compraste?
—¿Estos? jaja, no, mi niña, no los compré, ya venían con mi cuerpo, mira tú también tienes.
—Ah, pues qué bonitos
mira, yo también tengo.

Orasí juego a la mamá por tres, porque no dejarlas jugar a las hijas las destrozaría. Las besaré hasta que se me canse el aliento.

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