La cama

El abogado Abel González, retirado y viudo desde hace cuatro años, terminó de susurrar su tercer y último Ave María, ritual de todas las noches, después de tres Padre Nuestros y un Credo. Pero la primera oración, antes de los Padres Nuestros, el Credo, y las Aves Marías, era dirigida en honor a su difunta esposa, María Gracia Rodríguez. Su señora, después de cinco años de feliz matrimonio, dos de cortesía mutua, y dos más de hastío, decidió descartar el apellido de su marido como último acto de independencia, sin tomar el camino de la abstinencia, ya que para gran pesar de ambos, su marido se la había provocado durante el segundo de los dos años de cortesía, producto de una impotencia eréctil aparentemente incorregible. María nunca optó por el divorcio o la separación; dado a su edad, estatus social, y crianza, ambas alternativas eran impensables.

Abel se atribuía el fracaso de su matrimonio, y aunque no se lo confesó a María, Acusándola de que nunca lo quiso y que sólo se había casado con él por su dinero y por su apellido (golpe que María aprovecho para emitirlo de su firma ortográfica), el estaba convencido de que su deficiencia sexual era la primera causa de su infortunio matrimonial.

Una noche del último año que Abel y María iba a pasar juntos, Abel, por instinto del cual se arrepentiría, estrechó su brazo sobre el torso de su esposa durmiente, la cual de inmediato se lo quitó de encima a empujones, como si fuese una araña que se atrevió a pasearse confiada sobre su hombro derecho. María encendió la lámpara de su mesita de noche, cayó de pie y empezó a reñirle por su atrevimiento, pero más que nada, por despertarla.

¨¿Qué te crees que estás haciendo?¨ Dijo María, borracha de sueño junto a la cama tamaño queen, susojos rojos y legañosos. ¨Créeme, jamás se me hubiera ocurrido, fue sin querer, por costumbre¨.

Abel no mentía, antes de que ellos empezaran a convivir en ese mundo en el que cada uno se refugiaba en su propia trinchera, el siempre por costumbre sonámbula arropaba con sus brazos el cuerpo de su esposa, reconfortándose en la calidez de su figura, prefiriendo el seno de su mujer en vez de su almohada. Pero María le había prohibido cualquier tipo de contacto afectuoso, no era que se lo había dicho, sino que sedaba por entendido: Si no compartían lo que por costumbre se debe compartir en un matrimonio (el amor, el respeto, el apoyo) dedujo que tampoco parecía apropiado que compartiesen cualquiera de los beneficios carnales que este conlleva.

¨Pues que se te vaya quitando la costumbre¨, le reprochó, y buscando la frase perfecta para derrotarlo, añadió, ¨a estas alturas no sé cómo te atreves, cuando ambos sabemos de lo que no eres capaz¨. Este último comentario hizo que Abel apretara los dientes. Le dio la espalda a su mujer y enterró su cabeza en su almohada. Esa noche, igual que las noches después de la muerte de María, le costó trabajo reconciliar el sueño. Sabía que su coraje no estaba solamente dirigido hacia la crueldad de su esposa, sino hacia el mismo, por no ser capaz de hacer lo que ambos sabían el no era capaz de hacer, pero sobre todo, por no ser capaz de levantarse de la cama, hacer sus maletas, y largarse de ese nefasto hogar. Las razones para no abandonarla eran similares a las de ella, también descartaba el divorcio o la separación, y le tenía pánico a la soledad. Pero había otra razón por la que no la dejaba, y era que todavía, a pesar de todo y para su disgusto, la amaba.

Al reconocerlo, una rabia nueva se apodero de él, y espero que su esposa fuera al baño y regresara a la cama, que apagara la lámpara de su mesita de noche, que se arropara con su sábana blanca, para decirle en un tono lo suficientemente audible:

¨Ojalá nunca nos hubiéramos conocido, fuiste la peor decisión que tome en mi vida, el peor caso de mi carrera, no sabes la alegría que me darás si desapareces y te marchas a vivir con la bruja de tu madre o la vaca de tu hermana¨. Después de este comentario audaz Abel aguardó en silencio y con temor el contraataque de María, pero nunca surgió. Un poco incómodo con su pequeño triunfo, empezó a pensar en otras cosas para quitarse el mal sabor de la boca, y resucitó viejos y velados recuerdos: el día que conoció a María, la noche que le propuso matrimonio, el día de la boda, el brindis de su compadre Damián, el vals alegre con la Bruja y después con la Vaca, y finalmente y en especial, aquella noche en que hicieron y desasieron la cama una y otra vez en el viejo hotel, ambos embriagados con el champagne de la recepción y el sudor de sus cuerpos.

A la mañana siguiente Abel se despertó a las ocho de la madrugada como de costumbre, antes de abrir los ojos sintió un poco de remordimiento por las palabras que le había dicho a su esposa. ¿Por qué sentirme mal? Pensó, ¿acaso ella no era más cruel que yo? Abel se sentó en la cama y de inmediato se percató que algo andaba fuera de lugar, algo extraño colgaba en el aire. Se froto los ojos con sus puños y miro a su alrededor. Todo parecía normal, María parecía haberse levantado a la misma hora de siempre, las seis dela madrugada. Había hecho su lado de la cama. Su reloj suizo no estaba en la mesita de noche, ya que erala primera prenda que se ponía, antes de las zapatillas rosas y el elástico con el que se sujetaba el pelo. Abel se levantó de la cama y fue al baño. Se ducho y se cepillo los dientes. Mientras se vestía, volvió a sentir que algo estaba fuera de lo normal, y pensó en María. Estuvo a punto de vocear su nombre pero se contuvo, sabiendo que eso, a estas alturas, era más que inapropiado. Al terminar de vestirse, dándole la última vuelta al nudo de su corbata, descifro el misterio de esa mañana: No percibía el aroma del café. Siempre en sus años de matrimonio (los buenos, los no tan buenos, y los malos) María le preparaba el café antes de que él se levantara.

Abel soltó un largo suspiro, su comentario de la noche anterior, dedujo, le había costado el único desayuno que tomaba por las mañanas. ¨Genial, al fin y al cabo ella ganó la de anoche¨, se dijo a si mismo. Salió dela habitación con maletín en mano, decidido a salir al trabajo un poco antes para así tomarse un café negro en la cafetería localizada al frente de su bufete.

Al arrimarse a las escaleras paró en seco. María yacía tumbada e inmóvil al pie de las escaleras, estaba boca abajo, su mano derecha sujetando la bolsa negra de la basura que bajaba todas las mañanas al portal del pequeño y distinguido edificio de apartamentos. Al parecer, María se había tropezado con sus propios pies, desnucándose al caer dando revoltones hasta el último escalón, causándole una muerte instantánea. Abel descendió las escaleras con tal desesperación que por poco sufre la misma desgracia que su difunta esposa, teniendo que agarrarse de la baranda y cayendo sentado en el tercer escalón por encima de la cabeza de María. Cuando alcanzo a su esposa la cogió entre sus brazos, le apartó el pelo negro que se le había zafada de la coleta y le cubría la frente y los ojos, así estuvo sentado con ella entre sus brazos por dos horas, lagrimones sujetándose a la punta de su nariz, y el ocasional sollozo quebrando el silencio de la mañana.

Ni ese día, ni ningún otro, se presentó en corte, tres meses después decidió por un retiro prematuro, despidiéndose de sus colegas y sus numerosos éxitos. No lloró más por su esposa después del día de su muerte, en vez, se refugió en una inmarcesible y silenciosa nostalgia. Comenzó a leer de nuevo los libros de poesía que leía en su juventud. Todas las mañanas se levantaba a las seis, sacaba la basura, preparaba el café, y daba paseos por las calles de la ciudad. Por las tardes entraba en los bares y se reía con extraños, compartiendo las anécdotas y ocurrencias de su esposa. Al percibir la llegada del ocaso, recordaba la habitación vacía donde una vez más tendría que acostarse y tratar de dormir inútilmente en una cama ancha, cómoda, y vacía. Ese era el momento en el cual la angustia se intensificaba. Con ojos tristes consultaba su reloj y se despedía cortésmente de cualquier individuo que por azar le había prestado sus oídos, con la excusa de que debía irse a su casa, ya que su esposa le esperaba para la cena y no era sabio ponerla de mal humor.

Así transcurrieron los últimos cuatro años de la vida nueva de Abel, y ahora, mientras contemplaba el techo de su habitación, sentía en su cuerpo los duros quehaceres de la ausencia. Se encontraba arrimado al filo izquierdo de su cama, ya que se le hacía imposible (no sabía si por respeto o por costumbre) invadir el terreno donde solía dormir María. Lo que Abel más deseaba durante esas largas noches era poder dormir, y así, irreflexivamente, amanecer la mañana siguiente abrazado a la almohada de su difunta esposa. Pero esto nunca ocurrió, siempre, después de sus tres o cuatro horas de sueño, despertaba en la misma posición, en el borde de la cama, boca arriba y con sus manos descansando en su estómago. Abel se colocó de lado, sus ojos vagando por las curvas de la almohada de María, cuando sin saber porque, estrechó su brazo y puso su mano sobre la almohada. Inmediatamente y para su asombro, Abel comenzó a llorar. Primero fue un llanto sosegado y distante, pero a medida que pasaban los segundos el llanto cogía auge. Abel estrechó una pierna sobre el lado derecho de la cama, y notó que mientras más espacio invadía, arrimándose a la almohada y hundiendo su rostro en ella, más se intensificaba su llanto. Mientras trataba de ahogar su lamento en la funda de la almohada, se detuvo con una corta y profunda inhalación. Se estuvo muy quieto, incrédulo de lo que en esos momentos estaba aconteciendo. Se posicionó boca arriba, sus ojos bien abiertos y sin parpadear. Empezó a deslizar su mano izquierda a lo largo de su pierna, y allí, entre ellas, descubrió un miembro erguido y hercúleo, que apuntaba al cielo.