La conciencia de los ‘millennials’

Me gusta ser millennial. Por vanidad más que por significado. Estoy en la frontera. Entre el que es y no es. Nací en 1983. Me quedé a mil trescientos cuarenta y cuatro días de ser un marginado. Un viejo precoz que no sabe de tecnología. Un ignorante de la filosofía del You Only Live Once. YOLO por sus siglas en inglés. Lo agradezco a diario. Es bueno sentirse incluido. Ser el target de las marcas. La obsesión de los medios. Ya no por edad. Porque siempre quieren a los de 13 a 24. Pero sí por generación. Me siento contento. Me miro al espejo y sonrío. Pero también reflexiono. Y ahí descubro que soy un imbécil. Pasa que incluso los millennials tenemos conciencia. O al menos yo, que por poco soy de otra generación.

Mi imbecilidad es de diccionario. La Real Academia dice que imbécil es aquel tonto o falto de inteligencia. Compruebo lo que sospechaba. Lo soy. Como muchos de los míos. O de los que se supone que lo son. Sólo se vive una vez. En términos simples, vivir para cagarla sin culpa. En términos mercadológicos, más vale intentarlo que quedarse con la duda. La libertad se vuelve libertina. El error se aplaude aunque se produzca en serie. Y las pesadillas se materializan. Trump presidente o las noticias falsas que nos gustan tanto que ya conviven con las verdaderas. Una existencia sin freno de mano. La materialización de las bromas. El poder de la viralidad sin sustancia.

El orgullo millennial es una cuestión estética. Un acto de narcisismo puro. Ser popular a costa de lo que sea. Con chistes para tener shares. Con morbo para tener views. O con filtros de perrito para vernos simpáticos aunque la historia empiece y termine con lengüetazos automáticos. Y es también una contradicción. En el apogeo del feminismo, la foto de una chava jugando FIFA en tanga la convierte en influencer. En el sexenio marcado por la incapacidad de Peña Nieto para nombrar tres libros, a toda historia hay que ponerle bolitas y palitos. En el epicentro del enojo por el resultado de las elecciones presidenciales de Estados Unidos, copiamos el reto del maniquí. Modernizamos la sabiduría popular. Del perro que ladra pero no muerde, al perro que postea (con la lengua de fuera) y tampoco muerde.

El problema no es el postulado, sino la interpretación. Vivir como si no hubiera mañana. La premisa tendría que aplicar para todos. Buscar experiencias. Atreverse. Redescubrir los límites del ser humano. Pero se excede en individualismo. De los amigos a los seguidores. Del círculo cercano la viralidad. De la modestia a la presunción. Y de la conciencia social a la moral de posteo. Para el millennial, el compromiso comunitario se salda con una actualización a su perfil de Facebook.

Los viejos también tienen la culpa. Ellos votaron por Trump. El discurso retrógrada los sedujo. El de las fronteras protegidas por un muro. El de los forasteros que se llevan lo que no les corresponde. El de la grandeza de Estados Unidos y la intrascendencia del resto. A ellos les va la imbecilidad. Pero también a nosotros. Porque los jóvenes preferimos hacer memes que ir a votar. Ocurrió en Estados Unidos, pero puede ocurrir en México. Los posteos no hacen revoluciones. La abstención es tan culpable como la acción.

Para los millennials todo es una cuestión de alcance. De popularidad. El trending topic como termómetro. Por eso Trump siempre fue más que Hillary. Se convirtió en un rockstar tan idolatrado como odiado. Tan venerado por los suyos que fueron a votar en masa. Tan odiado por los otros que descartaron la posibilidad de que ganara. Son tiempos de encumbrar villanos. O de encumbrar lo que sea. Porque las tendencias no distinguen entre el bien y el mal. Suman y ya. De Pablo Escobar y Frank Underwood a Donald Trump. El mal es adictivo. El bien es aburrido. Y si sólo se vive una vez, más vale que haya emoción de por medio.

Soy demasiado egocéntrico para exiliarme. En los treintas uno se aferra a lo que sea para sentirse joven. Ser millennial me viene bien. Pero reconozco que lo mío es más de forma que de fondo. Me gusta serlo y parecerlo, asumiendo que en verdad lo hago. Pero el alma millennial no es de lo mejor. Me incomoda. Me hace sentir aunque sea un poco imbécil. Supongo que a todos. Porque tenemos conciencia, o al menos yo que por poco soy de otra generación.

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