La década becada

Historias y relatos de viaje
de una becaria argentina


Previously on La década becada: SEGUNDA PARTE.

TERCERA PARTE

No es cierto que todos los spoilers son malos. Los de series son nefastos, en eso coincidimos todos, pero los de libros son necesarios. Guerra y paz del camarada Tolstoi: 1.900 páginas. ¿En cuánto tiempo se leen 1.900 páginas? ¿Dos o tres meses? ¿Dos o tres años? ¡Dios! Además, ¿cuántas páginas de relleno te tenés que fumar hasta que viene un giro dramático? ¡Los lectores queremos las cuatro grandes emociones: muerte, gloria, locura y tragedia! Dostoievski sí que la tenía clara… O bueno, casi. Crimen y castigo tiene 800 páginas — y así y todo, la muy nefasta de mi madre me obligó a leerlo a los 13 años.

No recuerdo bien: es posible que en esa época Google no estuviera muy desarrollado. La cuestión es que no busqué ningún resumen y, como quien dice, me tragué la batata. 800 páginas: palabra tras palabra, renglón tras renglón, párrafo tras párrafo, hasta que ¡zas! Raskólnikov se carga a hachazos a la vieja. Ahí tienen: les acabo de ahorrar muchas horas de sus vidas. Los clásicos de la literatura están muy sobrevaluados — y aún así, ese día sólo pensé en Raskólnikov.

Era 23 de septiembre de 2010. Nada pronosticaba la tragedia. Primavera, flores, sol. Y sin embargo, yo estaba encerrada en una oficina municipal — la de Ceremonial y Protocolo que, a esta altura, ya todos conocen — . Blanco sobre negro: trabajar en la Municipalidad ya era suficiente tragedia. No obstante, había ingredientes extra. Dragón con diarrea crucigrameaba en el escritorio de al lado, Ornela había faltado y el tercer compañero del equipo estaba en otro acto. Ya sé lo que están pensando. En esta historia yo sería Raskólnikov y Cable de plancha la (no tan) pobre vieja Aliona Ivánovna. Pero no, lamento defraudarlos. Las historias épicas siempre me han quedado un poco holgadas, así que permítanme continuar.

Era 23 de septiembre de 2010, decía, y nada pronosticaba la tragedia. Como cualquier mañana revisé la agenda de actividades y tomé nota del acto público del día: “Inauguración de Biblioteca Popular Eva Perón en Barrio Los Olmos: 11.30 hs.”. Eso significaba que tenía que confirmar a la locutora del acto, escribir las glosas que se iban a leer, redactar la lista de autoridades que presumiblemente asistirían, disponer con Cable de plancha del atril y la bandera, y coordinar con la Oficina de Prensa la cobertura mediática del evento. De todas las actividades que acabo de listar, la redacción de glosas era la que insumía más tiempo, así que decidí empezar por ahí.

Coincidencia o no — me enteré gracias a Google — , el 23 de septiembre se conmemora en Argentina el Día de las Bibliotecas Populares. En homenaje a Mariano Moreno — que nació un 23 de septiembre de 1778 — , Sarmiento promulgó la Ley N° 419 para promover la creación de bibliotecas abiertas para todos, y desde entonces se aprovecha la ocasión para difundir la importancia de la lectura y la cultura. Y fue de modo súbito, casi sin quererlo: muy íntimamente, muy al fondo a la derecha, agradecí estar ese día trabajando. Me ilusionó ser partícipe de la inauguración de una biblioteca popular, de ser cómplice de la posibilidad trascendente de llevar libros allí donde la imaginación queda siempre postergada por otras urgencias. Entonces conté en las glosas la historia de José Saramago, mi escritor preferido, que abandonó la escuela siendo un adolescente porque tuvo que trabajar para sobrevivir, pero que, aún así, todas las noches visitaba la biblioteca popular de su barrio. Pensé que la historia podía inspirar a alguien — a algún niño revoltoso, digamos, que seguramente iba a estar corriendo por ahí y que, en algunos años quizás, escribiría grandes obras literarias.

Viéndolo retrospectivamente, creo que pequé de naïve. ¡Estaba flasheando mal! O, tal vez, eran las ganas desesperadas de encontrarle algún sentido a mi trabajo. La cuestión es que terminé de escribir mis glosas, fui a la biblioteca popular a preparar todo para el acto y, cuando abrí la puerta para atar la cinta de inauguración — esa que los políticos cortan o desatan para las fotos — , se me vino el alma a los pies. En el salón frente a mí, había un par de bibliotecas todas vacías sin excepción. O bueno, vacías no. Sobre los estantes había secadores de pelo, planchitas, tijeras y peines.

— Disculpame — le pregunté a la Presidenta del Centro Vecinal — , ¿hoy no se inaugura acá una biblioteca popular? ¿Dónde están los libros?

Y al tiempo que me señaló un único libro propagandístico que narraba los logros gerenciales del Intendente de la ciudad, me explicó que la biblioteca popular iba a funcionar como taller de peluquería y oficios.

— Nos han prometido una donación de cien libros — me aclaró — , pero acá a la gente hay que darle trabajo, no libros.

Y pensé en Raskólnikov. Porque hubiera matado a alguien a hachazos
—ganas no me faltaban — pero, fundamentalmente, porque me rebeló pensar que algunos siguen arrogándose el derecho de impedirles a otros que lean a Dostoievski.

Pocas semanas después del episodio raskolnikovano, viajé a Bruselas para presentar otro ensayo. Hago corta una historia larga: había escrito un ensayo sobre la corrupción pública, hacía tres meses que había vuelto de Estocolmo y twitteaba más de lo que trabajaba. La espada de Damocles, ¡un poroto! ¿Con qué cara volvía a pedirle permiso a mi jefe para viajar a Bélgica? Seis palabras: eché mano a mi maquiavélica creatividad. Llamé a radios y diarios, empecé a dar notas presentándome como una brillante joven profesional, y no perdí oportunidad para agradecer públicamente la generosidad de mi jefe. Un par de entrevistas después, al tipo no le quedó opción, y terminé aterrizando en una Bruselas nevada un 16 de noviembre de 2010.

Bruselas es eso que los italianos llaman una ciudad molto carina. No se me ocurre la expresión equivalente en español, pero creo que el significado se comprende de modo fácil: hay un espectro de belleza. Roma è bellisima!; Barcelona è bella!; Bruselas è carina! (¿lindita?). Ni muy-muy, ni tan-tan. Pero es preciosa, desde luego, ¡y está llena de comida genial! Chocolates, las mejores cervezas, papas fritas increíbles y waffles adictivos. Y como si todo eso fuera poco, estaba alojada en un Sheraton en el centro de la ciudad. ¡Tres hurras para mi vida como empleada municipal!

Esa misma noche me reencontré con Ágata, una amiga polaca que había conocido en Estocolmo, y fuimos juntas a cenar a un restaurante cerca del hotel. La noche estaba fría pero, animadas por el reencuentro, estuvimos largo rato charlando sobre Polonia, Argentina y nuestras respectivas carreras profesionales. Y así, ocupadas como estábamos, no reparamos en el malón desaforado de españoles que estaba a punto de irrumpir en escena.

No se puede gritar más fuerte que un español porque, fundamentalmente, no pueden desafiarse las leyes de la física. Cuando hablan, gritan. Y cuando hablan en grupo, gritan aún más. Pero cuando hablan en grupo y en público, la cosa es francamente dantesca. Gritan sin sentido, sin escucharse, sin piedad. Y los sufre el resto, claro. Y el resto, en ese contexto, éramos Ágata, yo y un puñado de belgas que no disimulaban su cara de traste. Pero los españoles, ocupados como estaban en gritar, no se daban por aludidos. Discutían qué iban a pedir para comer, en qué idioma — ninguno hablaba francés ni inglés — , y cómo iban a organizarse: eran más de veinte. Y yo, que no grito pero tampoco puedo quedarme callada — porque soy argentina, obvio — , les ofrecí ayuda.

A veces me da la sensación de que el mundo nos padece por igual. Me imagino a un sueco tocando madera cuando se cruza con un español, o a un mexicano rezándole a la Virgencita de Guadalupe cuando conoce a un argentino. En honor a la verdad, somos nacionalidades complicadas y, para colmo de males, el acento nos delata sin excepción. Así que apenas abrí la boca, el grupo de cordobeses ya sabía que yo era argentina y, como si eso no fuera suficiente, de la Provincia de Córdoba. Total que terminamos en la mesa comiendo con los españoles y recibiendo las atenciones de Rafael, un viejo verde piropero que insistió en pagar nuestra cuenta e invitarnos a comer un waffle en la Grand-Place de Bruselas.

El señor de pie es Rafael. El resto grita — o sea, son españoles

A la mañana siguiente, en un centro de convenciones de la capital belga, empezaron las dos conferencias a las que tenía que asistir: una, auspiciada por el Banco Mundial, sobre políticas públicas en África y América Latina, y otra sobre liderazgo ético en el nuevo milenio. Estaba como quería: lejos de Cable de plancha, en Europa, comiendo buena comida, haciendo networking con gente grossa y conociendo a nuevos amigos como los zaireños Brenda y Humphrey.

Por demás divertidos, como la mayoría de los africanos, Brenda y Humphrey hacían comentarios geniales de los conferencistas, y no había almuerzo o cena en que no hicieran chistes sin parar. En una de esas comidas, una voz en off que imponía respeto, nos intimó a ponernos de pie y recibir con respeto a Su Santidad Sri Sri Ravi Shankar.

— ¿Quién es? — me preguntó Humphrey — .

Yo estaba tan desconcertada como él. Entonces lo vi por primera vez: era un barbudo bajito, con pinta de chanta y ojos saltones, secundado por un lacayo que llevaba un almohadón para que Your Holiness sentara sus sacras posaderas. Entonces, en su honor, se sirvió la cena más horrorosa de la historia. Cada plato era una combinación exótica de arroces, especias y calabazas mal hervidas, acompañados con un jugo de tomates intomable, un vino blanco que nunca llegué a probar y un postre que parecía hecho de esencia de vainilla, medias hervidas y mousse de morcilla. Pasé de todos y cada uno de los manjares que nos sirvieron, así que esa noche terminé con Humphrey, Brenda, el camerunés Constantine y una danesa fanática de los asados argentinos, comiendo en un McDonalds y llorando de la risa.

Al día siguiente, después de las conferencias de la mañana y antes del almuerzo, nos invitaron a permanecer en el recinto del Parlamento Europeo para hacer meditación con Ravi Shankar. Brenda y Humphrey me miraron perturbados, pero decidimos quedarnos. Con probar, no perdíamos nada. Para empezar, Sri Sri nos hizo apagar los celulares, sentarnos derechos y cerrar los ojos. Una vez que todos lo hicimos, tomó un micrófono y empezó a hablar del aire, las células y de que inspirar y expirar era el movimiento natural de todo el cosmos. Mientras, yo peregrinaba entre el umbral del sueño y la vigilia. No obstante, quietecita, seguía inspirando y expirando. Pero entonces, el audio del recinto empezó a acoplarse como cuando hay celulares cerca de parlantes o micrófonos, ¡y al tacho con la meditación! Abrí los ojos movida por la curiosidad, y ahí estaba Sri Sri, divagando sobre las células y el aire mientras checkeaba su iPhone que acababa de recibir alguna notificación.

Sri Sri Ravi Shankar

Los almuerzos y cenas que siguieron giraron en torno a: (a) ¿en qué parte de su túnica guardaba Sri Sri el iPhone? ¿Acaso tenía bolsillos internos? (b) ¿Cómo se pronuncia Sri Sri? (c) ¿Por qué no puede apoyar sus posaderas en cualquier silla sin almohadón de por medio?

Después de una semana para el recuerdo, me tocó volver a mi cuchitril municipal. Como intuía que el horno no estaba para bollos, caí con bombones para mi jefe y una caja de macarons para Dragón con diarrea. Mi obsecuencia llegó al punto, incluso, de poner esmero en armar los moños para las bandejas queseras de cortesía. Pero toda la pantomima, por supuesto, duró apenas un par de días, y más temprano que tarde reanudé la guerra fría con Cable de plancha.

El primer episodio de la escalada de tensión fue cerca de fin de año, cuando llegaron los bolsones navideños a la oficina. El mío nunca apareció porque, me vine a enterar después de Reyes, había terminado en la mesa familiar de Dragón con diarrea. Después de eso, en enero, hubo una disputa por el (supuesto) uso obligatorio de uniforme. Resulta que el uso no era tan obligatorio, pero Cable de plancha me hizo creer que sí, así que un día caí disfrazada con un pantalón negro berreta, una camisa caqui estilo Boy Scout, y un saco parecido al del Viejo de la Bolsa. Y así siguió, vizcacheada tras vizcacheada, hasta que se enteró que presentaba mi renuncia en marzo.

… Continuará …

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