La década becada

Historias y relatos de viaje
de una becaria argentina


Previously on La década becada: PRIMERA PARTE.

SEGUNDA PARTE

Mi mamá tenía sus dudas. Opinaba que todo se trataba de un operativo sofisticado de una red de trata de personas. Era atendible: nadie en su sano juicio iba a pagarle a su hija un pasaje hasta Estocolmo por un ensayo que involucraba a una princesa miope. Y su hipótesis estuvo a punto de confirmarse en el área de check-in de Pajas Blancas — el sugestivo nombre del aeropuerto de Córdoba — , cuando entregué mi pasaporte y la señorita de la aerolínea me dijo que no me encontraba en la lista de pasajeros.

Mi nombre en Italia

DELOSANGELES/Lasa Maria. Así figuraba — y por eso no me encontraba. Claro, porque en realidad soy LASA/María de los Ángeles, pero parece que no se enteran. En los años siguientes sería Mariángeles Lasa Broggi en España — los españoles están empecinados en enchufarte tu apellido materno aunque no sea tu costumbre cultural — ; Maria de los Angeles, sin apellido y sin acentos, en Suiza; Maria Lasa De Los Angeles en Suecia e Italia; Lasa de los Ángeles en Bélgica; y estoy segura de que han existido algunas otras variantes que ahora no tengo presentes.

Respiré, pasé los checkpoints, y embarqué con destino a Frankfurt. Ahora, con mirada retrospectiva y después de más de cien vuelos de experiencia, estaba predestinada a la catástrofe: tenía dos conexiones bastante ajustadas en Buenos Aires y Frankfurt; calzaba botas; llevaba un pañuelo al cuello. Pero entonces no lo sabía, y creía que lo peor ya había pasado: saliendo de mi casa, mi mamá me preguntó si traía todo conmigo, y fue cuando advertí que había dejado pasaporte, tarjetas de crédito y dólares arriba de mi cama. ¡Un éxito!

No era la primera vez que salía del país. Antes había viajado a Brasil, Chile y México. Pero era la primera vez que salía sola y era la primera vez que viajaba a Europa. Será por eso, tal vez, que recuerdo tan bien a mis compañeros de asiento. A mi derecha viajaban, con destino final a Mumbai y Moscú respectivamente, una azafata de LAN Argentina y un ingeniero del INTA experto en trigo modificado genéticamente —que apodamos El trigólogo — ; y a mi izquierda, volando hacia Berlín, una boliviana que trabajaba para una agencia de cooperación alemana. Pasé gran parte del vuelo charlando con los tres, y resultaron ser personas encantadoras. Me dieron consejos de viajeros experimentados, y nos la pasamos riendo de una señora alemana que tenía un pretzel en la cabeza. No, a ver: no es que tenía un pretzel comestible en la cabeza. Se había hecho un pretzel capilar a base de trenzas, mucho hairspray — ¡mucho! — y docenas de hebillitas marrones. Entonces empezaron a correr las apuestas: ¿llegará el pretzel inmaculado a Frankfurt o el engendro estilístico caerá abatido ante las turbulencias del vuelo?

Pretzel comestible

Marcador final del encuentro: Pretzel 3–0 Turbulencias.

Cuando aterrizamos en Frankfurt, un mexicano que trabajaba en la aerolínea, me esperaba en la puerta del avión.

— ¿Es usted Delosáng…? A ver, espere. ¿Lasadelo…?
— Sí, soy María de los Ángeles Lasa — le respondí fastidiada— . Lasa es mi apellido. ¿Por qué?
— ¡Le vengo a avisar que corra porque tiene apenas 40 minutos para tomar su vuelo a Estocolmo!

Yo conozco a los mexicanos: son gente muy parsimoniosa. Si un mexicano te dice que corras, es porque la situación es más grave de lo que uno imagina. Y aquí entraron a jugar los tres elementos que había listado párrafos atrás: la conexión, las botas y el pañuelo — exactamente, en ese orden — . La conexión, porque no estaba bien planificada — o sí, pero para un velocista como Usain Bolt. Las botas, porque aunque sin tacos, no están hechas para correr — y pasó lo que tenía que pasar: me doblé un pie — . Y el pañuelo al cuello, porque los paranoicos del checkpoint interpretaron que ocultaba algo, entonces me detuvieron más de diez minutos para revisarlo en profundidad. Cuando llegué a la puerta correspondiente, los últimos pasajeros estaban embarcando.

Emma Moronsini

Aterricé en Arlanda sin mi valija, renga del pie derecho y más maltrecha que Emma Moronsini recién llegada a Luján. Desde la aerolínea me compensaron con un nécessaire y un pijama descartable, y me despidieron con la promesa de que la valija llegaría a mi hotel al día siguiente. Contra todo pronóstico, la valija llegó en menos de 24 horas, pero tuve que pelearme un poco con la recepción del hotel para que me la dieran. LASA/María de los Ángeles y DELOSANGELES/Lasa Maria, tuve que explicarles durante largos minutos, éramos la misma persona. Muy a mi pesar, sin embargo, tuve que asistir a la primera rueda de conferencias con la misma ropa con la que había viajado — que no era informal, precisamente, pero tampoco acorde al evento. Me consolé cuando vi a un africano vestido con el pijama descartable.

Esa tarde, después de las conferencias programadas, salí a caminar por Estocolmo con dos keniatas y un nepalí: Maureen, Collins y Aashis. De esa primera caminata recuerdo tres episodios con bastante nitidez: el sonido de mis pasos mientras caminaba — Estocolmo es una ciudad asombrosamente silenciosa — ; Maureen a punto de ser atropellada por un auto mientras cruzaba la calle con el semáforo en verde; todos atravesando un puente con el sol de frente y el viento en la cara.

Tengo una memoria frágil — y algunos lo interpretan como vileza, cinismo o simple idiotez pura y dura — . Me cuesta recordar nombres, personas, rostros y anécdotas. En términos comparativos, mi memoria es un Diskette de 3 ½, esa forma bien precaria y noventosa de almacenar Dios sabe qué. Pero hay una excepción: siempre me acuerdo de los puentes.

Funcionalmente, los puentes están pensados para salvar accidentes geográficos: ríos, valles, quebradas. Un puente no podría jamás renunciar a su dimensión utilitaria — o sí, pero entonces ya no sería un puente. Los puentes sólo funcionales, sin embargo, tienen una particularidad molesta: no son estéticos — y la belleza habla siempre de la sofisticación de una cultura. Por eso me gusta pensar que los puentes son fotografías de época, representaciones de lo que un grupo de hombres valoraba, creía y pensaba en un determinado contexto histórico. De ahí que crea que, para conocer una ciudad, basta con atravesar sus puentes. Y les confieso algo: si el dinero no importara y me dieran a elegir qué hacer con mi vida, optaría por dedicarme a cruzar puentes mientras escucho jazz en mi iPod. A eso me dedicaba cuando era becaria. ¿Ahora van entendiendo la magia de no trabajar?

Pero hablando de trabajos, estética y belleza, volvamos a un tema que quedó pendiente desde el primer capítulo: la Municipalidad. Mientras estaba cruzando puentes en Suecia — con el viento en la cara y el sol de frente — , ya hacía cinco meses que trabajaba en Ceremonial y Protocolo. La relación con Cable de plancha se iba resintiendo poco a poco y, para colmo de males, no le veía sentido a nada de lo que hacía — moños, glosas, discursos pedorros y cartas de salutaciones — . La que salvaba la situación era Ornela, mi compañera de trabajo, que compartía conmigo grandes charlas, el gusto por la lectura y una misma pasión: encontrar un nuevo trabajo cuanto antes.

Todas las mañanas, cuando llegaba a la oficina, Dragón con diarrea escuchaba en la radio chismes políticos locales. Después se ponía a crucigramear hasta que aparecía el jefe a saludar; entonces — sólo entonces — , simulaba laburar. Daba la impresión de que levantaba alguna caja con libros o acomodaba quesos en bandejas de cortesía — que si sobraban, se llevaba a su casa — . Pero yo, en honor a la verdad, tampoco era mucho mejor. Estaba toda la mañana twitteando y, cada tanto, me hacía la ocupada: atendía alguna llamada telefónica, mandaba algún mail, me hacía la que escribía. Y el viejo zorro, sí señores, ya me tenía calada. Mascalzone!

— Vos estás acá gracias al Partido. Deberías ir a las reuniones en el Comité para saber lo que comentan de vos. No les gusta la gente desagradecida.

Pero yo sabía que no estaba ahí gracias a ningún partido. Soy más gorila que King Kong. El iluso Cable de plancha, sin embargo, pensaba amilanarme con esas amenazas de Unidad Básica. En su lugar, me obligó a embarcarme en una guerra silenciosa y sin cuartel.

Mi ejército tenía a grandes comandantes: Tucídides, Sun Tzu, Machiavello y Hobbes. Entonces, con la complicidad de Ornela, planeé mi primer asalto. Repasé mis apuntes sobre las Teorías del Contagio y del Rumor, y largué mi primera bomba de humo. Hice circular por los pasillos que mi jefe se iba a Córdoba y estaba preparando un equipo técnico para llevarse con él. Cuando el rumor se había extendido lo suficiente, Dragón con diarrea lo trajo a la oficina.

— Se comenta que el jefe se nos va a Córdoba. ¿Sabés algo?

Le dije que no, pero que no me sorprendía. Mi jefe era un tipo capaz. Y continué:

— Lo que me sorprende es que se vaya sólo. Para mí se va a llevar gente de esta oficina. ¿A vos te gustaría? Me parece que tu función es imprescindible— y remarqué esto último con particular énfasis verbal y corporal — .

Durante las siguientes dos semanas, el Cable-Dragón no habló de otra cosa. Imaginaba un aumento de sueldo, un departamento en calle Chacabuco y un retiro jubilatorio con bombos y platillos. Y entretenido como estaba, yo pude seguir twitteando en paz. El panorama se complicó cuando se dio cuenta de que todo era lo que era — ¡pura bomba de humo!— , entonces volvió al ruedo con una buchoneada: fue a acusarnos por usar redes sociales en horario laboral. ¡Pero le salió mal! Como no se acordaba del nombre de la red social que yo usaba — Twitter, poco popular por entonces — , le bloquearon Facebook a todos, entonces yo me encargué de responsabilizarlo públicamente y de ofrecer una solución al bloqueo —para los entendidos, el viejo recurso https:// — . ¡¡¡AJÁ!!! Touché!

A veces me daba compasión y yo terminaba aflojando. Un día me refirió sus sueños de juventud, truncados por falta de oportunidades, y sus aspiraciones políticas que habían muerto en el laberíntico sistema de la burocracia estatal. Pero no se crean: los momentos Teresa de Calcuta le duraban poco y, en un abrir y cerrar de ojos, volvía al ruedo con sus vizcacheadas — vizcacheadas, del verbo argentino (¿?) Viejo Vizcacha— .

Pero ahora estaba en Suecia, lejos de mi vida de empleada municipal y disfrutando de las mieles del primer mundo. Me alojaba en un hotel cinco estrellas, desayunaba salmón, almorzaba sushi con funcionarios de organismos internacionales, salía a pasear por una hermosa Estocolmo primaveral y charlaba todos los días con gente de todo el mundo. Entre esas personas del resto del mundo, estaba Maureen, ¿se acuerdan? La que casi muere atropellada por un auto.

Maureen era de Yala, un pueblo rural de Kenia. Analfabeta y sin estudios, decidió migrar a Nairobi para buscar un trabajo, y terminó de empleada doméstica en una casa de ricos. Al principio iba todo relativamente bien, pero después vinieron los malos tratos y los abusos, así que abatida, cansada y sin dinero, nueve meses después, terminó volviendo a su pueblo natal.

En algunas partes del mundo, hoy, la exclusión está hecha de Maureens: mujeres analfabetas africanas. Y yo, desde mi condición de privilegiada-del-sistema y con una escala de valores liberales un poquito naïve, recuerdo que sentí una terrible compasión. “Pobrecita — pensé — . Qué tremendo debe ser tener que renunciar así a la libertad” — porque la libertad está hecha de opciones, razoné, y ella claramente no podía elegir. Después me di cuenta, como ha señalado lúcidamente Martín Caparrós en El Hambre, que ser pobre — y analfabeta, y mujer, y africana — , es elegir todo el tiempo: si comer o beber, si ropa o un techo, si estudiar o limpiar casas, si ser golpeada o abusada.

Un día, a su pueblo polvoriento, llegó una funcionaria del Banco Mundial: quería llevar una escuela y algunas computadoras con Internet. Así que la tecnócrata charló con la gente de la tribu para conocer sus necesidades, y Maureen le reveló lo obvio: no tenían electricidad. La funcionaria europea le preguntó, entonces, cuál sería la mejor opción, y Maureen le sugirió abrir una escuela para los niños y una peluquería para las mujeres.

En pocos años la escuela había educado a decenas de niños, y la peluquería, a través de la promoción de oficios, había empoderado a las mujeres del lugar. La historia de Maureen me pareció tan llena de osadía anónima y dignidad, que me dio mucho pudor compartir el segundo premio con ella.

Con Maureen (Kenya), cruzando un puente

Mi ensayo, me dijeron, estaba bien escrito y tenía una historia poderosa; el suyo, le dijeron, era conmovedor. Así que el último día — ella un poco más contenta que yo — , las dos subimos al escenario a recibir el premio. Y justo ahí, cuando nos preparábamos para recibir el diploma y el cheque que acreditaba que éramos ganadoras, le pregunté si se sentía orgullosa.

¡Muy! — me dijo, emocionada — . Nunca pensé que estaría orgullosa de mi misma.

En el vuelo de vuelta a Buenos Aires me hice amiga de Wendy, una británica de Nottingham. Estuvo todo el viaje fotografiando la comida del vuelo, porque claro, se dedicaba a eso: tenía un blog sobre comidas de aerolíneas. “Si Wendy puede laburar de esto, algo se me va a ocurrir para seguir viajando”, pensé. Y se me ocurrió probar de nuevo con otro ensayo. Ya saben: pensar en una buena idea, escribirla en forma de ensayo y esperar. Mientras tanto, tenía que volver a la Municipalidad.

Traten de comprender: el cuadro era tan deprimente que hasta había contemplado el consumo de ansiolíticos. Y todo era también brutal y descarnado, puesto que en mi primer día de reincorporación, una funcionaria mandó a llamar a “una chiquita de Protocolo” — que terminé siendo yo — para que le sostuviera la cartera mientras ella discurseaba. Así que ahí estaba yo: después de conocer a Ostrom, Stiglitz y Maureen, parada cual perchero al lado de una funcionaria municipal, sosteniéndole la cartera mientras ella improvisaba un discurso de barricada.

Mientras tanto, mi propensión marginal a twittear, era directamente proporcional a mi inercia laboral. ¿Están familiarizados con la Ley de Parkinson? Es esa que dice que el trabajo se expande hasta llenar el tiempo disponible para que se termine. Se aplica a la burocracia estatal, fundamentalmente, porque los burócratas quieren multiplicar subordinados — nunca rivales — , y porque los burócratas a veces no tienen mucho que hacer — pero aun así, deben justificar su sueldo — . Bueno: yo me estaba parkinizando — que es una manera elegante de decir que me estaba ñoquizando— . Si una tarea podía cumplirse en una hora, yo le ponía dos sin problemas. Y si podía escribir una carta en pocos minutos, yo me tomaba media hora tranquilamente. Y mi jefe se dio cuenta, claro.

— Mirá, veo que tu entusiasmo no es el mismo, y así no vas a llegar lejos. Para llegar hasta donde yo estoy ahora, tuve que remar mucho y hacer cosas que no me gustaban.

Si querés que me entusiasme, empezá por pagarme más, y si en diez años sigo encerrada acá, que alguien me preste una nueve milímetros”, pensé para mis adentros. Mientras tanto, ahogaba mis penas con charlas con Ornela, grasas saturadas y harinas refinadas —o sea, bizcochos—.

Una mañana de septiembre de 2010, lluviosa y húmeda, llamaron a mi celular desde un número privado. No atendí, pero insistieron, y cuando finalmente lo hice, empezaron a hablarme en inglés. La llamada me descolocó un poco, pero cuando volví en sí, lo comprendí todo: era finalista de un nuevo concurso de ensayos sobre corrupción pública. ¡Esta vez me iba a Bruselas!

Continuará …

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