La década becada

Historias y relatos de viaje
de una becaria argentina


PRIMERA PARTE

Dicen los que saben que pocas oraciones introductorias son tan perfectas como la de Crónica de una muerte anunciada.

El día que iban a matarlo, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.

Sin misterio, sin suspenso. Desde el inicio ya se sabe qué va a pasar, a quién le va a pasar y cuándo va a pasar. Aun así, dan ganas de seguir leyendo. ¿Por qué va a pasar? ¿Y cómo?

Para el resto de los que escribimos, y no somos Gabriel García Márquez, las oraciones introductorias suelen tener menos poesía.

El día que iba a empezar su doctorado, María de los Ángeles Lasa se levantó a las 9:20 de la mañana y se largó a llorar.

El 27 de febrero de 2009, rendí la última materia de mi carrera de grado. Tenía 22 años y, de golpe, me había convertido en Licenciada en Relaciones Internacionales. Bueno, tampoco tan de golpe: habían pasado más de cuatro largos años de exámenes parciales, finales, parciales, trabajos prácticos, más parciales y más exámenes finales. Pero eso: tenía 22 años. No conozco muchas historias de éxito de Licenciadas en Relaciones Internacionales de 22 años. Claro que no se trata del éxito, o al menos no para mí. Pero me enfrentaba entonces, y por primera vez, a una pregunta que había postergado durante años — y que todos me hacían con insistencia — :

—Y decime, ¿cuál es la salida laboral de un Licenciado en Relaciones Internacionales?

Digo: había postergado la pregunta durante años, porque ni mi papá ni mi mamá me la habían formulado. Y claro: si no es una preocupación para los que te pagan la carrera, ¿por qué habría de serlo para vos? Mi papá es Dr. en Filosofía, y no conozco a filósofos millonarios — George Soros es, quizás, la excepción — . Mi mamá es Licenciada en Letras Modernas y Profesora de Piano. Tampoco conozco a muchas millonarias de su tipo. Pero de nuevo: no se trata de ser millonaria, o al menos no para mí. ¿Entonces? Supongo que se trataba de una preocupación genuina: parte del ritual de inicio de la vida adulta es irse a vivir sólo, o en pareja, independizarse y ¡bingo! Conseguir un trabajo.

En el final de Cast Away (2000), hay una imagen que me gusta mucho. Chuck Noland, después de sufrir un accidente aéreo, de ser dado por muerto, de vivir en una isla solitaria durante años, y de ser rescatado finalmente — para terminar perdiendo al amor de su vida — , estaciona su camioneta en un cruce de carreteras y tiene que elegir por cuál seguir. Claro que mi situación no era siquiera comparable a la del personaje que encarna Tom Hanks, pero de alguna manera estaba parada frente a una encrucijada.

Con el tiempo me he dado cuenta de que algunas personas tienen más tolerancia psicológica a las encrucijadas que otras. Es cierto que voy a formular esta idea desde mis seguridades: la seguridad que da tener una familia de clase media acomodada, estudios universitarios, exigencias materiales resueltas o una comprensión global de los procesos políticos y económicos que gobiernan el mundo. Las encrucijadas son lujos de los más acomodados. Los que menos tienen no se enfrentan a encrucijadas. O sí, pero encrucijadas de otro tipo. No del tipo: ¿estudio Economía o Derecho? ¿Voy a una universidad pública o a una privada? ¿Trabajo en una empresa o en el sector público? Sino del tipo: ¿voy a poder comer a la mañana o a la noche?

Yo estaba en una encrucijada de tipo-clase-media-acomodada: ¿sigo estudiando o consigo un trabajo? Pero ¿de qué trabaja una Licenciada en Relaciones Internacionales? Y ahí estaba lidiando con mi angustia, porque del tipo que sea, la encrucijada siempre genera angustia. Loló, mi hermana (casi) Psicóloga, me definió a la angustia desde el Psicoanálisis: carga libidinal no ligada. ¡Me pareció una definición perfecta! Durante años había ligado mi energía a una representación: mis estudios de grado. En eso ponía todo — o casi todo — . Mi vida era eso: leer, estudiar y rendir. Y de golpe — bueno, tampoco tan de golpe — , esa representación ya no estaba y mi carga libidinal había quedado desligada. Algo así como energía flotando sin dirección. Y aquí vuelvo a la formulación que había dejado pendiente: algunas personas tienen más tolerancia psicológica a las encrucijadas que otras, porque tienen más recursos — la palabra, por ejemplo — para que esa carga libidinal que queda flotando en la psiquis, pueda ser ligada a otra representación.

En términos freudianos, entonces, necesitaba urgente otra representación. En términos más criollos, me tenía que poner a laburar. O seguir estudiando, pero hacer algo. Al respecto, tenía algunas discusiones con mi papá. Lo más excelso en la vida de todo hombre, suele decir él, es el ocio. Desde el ocio contemplativo han surgido las grandes preguntas de la humanidad: ¿qué es el ser?, ¿qué es la nada?, ¿qué es el hombre?, ¿cuál es su fin último? Pero parece que yo era una moderna afanada por los negocios — del latín negotium, negar el ocio — , más hija de Francis Bacon que del Divino Platón.

— Si Sócrates tenía tiempo para pasear por el ágora de Atenas haciendo preguntas existenciales — le decía a mi papá — era porque tenía esclavos que hacían lo que él no hacía: ¡laburar!

¿Cuántos padres les dicen a sus hijos que se preocupen por el ocio antes que por los negocios? Podría decirse que era — y soy — una afortunada. Pero yo no lo veía de esa manera, así que estaba todo el día ojeando la sección Clasificados de los diarios, mandado mi Curriculum Vitae a empresas, y aplicando a becas de posgrado para seguir estudiando. En ese círculo vicioso estuve siete meses, y me salvó un hábito que le debo a mi mamá: la lectura.

Apenas aprendí a leer, mi mamá me regaló el clásico Mujercitas de Louisa May Alcott. Todos los días tenía que leer una hoja completa — o sea, dos carillas — , y resumírsela oralmente mientras ella cocinaba a la noche. Los resúmenes orales, a partir de Tercer Grado, se convirtieron en sinopsis escritas que ella me corregía, y en Quinto Grado me animé a escribir mis primeros cuentos — que, con sano orgullo recuerdo, ganaron algún que otro concurso escolar — . El proceso, así contado, suena encantador. Pero no se crean: era tedioso. A Sofía — mi hermana violinista — le resultaba tan fastidioso el método de mi mamá, que había optado por versionar melódicamente libros como Heidi de Johanna Spyri. A la noche Sofía compartía con mi mamá una nueva melodía pero, claro, no recordaba una sola línea argumental de lo que había leído.

Con el tiempo comprendí la importancia de la disciplina. El método riguroso, al principio, no es atractivo. Cuesta tanto leer una oración de corrido, por ejemplo, que es difícil embarcarse en una historia. Pero sin disciplina no se forman hábitos, y los hábitos buenos son, literalmente, salva-vidas. Miren, si no.

En julio de 2009, mientras terminaba de leer A sangre fría de Truman Capote, recibí de regalo un libro que se había convertido en best seller: Matemática… ¿Estás ahí? de Adrián Paenza. Confieso que el regalo no me hizo ni cinco de gracia. Las matemáticas no me hacen mucha gracia — aunque con el tiempo hemos hecho las paces — , y me llevo terriblemente mal con los best seller. Pero valoro que me regalen libros. Siempre, sin excepción, al menos uno de mis regalos para cumpleaños, Navidades o Reyes, es un libro. Así que agradecí el regalo, revisé el índice y le di una oportunidad.

Un Profesor de la Facultad siempre nos decía:

—No se conviertan en profesionales-lee-índices. Lean, al menos, la introducción de los libros. ¡Denles una oportunidad!

Y así conocí a la princesa miope, el personaje de la historia que Paenza comparte en la introducción de su libro.

En una serie de dibujos animados de la República Checa, se relata la historia de una princesa cuya mano es disputada por un gran número de pretendientes. Éstos, capítulo tras capítulo, emplean diversos recursos de seducción para que la princesa los acepte, pero ella apenas se conmueve. Uno, por ejemplo, le regala una lluvia de luces y estrellas. Otro comienza a volar majestuosamente delante de la doncella. Pero nada. La princesa siempre termina imperturbable. En el último capítulo de la serie, sin embargo, está el inesperado final: el último de los pretendientes lleva escondido en su capa un par de lentes que, con humildad, se los ofrece a la princesa. La princesa se los pone, sonríe y acepta su mano.

Sin saber este final, todos estamos pensando: ¿qué quiere esta princesa? ¿Qué cosa extraordinaria espera? Hasta que caemos en la cuenta de que la princesa era miope y, a causa de su falta de visión, no podía emocionarse ante nada. ¡Así que ahí estaba el problema! No era que los pretendientes no le ofrecieran cosas bellas, ni que la princesa fuera insaciable o inconmovible: la princesa, simplemente, no veía. Y ahí estaba el último pretendiente de la serie, cambiando el enfoque del asunto y mirando el problema desde otra perspectiva.

Una de dos: o seguía en la postura de princesa miope — que de miope tengo bastante, pero de princesa muy poco — , o me convertía en el último pretendiente de la serie. Puesto en estos términos, mi encrucijada suena infantil — o, acaso, a cuento de autoayuda de Bucay. Pero nadie ignora que, a veces, la solución a la angustia llega de la irónica mano de un best seller de matemáticas.

En septiembre de 2009, inspirada en la princesa miope, fundé un proyecto social que tenía como objetivo proveer a jóvenes desempleados, información sobre becas, empleos, congresos y oportunidades académicas. El proyecto se llamó Todo Jóvenes, e iba acompañado de un slogan que, de alguna manera, resumía mi cambio de enfoque: un mundo de oportunidades. Con el tiempo, Todo Jóvenes fue creciendo modestamente gracias al trabajo silencioso de un puñado de voluntarios y, cuando estuve convencida de la fuerza de su impacto, decidí contar mi historia.

En mi primer año de Facultad, cuando tenía 18 años, leí Rebelión en la Granja de George Orwell. Publicado en 1945, el libro fue pensado como una crítica a los nefastos regímenes totalitarios del siglo XX europeo, pero su inigualable análisis de la corrupción política, las manipulaciones históricas y el autoritarismo, lo convirtieron en una bellísima y clarividente expresión literaria que ha denunciado — creo que mejor que cualquier formulación teórica — las notas antidemocráticas por excelencia: la aniquilación de la libertad y el dominio de uno(s) sobre otros. Desde entonces, gracias al genio literario de Orwell, estoy profundamente convencida del poder transformador de una buena historia.

Isabel Allende, en una conmovedora TED Talk titulada Tales of Passion, devela el secreto de las buenas historias: los corazones apasionados. El corazón apasionado es rebelde, inconformista, disidente, aventurero, viola reglas, hace preguntas incómodas, toma riesgos y sigue sueños. Y yo… bueno, yo no soy precisamente un corazón apasionado al estilo de, digamos, Rosa Luxemburgo, pero sí lo soy a mi manera y creí entonces tener una buena historia para contar. Para cuando terminé de redactarla, tenía 15 páginas — Times New Roman, interlineado 1.5 — y estaba preparada para participar en uno de los concursos de ensayos para jóvenes más competitivos a nivel internacional: el International Essay Competition del Banco Mundial.

Mientras, claro, seguía buscando trabajo. Figúrense esta escena. Yo estoy sentada, en modalidad tragedia, respondiendo con la boca seca a las preguntas de mi entrevistadora. Es mi primera entrevista laboral para una empresa exportadora de granos. Ella revisa mi Curriculum Vitae con un dejo de displicencia que se me antoja equiparable al que usaba Tomás de Torquemada en sus tribunales inquisitorios. Y después, la pregunta que no puedo responder:

—Disculpame, tu CV me desconcierta un poco. ¿Para qué pusiste que estudiaste latín?

(Nota mental: a las empresas exportadoras de granos no les interesa el latín. Equus africanus asinus!).

—Pero también hablo inglés e italia… Bueno, gracias por su tiempo.

Algunos meses después de la entrevista con Torquemada, finalmente conseguí trabajo — previamente había eliminado de mi CV el temita del latín — . ¿Están familiarizados con el refrán que dice: “Si tiene cuatro patas, cola, es peludo y ladra, es un perro”? Bueno: si tiene en su escritorio bizcochos, pintura de uñas, un teléfono y una pila de papeles, es empleada municipal. Seamos honestos: no es muy estratégico reemplazar el status de desempleada por el de empleada municipal, pero era lo que había y, en tanto emprendimiento nuevo, me llenaba de ilusión.

En el primer día de mi nuevo trabajo, en la Dirección de Ceremonial y Protocolo de un municipio del interior-del-interior de Argentina, tuve que redactar un telegrama de despido, escribir una glosa para un acto público y atar un moño para la inauguración de una obra — de esos de cinta celeste y blanca que los políticos desarman para la foto — . Trabajaba de 7.30 a 14 hs., pero ya eran las 13.30 y, fiel a mi nuevo rol de empleada pública, estaba ordenando las cosas para irme. Pero entonces revisé mi casilla de correos por última vez, y ahí estaba. Era un mail del Banco Mundial: el de la princesa miope era uno de los ensayos finalistas.

Yo tengo una teoría que, perfectamente, podría servir de complemento al concepto sociológico de rol social. Tendría que elaborarla un poco más pero, en síntesis, consiste en afirmar que cada uno de nosotros tenemos un guionista de vida. Claro, sería algo así. A algunos, como a las maestras jardineras, les guiona la vida Cris Morena — y por eso ven arco iris y solcitos donde yo sólo vería niños endemoniados. A otros, como a los intelectuales, les guiona la vida Nic Pizzolatto. ¿No vieron que siempre se mandan soliloquios teñidos de pesimismo que nadie, excepto ellos, entienden? Mis preferidos son los guionados por Shakespeare. ¡Pura tragedia! Nadie sufre como ellos, nadie trabaja como ellos, nadie ha padecido las mismas enfermedades que ellos. Nosotros teníamos un ejemplar Shakespeare en la familia: la Tía Nena. De chica era tan raquítica, solía recordar, que la engordaban a diario con un kilo de duraznos al natural, un kilo de crema y un kilo de dulce de leche. Incomprobable — y casi imposible — . Y después están los de mi clase, a los que nos guiona Groucho Marx con tinta negra de ironía, porque si no, no se entiende cómo una empleada pública viaja con todo pago a Estocolmo. ¡Ah! Obvié decir lo siguiente: en el mail del Banco Mundial me invitaban a viajar a Estocolmo a defender mi ensayo frente a un auditorio con doce jueces y nobeles invitados como Elinor Ostrom y Joseph Stiglitz.

Miré los bizcochos, miré el esmalte de uñas, relojeé a mi compañero de oficina — un viejo con lentes culo de botella que había hecho méritos para ganarse dos apodos: (a) Dragón con diarrea, porque si no te quema, te caga; (b) Cable de plancha, porque parece piola pero es un forro — , y sentí que Groucho se había excedido un poco. Digo, está bien la ironía en el nudo o incluso en el desenlace del capítulo, ¡pero no en los primeros renglones! O sea, tenía que viajar a Estocolmo en Lufthansa, conocer a Ostrom y Stiglitz, alojarme en un hotel cinco estrellas, volver eventualmente con un premio, y ¡zas!: seguir siendo empleada pública. Un shock de realidad sólo comparable al que sufrió la aristocracia rusa en la post revolución de octubre. No había derecho. Además, ¿cómo procedía? Ensayé, en mi mente, la siguiente escena. Me apersonaba en la oficina de mi jefe y espetaba un:

—Che, yo sé que entré a trabajar hace menos de 24 horas, pero escribí una historia re copada que incluye a una princesa miope y viajo a Estocolmo a presentarla ante un jurado de notables. ¿Me autorizás a ausentarme dos semanas?

Y además estaban esos dos problemas: las vacaciones y el sueldo. Las vacaciones, porque eran quince míseros días al año — y si yo me los gastaba en junio, iba a estar encerrada todo diciembre, enero y febrero con Cable de plancha que, ratón en tanto sustancia aristotélica, se tomaba las vacaciones en noviembre para ir a las Termas de Río Hondo en temporada baja — . El sueldo, porque si me descontaban las dos semanas, iba a pasar a cobrar sólo $600 ese mes. Y en esas disquisiciones estaba cuando se hicieron las dos de la tarde y concluí airosa mi primera jornada laboral.

Eventualmente junté valor, hablé con mi jefe y me autorizó a viajar. Negoció conmigo computarme una semana como vacaciones y descontarme la otra, y creí que era un buen arreglo. En junio cobraría $800, y en el verano podría escaparme aunque sea siete días de las garras del Dragón con diarrea. Claro: ¡y me iba a Estocolmo!

… Continuará …

¡Ya podés leer la segunda parte de la historia! Clic aquí.

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