La eterna desconfianza

Ya había ido el fin de semana. Valeria no entendía por qué razón, siendo martes, Pablo tenía que ir otra vez a jugar a la pelota. Ella le decía así, despectivamente, aunque a él le molestara, o justamente por eso. Jugar a la pelota, como si se tratara de un chico. Con la misma gente, en el mismo lugar, con la misma básica excusa de siempre para escapar de casa. Hacía todo lo posible por no llegar a eso, pero en algún punto estaba empezando a desconfiar. No podía ser que semejante estupidez fuera siempre suficiente. Para eso siempre tenía ganas, para hacer cosas que a ella le gustaba hacer estaba siempre cansado, o con mucho trabajo, o tenía un compromiso ineludible que aparecía de la nada. Estaba harta.

Sesiones enteras con su psicóloga tratando de minimizar el hecho de que una vez entre semana, y la obligada del sábado, como mínimo, Pablo desaparecía por completo de su radar. La excusa de que la ausencia fuera nada más que por una hora, no le resultaba convincente. Después de todo los turnos de hotel duran lo mismo, pensaba. Incluso más de una vez terminaba cenando sola antes de irse a dormir con un dolor en el pecho que no la dejaba pegar un ojo, mientras el señor supuestamente disfrutaba del asado post-partido. Más de una vez había aguantado despierta hasta que escuchaba las llaves en la puerta de entrada. Recién ahí se secaba las lagrimas, cerraba los ojos y hacía de cuenta que llevaba horas dormida mientras Pablo la abrazaba antes de caer rendido.

Lo que más le dolía era no poder compartir su duda con nadie. De sus tres amigas, la única en pareja, Mariana, no pasaba por la misma situación. Bueno sería, pensaba, que el inútil de Tomás con esa cara de inadaptado social tuviera el decoro de hacerse pasar por futbolista. Euge y Fer no podían mas que escucharla y acompañarla en la intriga. Le servía de descarga como para bajar las revoluciones antes de volver a casa e iniciar otra batalla, pero no mucho más. En el trabajo, por otra parte, no le gustaba hablar de su vida privada. No sabía explicar bien por qué, pero no terminaba de sentirse cómoda como para largarse, había llegado a inventar anécdotas con tal de no exponerse ante gente que, mal que mal, difícilmente se sacaba de encima el cartel de desconocida. Además trabajaba cerca de su casa de toda la vida, y como algunas oficinas suelen ser más grandes de lo que uno cree, nunca se sabe a quien pueden llegarle comentarios. No hubiera soportado enfrentar algún regreso indeseable que la marea del tiempo acercara a la orilla y se aprovechara de la situación.

A lo largo de los años que llevaban de pareja, Valeria había pasado en una secuencia casi perfecta por todas las etapas posibles, como si se tratara de una carrera de posta. Los primeros meses, como todo comienzo de relación, los reclamos se guardaban abajo de la alfombra. A decir verdad, no tenía la necesidad de ocultarlos sino que realmente era tal el embobamiento inicial, que encontraba sano tanto para él como para la pareja que Pablo tuviera su dosis semanal de deporte. Y si eran dos, mejor todavía. No fuera cosa que siguiera los pasos de su suegro, pelado y panzón desde los treinta, según acusaban las fotos sobre la mesada del living.

Al año de relación, meses más meses menos, surgió la idea de la convivencia, y con ella pasaron sin notarlo a la segunda etapa, que todavía era en son de paz. Ya no le importaba tanto el estado físico de su amado, pero valoraba esas horas en que estaba fuera de casa. No por sentirse molesta con su presencia ni mucho menos, pero entendía a ese rato a solas como necesario, ya no tanto para él, sino más que nada para ella. Al fin y al cabo, le daba tiempo a hacer sus cosas tranquila, a visitar amigas, a leer un buen libro o mismo a descansar antes que la fiera enjaulada volviera del fútbol sedienta y la despertara de improvisto en plena madrugada.

Con el tiempo, ese despertar sensual y feroz, se transformó un beso en la mejilla y a Valeria empezó a disgustarle hasta enterarse que Pablo había llegado. Los sinceros cómo te fue pasaron sin pena ni gloria a ser unos tímidos ya volviste desinteresados, mutando cada tanto en unos punzantes que tarde terminó el partido. Todavía no se animaba al reclamo, prefería dejarla picando, probando el terreno. No podía largarse a la yugular sin previo aviso por algo que de repente empezaba a causarle poca gracia. Porque estaba acordado, mal que le pesara. Las parejas firman contratos, muchas veces tácitos, y el problema que tienen es no saber leer la letra chica a tiempo. Pablo, en eso, se había comportado de manera leal. Desde el primer día de relación había puesto en la valija el partido con los chicos del club, el torneo de los sábados y hasta el cada tanto con los del trabajo. No se trataba de un modelo nuevo ni que había empezado a usar más seguido. Simplemente a Valeria esa ropa, de un día para el otro, había dejado de gustarle.

Superada la barrera de los dos años, el decoro fue el que le sacó el lugar de prepo a los reclamos debajo de la alfombra, y dejó a estos al descubierto, llenos de polvo y mugre. Sin embargo, buscando que Pablo se diera cuenta solo, Valeria decidió jugar el juego macabro de los mil no me pasa nada antes de hablar. Primero una cara larga, luego una cena en silencio y por último, como golpe de efecto, el plato en el microondas con una porción de tarta de acelga.

A pesar de toda la escena, para ese entonces el fútbol todavía no había sido un tema de discusión. De a poco empezaban a tener sus batallas, ya no transitaban el período de inmunidad, pero Valeria se guardaba con peligrosa astucia esa carta. Estoicamente venía aguantando, buscando el momento, como quien recibe de regalo un vino añejo y espera una situación acorde para abrirlo, hasta que sin darse cuenta cayó en su propia trampa. Una noche de esas en las que al partido lo coronaba un asado, decidió esperarlo agazapada y encararlo sin anestesia en busca de hacerlo hablar, de que confesara sin tener tiempo a dudarlo. Tenía estudiadas casi a la perfección las preguntas, los silencios, los puntos débiles donde atacar, pero abrumada por la extensa demora, cayó rendida en un sueño profundo y pegó un salto al escuchar la puerta de entrada. Se despertó perdida, sin demasiado filtro y con un mal humor galopante. No era la mejor opción atacar en esas condiciones, era consciente, pero no pudo evitarlo. Apenas apoyó Pablo la cabeza en la almohada encarando sin escalas la recta del sueño, escuchó del otro lado de la cama un tímido, sutil, como quien no quiere la cosa:

—¿De dónde venís?

—¿Cómo de dónde vengo?

—Sí, ¿de dónde venís? ¿No es clara la pregunta?

—Sí, pero…

—¿Entonces?

—Te lo dije antes de irme. Fui a jugar al fútbol. ¿No te llegó el mensaje?

—Sí, el mensaje me llegó, a las siete de la tarde.

—¿Entonces?

- Son las dos de la mañana, ¿fuiste a jugar a Rosario?

—Nos quedamos comiendo un asado, era el cumpleaños de Ramiro.

—Ah, mirá vos. ¿En dónde?

—En el club.

—¿Tan tarde cierra el club?

Lo peor era que Pablo le había avisado, y ella en medio de su cólera lo había olvidado. De todas maneras no son horas de llegar, se consolaba. Acaso no le preocupa tener que trabajar mañana, hasta qué edad el fútbol va a seguir siendo prioridad como cuando jugaba a la pelota en la vereda con los amigos del barrio, rezongaba para sus adentros, pero no podía decirle nada, no esa noche. Le había avisado, y después de todo, hubiera estado mal que faltara al cumpleaños de su amigo, aunque eso tampoco se lo iba a decir. No podía mostrarse débil. La única opción que le quedaba era darse vuelta hacia la pared y esperar dormirse lo más rápido posible.

A partir de ese momento, a partir de esa noche, la cancha había quedado marcada. Así como los animales señalan su territorio, Valeria había dado muestras a Pablo por primera vez de que le molestaba la insistente e inquebrantable asiduidad con la que concurría a jugar al fútbol. Aunque desorientado, ya era testigo de que algo había, le llamaba la atención que los celos jamás habían sido un problema en la pareja. No le molestaba que compartiera el Estudio con sus compañeras abogadas, ni que eventualmente acudiera a algún bar con la gente del trabajo. Menos aún que saliera a bailar con sus amigos, o que muy de vez en cuando, se les ocurriera pasar un fin de semana en la costa o en una quinta. No, nada de eso. Su problema, al parecer, era con el fútbol, y con todo lo que lo rodeaba, ya que de eso era de lo que más desconfiaba. Nada más. Ni nada menos.

El quiebre se hizo sentir. Los partidos que siguieron a aquella fatídica noche, como era de suponer, se transformaron en una batalla campal. Al principio, luego del olvido del cumpleaños de Ramiro, a Valeria le daba cierta culpa ser tan directa, pero con el tiempo el pudor fue desapareciendo. Lo único que la conformaba era ver la ropa sucia en la puerta del baño a la mañana siguiente. Eso demostraba que si mentía, al menos era prolijo en el relato. Jamás se lo hubiera dicho pero empezaba a caer en la cuenta que su principal problema era dudar sobre si realmente su novio le estaba diciendo la verdad acerca de su paradero. En su cabeza, el qué estaba haciendo realmente variaba según su estado de ánimo, según lo sospechoso de las actitudes previas, o los detalles que él le regalaba desinteresadamente. Cuanta más información se esforzaba en brindar, peor la pasaba ella en su ausencia.

Lo cierto es que ese martes Pablo se había ido a jugar otra vez al fútbol, o eso había dicho al menos, y a Valeria otra vez le había molestado. Desde el momento exacto en que lo veía salir de la casa o recibía el maldito mensaje de aviso desde el trabajo, sabía perfectamente que por un buen rato, no menos de dos horas, ubicarlo a través del celular sería imposible. Primero por estar manejando, después por estar cambiándose, acto seguido por tener el aparato guardado en el bolso, y desde ahí la hora, hora y cuarto de partido, la ducha, de nuevo el bolso, de nuevo el auto, y la rueda girando en perfecta simetría. Pero ese martes, poco más de media hora después de escuchar el sonido de la puerta de calle, sonó su teléfono. Extrañada, miró la pantalla, número oculto. No le gustó nada, y mucho menos después de atender:

—Vale, escuchame bien.

—¿Pablo? ¿De dónde me estás llamando?

—De Ezeiza. Tenés que venir para acá.

—¿Qué? ¿Pasó algo? —el pecho se le hundía a medida que un escalofrío avanzaba a través de su espalda.

—Escuchame bien. Agarrá el bolso negro que uso cuando voy a jugar al fútbol, y tomate un remís al aeropuerto. Yo te espero acá.

—Pero… ¿No lo tenés vos?

—…

—¿Por qué Ezeiza? Sí la cancha queda acá cerca, si…

—Te lo voy a explicar todo, pero ahora hacé lo que te dije, por favor —y colgó, sin decir más.

Valeria guardó el teléfono temblando. Fue hasta el armario, llenó de ropa el bolso y salió hacia la calle, desorientada. La invadía un miedo, un desconcierto, que no la dejaban pensar. Sin embargo, mientras cerraba con llave, casi sin darse cuenta, una leve y tímida sonrisa se le dibujó en la comisura de los labios.

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