La Eva Cosmopolitan versus Susanita: al final todo es una fantasía consumista.


Hace unos días, me reí a carcajadas con un meme que era más o menos así: Una mujer de falta muy corta y escote voluptuoso, se inclinaba sobre un hombre que la miraba con los ojos muy abierto. La chica le sonríe con aire seductor mientras su mano derecha, se deslizaba por el bolsillo del pantalón del asombrado observador. En la leyenda bajo la foto se podía leer: “Una mujer inteligente busca su progreso afanosamente”.

Sí, lo sé. Se trata de un chiste muy simple, muy obvio y muy malo. Y también muy sexista. Pero me hizo reír, una de esas carcajadas sin sentido que en ocasiones provoca el humor absurdo que suele proliferar por la web. Pero a mi amiga S. el asunto no le pareció tan simple: a sus ojos, mi reacción solo dejaba muy claro que los “antiguos estereotipos” de “dominación masculina” continuaban siendo normalizados por una cultura “indiferente y cruel”. No supe que contestar a ese análisis tan complejo de algo tan espontáneo, misterioso y en ocasiones infantil como el humor.

— Sólo se trata de un chiste. El humor siempre ha sido irreverente. No sólo con respecto a los roles tradicionales. El humor suele burlarse de cualquier cosa. Es su sentido más esencial ¿ No?— comenté. En realidad, no me había sentido ofendida o mucho menos, escandalizada por el uso de los tradicionales tópicos sobre la mujer y el hombre en una imagen banal. No lo hizo, por el simple hecho que siempre he considerado el humor profano, provocador, una mezcla en ocasiones sin sentido entre la simple capacidad para irritar y algo más elemental, esa necesidad de subvertir lo que consideramos ordenado y coherente. Y es que el humor tiene la capacidad de molestar, también de desconcertar. Supongo es su especial cualidad.

Pero para mi amiga S. todo el asunto parecía tener otro sentido. Uno mucho más intrincado y profundo que solamente provocar risa. Para ella, el chiste visual era un compendio de códigos e ideas que amenazan directamente la imagen de la mujer o algo más complicado aún, lo que se considera la lucha reivindicatoria de la mujer, como identidad. “No sólo se trata de mostrar la imagen de la mujer distorsionada” — me explico — “sino también de insistir en ese esquema donde la mujer responde al patrón social de la mantenida, la loca, la puta”.

Miré otra vez la imagen. Era evidentemente el fotograma de una película, sin contexto ni tampoco otro sentido que el que la frase le otorgaba. La mujer, tenía un aspecto espléndido, a la manera de los grandes ideales de belleza contemporáneos y el hombre, ese aspecto un tanto corriente que suele insistir la imaginación popular tiene el “desprevenido” macho seducido. Siguió provocandome risa. Seguí sin sentirme culpable por reírme. El reclamo de mi amiga continuó pareciéndome un poco exagerado y sin fundamento.

— Entonces, quiere decir que está bien mostrar a la mujer como una puta y al hombre como un idiota — insistió S., desconcertada por mi reacción — esta bien que “la mujer” en general, siempre sea asimilada como una gran “tentación”, como la arrabalera mantenida. Y el hombre el pendejo que se lo permite.

— No, no está bien. Pero eso es humor — repetí — el humor subvierte el orden, el humor se burla de todo lo que puede burlarse. Una cosa es una interpretación social de tu identidad y otra no entender el contexto donde se encuentra el mensaje.

— O sea que tu te ríes de los chistes sobre tetas y culos — me reclamó. No pude menos que sonreír.

— ¿Por qué no reírme? Y me río de los chistes de sacerdotes, de los chistes de hombres y mujeres, de políticos, sobre el sexo. No me reprimo en cuanto al humor y asumo lo que es desde su origen. ¿Te parece grosero? probablemente lo sea. Pero en el caso del humor, eso también es válido.

Para S. la cosa no es tan clara. Y es que S. es lo que ella misma denomina “Intolerante en la lucha” de la nueva percepción sobre el feminismo, sobre esa reconstrucción de la imagen femenina, sobre esa notoria nueva visión sobre quienes somos y como nos percibimos. Más de una vez, me ha llamado “tibia”, una “feminista” incómoda, términos con los que intenta definir que mi insistencia en mantener cierta visión objetiva, o mejor dicho, desapasionada sobre lo que considero la lucha por mis derechos legales y morales. Y es que para S., el feminismo es un bloque de ideas que funcionan juntas y que no pueden ser divididas y mucho menos, fragmentadas a conveniencia.

— O sea que está bien que se rían de ti y de mi — dijo — ¿Qué se rían de tu necesidad de ser respetada?

— No es lo mismo, y lo sabes.

Hemos tenido esta misma discusión cientos de veces. Porque para S. hay una línea muy concreta entre ser feminista y no serlo y yo la cruzo demasiadas veces para su gusto. Con frecuencia me ha reclamado que uso maquillaje, que disfruto de los perfumes, que me gusta llevar cortes de cabello modernos. “¿No es eso aceptar los esquemas masculinos?” — me ha insistido, ella que lleva el rostro limpio y el cabello cortado de manera muy sencilla — “¿No es eso aceptar los esquemas de belleza occidentales?”. Me encojo de hombros. Ella no suelta el hueso “¿No se trata de insistir en que quieres igualdad pero entonces te gusta mirarte como la niña buena?”. En realidad, me gusta verme bien y para mi el maquillaje tiene un sentido ritual, una afirmación de algunas ideas estéticas que aprecio especialmente. Y aunque no tuviera sentido, me gusta llevar maquillaje. Disfruto haciéndolo, me gusta cuidar de mi cabello, mi ropa y mis manos. ¿En qué contradice eso mi aspiración de ser considerada una profesional competente? ¿En que contradice mi necesidad que los derechos laborales y sociales de todas las mujeres del mundo sean asumidos como una necesidad básica por gobiernos e instituciones? ¿Como evita que lleve corrector de ojeras que mi reclamo sobre el derecho de una mujer a decidir sobre su cuerpo sea considerado por diversas legislaciones? ¿No es un poco contradictorio que para proclamar mi deseo de igualdad e inclusión, deba suprimir lo que me hace distinta por el sólo hecho de asumir mi feminidad como una idea cosmética?

— No es tan simple — suele insistir S. enfurecida — maquillarte es reconocer el poder de la cultura del hombre en tu piel.

— Maquillarme puede ser mi manera de establecer códigos de estética personales — insisto — y aunque no tuviera el más mínimo valor simbólico, ¿No hablamos sobre la libertad de escoger? ¿No es esa la idea de la visión de lo que insistimos en tomar como bandera de lucha?

De nuevo, para S. la idea no es tan transparente. Más de una vez, ha criticado a quienes asisten a matrimonios y bautizos de los hijos de amigas y conocidas — “Una reafirmación del patriarcado” —, de la costumbre de celebrar los embarazos y nacimientos. Como lo hago yo. Insiste en preguntarme como sostengo la idea sobre mi opción como “soltera y sin hijos por voluntad” si celebro algo semejante con tanta ingenuidad.

— Mi interpretación del tema no es que nadie se case, es que exista la opción de no contraer matrimonio y no tener hijos y que eso sea tan natural como hacerlo — le explico. Me mira escandalizada, ofendida — si una mujer desea casarse y embarazarse, yo celebraré que tuvo la opción de escoger y que no fue una decisión moral necesaria y obligatoria. Eso es lo que me interesa. Es lo justo ¿No?

— Sólo celebras las costumbres tradicionales que te impelen a tomar esa decisión — me contradice — vamos ¿cuantas mujeres que van al altar lo hacen porque están verdaderamente enamoradas? ¿Cuantas de ellas se embarazan llevadas por el instinto maternal? La presión cultural y social es insoportable.

— Y si así fuera es su decisión. Sólo creo necesario que cada mujer en el mundo pueda decidir como mejor le convenga sobre su futuro y su cuerpo — le digo — todas las opciones son válidas, y es natural que cada quien asuma la que mejor refleje sus intereses.

El tema da para mucho. Y de hecho, mi “feminismo tibio” parece ser una especie de vergüenza para muchas de las mujeres que conozco que han dedicado buena parte de su vida a la lucha y construcción de un nuevo ideal femenino. Pero no me avergüenzo. O quizás debería hacerlo, pero continúo pensando que el tema sobre la reivindicación moral de la mujer tiene poco o nada que ver con las decisiones estéticas o sobre lo que te hace reír. El planteamiento tiene una directa vinculación con la necesidad de construir una opción viable de tu vida por derecho propio, que responda a tu manera del mundo, que refleje tu opinión. ¿Eso me hace tibia? ¿Eso me hace convenientemente contradictoria? Con toda seguridad, y de hecho, es esa franja incómoda entre ambas posturas — el feminismo radical y el pensamiento tradicional sobre la mujer — lo que muchas veces me ha convertido en una especie de elemento marginal de la opinión, de la comprensión de lo que deseo lograr — y alcanzar — y lo que es más doloroso, esa percepción mía de la libertad como principal elemento de lucha.

Porque en realidad, no deseo que se me considere vulnerable ni digna de cuidado. No deseo que cómo mujer, tenga que “enfrentarme” a la figura masculina para construir la mía. Mi gran aspiración desde que comprendí que la sociedad era desigual e injusta con respecto a la percepción de los géneros es la inclusión. La aceptación de la diferencia, la revalorización de mi identidad. Soy mujer — con toda la palabra y la identidad implica — y me encanta serlo. Disfruto de lo que me hace única, individual. Y es de hecho, un triunfo personal, asumir esa feminidad que considero me identifica como una de mis maneras de expresión más directas y personales. ¿Debo lamentar no entrar en el ruedo de lo radical? ¿Debo sentir traiciono la lucha histórica de las mujeres por ese planteamiento sobre mi misma? probablemente sí, pero no lo hago. Aún no, en todo.

Mi trabajo fotográfico está basado casi íntegramente en autorretratos. Planos muy cerrados de mi rostro, desnudos sutiles, pequeñas escenas cotidianas. En una ocasión, una chica me reclamó que era “un descaro de mi parte” hablar sobre feminismo y nueva percepción de la mujer, llevando a cabo una serie de imágenes que llamó “ultra femeninas y homogenizadas” Me hizo reír la definición.

— Si las consideras ultrafemeninas, creo que he hecho bien mi trabajo. En realidad quería que fueran furiosamente personales — le contesté. Me dedicó una mirada burlona.
— ¿Con esas miradas lánguidas y esas poses pretendidamente eróticas?
— Esa es tu interpretación sobre mis imágenes. En realidad estoy elaborando un diario visual sobre mi mundo a media que transcurre el tiempo, las épocas, los pensamientos y mis personales reflexiones sobre mi identidad. Si esa es tu definición sobre el tema, me parece interesante, porque no era mi intención autoral esencial.

A la chica no le gustó mi explicación. De hecho, criticó cada una de mis fotos, intentando mostrarme que yo “insistía en el parámetro de belleza occidental”. Cuando me mostró una de mis fotografías en donde aparezco manchada de sangre y con expresión de angustia, le aterrorizó “mi metaforización del sufrimiento femenino”.

— En realidad se trata de mi percepción sobre el vampirismo.
— Es lo mismo.
— Para ti lo es.
— Pero ¿No insistes que eres feminista? — dijo enfurecida. Sonreí.
— Lo soy. Y de hecho, por serlo, es que insisto en fotografiarme. La lucha por los derechos de la mujer va mucho más allá que aspectos cosméticos sobre como me veo o como me visto. Es una idea contemporánea sobre la mujer decidiendo como expresar lo que desea.

No terminó bien esa discusión, claro está. Tampoco las cientos que he tenido a través de los años, con mis amigas que se sienten ofendidas porque insisto cada vez que puedo en mi derecho de no contraer matrimonio. “Se puede ser feminista y estar casada” me dijo una amiga a quién hirió muchísimo un Tweet donde celebraba mis treinta y tantos años de soltería. Le di la razón, por supuesto.

— ¿Entonces por qué insistes en lo contrario? — me preguntó.
— ¿Donde lo hago?
— No haces más que escribir sobre la imposición del matrimonio y la maternidad.
— Y lo hago porque aún para buena parte de la sociedad es necesario e incluso imprescindible casarte. Quiero que todas tengamos la opción de escoger si hacerlo o no. Y disfrutar ambas posibilidades sin que nadie tenga que tacharte de “tradicional” o “Solterona”.

De nuevo, soy “tibia”, en esta oportunidad para quienes están convencidas que me enfrento al rol social por una especie de aspiración de soltería generalizada. Mi amigo P. suele reír a carcajadas cada vez que publico lo que llama “mis bombas molotov matrimoniales”. Según me explica, su hermana y su novia me consideran una mujer especialmente amargada y con severos problemas de interpretación sobre mi sexualidad por hacerlo.

— Para ellas, el hecho que insistas en que no te casarás, es una manera de reafirmar que nadie debe hacerlo — me explica — cuando le digo que simplemente estás ejerciendo tu derecho a decidir, se encolerizan aún más. ¿Por qué debe decirlo? ¿Por qué simplemente no se casa pero no hace escándalo con eso?
— ¿Y que le respondes tu? — le pregunto divertida. Mi amigo es un hombre de pensamiento muy singular sobre el tema de los compromisos y la nueva paternidad. De hecho, también le suelen llamar tibio, pero del lado del rol masculino. Y es que P. es de quienes están convencidos que el hombre debe tener un rol muy activo en la crianza de los hijos, de no asumir el tópico del marido que “sustenta” y ser algo más. Eso, a pesar del horror de su muy tradicional madre y su hermana.
— Que tienes el derecho a hacerlo. Para ellas, eso es exhibicionismo.

¿Lo es? me pregunto a veces. Y con toda responsabilidad. ¿Es un tipo de exhibicionismo barato mio proclamar a los cuatro vientos que disfruto ser soltera y no tener hijos ni tampoco instinto maternal? En realidad, todas las veces que escribo sobre el tema lo hago por la noción instintiva que el tema necesita tocarse, que el tema necesita ser visible y debatirse. ¿Por qué no admitir que nuestra sociedad es sumamente tradicional y conservadora? ¿Por qué no mirar el tema del machismo desde el punto de vista de la mujer Venezolana, de a pie, la de los kilos de más, la que recibe las críticas por una serie de decisiones personales? De nuevo, se trata de un tema de libertad, de la libertad de las días, del debate necesario.

Mi amiga Andrea, ayer escribió en su estado de Facebook el siguiente mensaje:

Más triste que el machismo, son esas jevas para los que TODO es machismo.
Ya uno no se puede reír de chistes bobos sobre estereotipos femeninos porque “eso perpetua el machismo”.
Ahora para ser una feminista in tienes que estar en contra del matrimonio, de tener hijos y dejar de reírte para siempre.

Andrea tiene veintitantos años, emigró a Ecuador hace unos cuantos meses, vive sola y es económicamente independiente. Es una mujer articulada, inteligente y con un gran sentido del humor. ¿Reirse de un chiste la hace tener menos control de su vida? ¿La hace menos simbolo de lo que la mujer moderna puede ser, de lo que aspira, de lo compleja y rica en matices que es? ¿Es cualquier mujer que no acepte la idea del extremo inmediato parte del conflicto sobre lo femenino y lo cultural que ahora mismo se debate con tanta frecuencia? ¿Empeora la situación de las mujeres que padecen problemas reales de desigualdad económica y social en el mundo?

Leí el estado — y los comentarios que generó — con una sonrisa. Sobre todo, por los inmediatas reflexiones de mujeres también están muy cansadas de ser juzgadas por el mero hecho de tomar decisiones alejadas de los extremos, de celebrar su identidad de la manera que prefieran. Me pregunté hasta que punto la idea de la lucha implica una perdida de individualidad en promoción de un imagen concreta. ¿Somos conscientes de cuan contradictorio es eso al momento de analizar el motivo que promueve la lucha por la inclusión? Supongo que no y esa es quizás, el pensamiento más absurdo de todos.

De manera que seguiré riéndome de los chistes verdes y los sin sentido, incluyan estereotipos femeninos o no. También seguiré maquillándome, peinando y vistiendo como prefiero. Porque no considero necesario llevar el cabello corto, las axilas sin afeitar y la ropa rota para exigir se reconozcan mis derechos legales, morales y culturales. Insistiré en que la idea a defender es la libertad, es la opción de escoger, es la necesidad de asumir tenemos la posibilidad de mirarnos más allá del esquema — ya sea feminista o machista — y crear algo por completo válido, sustancioso y sobre todo significativo.

Una nueva forma de mirar a la mujer. O algo más amplio que eso: a nosotros mismos.

C’est la vie.