La genialidad a cuentagotas o el existencialismo moderno

Aunque mucha gente sabe que Woody Allen es un reconocido director de cine, poca conoce su trabajo como escritor. ¡Y qué injusto es eso! Porque Woody Allen es tan mordaz, crítico e inteligente con la palabra como con la imagen. Desde la primera vez que leí un libro suyo, me sorprendió su capacidad no solo para contar, sino para desmenuzar la realidad en pequeñas escenas, como si el mundo y su circunstancia fueran otra de sus curiosas obras cinematográficas. Porque para Allen, el mundo, sea en 24 fotogramas o párrafos bien estructurados, es una gran historia esperando ser contada. Bien contada además. La realidad como una burla de sí misma y más allá, como una forma de comprender ese otro mundo que parece ser tan importante para el Allen escritor como para el director: la cultura que subyace, se crea y construye a través del humor.

Porque si algo sabe hacer bien Woody Allen es provocar con una inteligencia que sorprende y en ocasiones resulta casi insultante. Con toda la frugalidad de su imagen de hombre sencillo, de intelectual de medio pelo, se permite una insolencia pura y dura que desconcierta incluso a sus críticos más enconados. Allen recorre a medias el camino del pensador crítico, del pesimista simpaticón. Pero más allá de eso, Woody Allen es un gran observador y, tal vez, allí se encuentre el sentido de su necesidad de contarlo —quizás contarse— la realidad en una versión ligeramente fragmentada, sin sentido. Y es que para Allen nada es sencillo y así lo demuestra en su libro Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, probablemente el libro que resume la filosofía de Allen contra el mundo, el Allen al que le gusta fastidiar y que disfruta generando el escándalo de la manera más sencilla que conoce: provocando.

Cuando leí por primera vez a Allen, ya era fanática de sus películas. Las amé por duras, por críticas, por sin sentido, por lentas e incluso por confusas. Amé que la realidad de la pantalla se pareciera tanto a la esa tragicomedia del día a día, de los pequeños sketch de los cotidiano que al parecer nadie había considerado demasiado interesantes para analizar. Pero Woody Allen lo hizo. Y en sus libros, nada es distinto a ese lenguaje cinematográfico un poco de estropicio, con el ritmo de lo extraño y lo curioso. De manera que leer Cómo acabar de una vez por todas con la cultura fue todo un descubrimiento para la cinéfila empedernida y soberbia que era por entonces, con veinte años cumplidos e intoxicada de intelectualidad. Me sorprendió el bofetón de realidad, de nihilismo que me propinó Allen, el escritor, a las primeras de cambios. Porque Woody Allen se burla precisamente del estereotipo que encarna: con un lenguaje elegante y fluido, Allen critica esa vulgarización de la sabiduría, se burla despiadadamente de la élite y la cultura, de la visión de ese refinamiento artificial que parece ser la moneda común en mundo cada vez más superficial. Resulta irónico su predica de desmontar esa imagen de la cultura superficial, permitiéndose el el lujo de ironizar sobre Freud y la psiquiatría, Kant y la filosofía, Ingmar Bergman y el cine, Gretrude Stein y las autobiografías, la mafia y todos los padrinos, los políticos, el poder y la autoridad, en fin, todo lo que creíamos verdades e instituciones inquebrantables. Nada sobrevive a la aguda búsqueda de Allen por significado. Nada parece lo suficientemente sagrado, absoluto o razonable para que el escritor no decida burlarse y arrojar a esa superficie quieta de la cultura improbable, sus pequeñas piedras de pura filosofía de la ironía.

De manera que, tanto si eres un existencialista deprimido —como yo solía serlo— o un burlón critico de la realidad —como quisiera ser—, te agradará leer esta gran chiste en prosa inteligente que Woody Allen escribió para celebrar, sin duda, el ateismo intelectual, el nuevo sagrado de un mundo que no sabe que venenar.