La habitación (Segunda parte)

Enlace a la primera parte

Estoy en una oscuridad infinita, fatal y dolorosa que penetra en mi mente…
Tengo demasiado frío aquí. El miedo que se apoderó de mí, me hace palpitar el corazón a más no poder como el de un ratón que intenta escapar. Siento como mi sudor se enfría e inmoviliza mi cuerpo. No puedo evitar seguir llorando, voy a morir y es lo único que se me pasa por la mente ahora.
Siento como algo roza mi cuerpo. Dios, me estremezco y tiemblo tanto que temo caerme al no tener equilibrio en esta oscuridad. No puedo ver y no puedo hacer nada… ¿Es esto obra de Burton? ¿Por qué me tortura de esta forma?

Intento sentir donde estoy apoyando el peso de mi cuerpo con mis pies, lentamente, tanteando. Es una superficie lisa y dura sin ninguna rasgadura ni marca. Mi pie sigue deslizándose por toda la superficie lentamente pero, sin previo aviso, siento como una mano me agarra del tobillo y yo lanzo un grito ensordecedor.

Caigo al suelo y escucho el sonido de mi caída. Allí siento una textura peluda, muy dura, en mi cuello. Me levanto al momento y empiezo a gritar con las lagrimas en mis ojos y gateando rápidamente como un nene pequeño asustado hacia la nada misma. No puedo evitar decir: ¡Basta por favor!

En ese instante, se escuchan gritos de hombres y mujeres al unisonó horrorizados tanto como yo. Me quedo quieto. Se encienden unas luces, cegadoras al principio, por tanta oscuridad. Luego puedo observar que el piso es tan liso como lo sentí y tan blanco, puro, que vi el reflejo del horror que estaba pasando allí.

Observo a mi alrededor muchas caras de jóvenes, como yo, llorando como nenes pequeños, gateando, corriendo o parados inmóviles como árboles viejos que tiemblan a punto de caer. Debía de haber como unas 20 personas aproximadamente en la habitación. Ninguno decía nada, y todos miramos el lugar donde nos han puesto.

Una habitación no muy grande que en cada pared de color rosa salmón contaba con cuadros de pinturas de 3x3, muy difusas. A mi frente había un enorme sofá verde oscuro de cuero que parecía no haber sido usado. Y frente a este estaba la única pared rosa desnuda. A sus lados había dos huecos que daban a pasillos difíciles de saber hacia donde iban porque eran tan oscuros y profundos como la sensación que había al principio en la habitación.

Traté de asimilar como pude toda la situación que estaba pasando. Me intenté acercar a los cuadros que estaban postrados a mi derecha para ver si de cerca se podía ver aquellas pinturas. Parecían pinturas pero, a la vez, aparentaban estar pintados sobre otra superficie. La que observaba mostraba a un niño de no más de 6 años sentando en lo que parecía pasto o una superficie verde. No se veía sus rasgos en la cara, solo era un circulo color crema sin nada encima.

En un instante veo que de aquel círculo empieza a brotar una burbuja, que se empezó a expandir y a doblar. Era viscosa y muy transparente. Se movía lentamente hasta que, en un momento, se abalanzó hacia mí y se aferró a mi cuello. Empezaba a sentir aquella cosa viscosa que tenía la fuerza suficiente para atraerme hacía el cuadro.

Volví a oír gritos y veía como también a los chicos de la habitación los empezaban a agarrar aquellas cosas viscosas de los cuadros y los atraían hacia ellos. Cada vez que intentaba agarrarme de aquella viscosidad, mis manos se impregnaban de ella hasta quedarme pegado. Me era imposible incluso con el hedor a muerte que disparaba aquella viscosidad.

Al momento sonó una estrepitosa alarma que ensordeció todo allí. La cosa viscosa me había dejado a centímetros del cuadro, pero luego de esa alarma, retrocedió y volvió a introducirse en el cuadro, en aquel círculo donde tendría que estar la cara del niño. Lo mismo les ocurrió a los otros chicos que sujetaban aquellas cosas.

Yo estaba agotado por la resistencia que había dado a la viscosidad. Tenía el cuello impregnado en aquella cosa y no podía quitarme ese hedor de muerto que emanaba. Una voz en off de un hombre replicó en la habitación: «Pasen a la habitación contigua o van a morir».

De repente veo como todos los chicos se lanzan despavoridos a los pasillos de la pared del fondo. Unos a izquierda y otros a derecha.

No quería quedarme a morir allí, aunque quería tener un momento de reflexión sobre aquel mensaje de la voz, pero me fue imposible así que seguí a los chicos al hueco más cercano a mí, a la derecha. Me sumergí en aquel pasillo oscuro e infinito. Todos gritaban y nadie decía por qué seguíamos allí. El terror nos tenía constantemente en movimiento y alerta, no había tiempo suficiente para averiguar por ahora donde estábamos.

De pronto me pareció ver en el umbral una luz fluorescente que daba imagen a una reja de altura muy baja. Al llegar a aquel lugar, la luz fluorescente provenía de un televisor empotrado sobre una caja. El televisor estaba sin sonido y la pantalla no mostraba absolutamente nada más que aquella luz que emanaba.

Apenas podía ver las caras de todos los que estábamos en aquella habitación contigua. Las mujeres gritaban histéricas y lloraban, los hombres también hacían lo mismo. Nadie estaba intentando volver a la cordura. Volví la vista con la débil luz que emanaba el televisor hacia la pequeña reja. Del otro lado de esta había tierra seca. Más allá no se podía observar nada más que la oscuridad dolorosa y amenazante.

Tal vez esa reja estaba para evitar cruzar a aquel lado que aparentaba ser muy peligroso, ese fue mi primer pensamiento lógico en mucho tiempo. ¿Pero por qué una reja tan pequeña? De pronto escuché un débil maullido de un gato que venía de aquella oscuridad.

Pronto se le sumaron más maullidos de gatos y vi como uno de ellos se acercaba a la única luz que se encontraba en la habitación. Parecía descuidado, con el pelaje desarmado y desprolijo. Aparentaba ser un gato gris. Otros dos gatos se sumaron a este, con el mismo aspecto desaliñado.

Nada tenía coherencia aquí. Y eso asustaba más. Intenté retroceder de a poco temiendo que pasara algo como la viscosidad de los cuadros. Pero no tuve tiempo, el gato gris que estaba cerca de aquella reja pego un salto mortal y se aferró con sus uñas largas a la carne de mi pierna.

Lo siguieron sus colegas avanzando hacia los chicos de la habitación. Los gatos proferían maullidos de locura y empezaban a escucharse el rasguño poderoso de sus uñas en la carne. El gato que me atacaba me profirió mordidas en mi entrepierna que no podía parar esa mezcla de gritos, sollozos y miedo de morir. Sus uñas empezaron a rasgar mi ropa y mi piel. Allí vi como chorros y chorros de sangre se elevaban y manchaban su pelaje.
Traté de tomarlo de sus fauces para estrujarle el cuello, pero estaba tan aferrado a mí y había perdido mucha fuerza con la viscosidad que me caí hacia adelante con el gato aferrado. Se oía los gritos de locura de los chicos de la habitación y el olor a sangre de lo cortes.

Era horrible oír aquellos sonidos de desgarro de la piel y ver en la única luz de la televisión como volaba sangre por encima de mí. Intenté estrujar al gato con mis piernas hasta ahogarlo entre el dolor que él me profería. Pero todo ese dolor fatal cesó cuando de nuevo se escuchó aquella alarma estridente.

Los gatos como si hubieran oído una advertencia, se empezaron a retirar de un salto de los desgarrados chicos y chicas. El mío se alejo de un modo normal como si desgarrar carne humana fuera parte de su tarea. Una vez más la voz en off hizo su aparición diciendo: «Pasen a la habitación contigua o van a morir».

Vi como los chicos desgarrados empezaron a arrastrarse hacía los pasillos. Me sorprendía como después de aquel intento de matanza, todos seguíamos vivos y con ganas de huir ahí cuando el peligro se había ido. Un chico por fin habló y dijo a los gritos: « Yo no voy a irme. Es un maldito truco. ¡Maldito enfermo!»

El resto no tenía fuerzas para una tomar una decisión contundente pero decidió irse. El chico se quedó junto a otros que también decidieron lo mismo. ¿Cómo podía saber si era un truco?

Me puse a pensar lógicamente por segunda vez, y para evitar el horrible dolor de los desgarros, que había que soportar la tortura que nos daban por que si no, podíamos morir. ¿Era así?

Mi instinto hizo levantarme como pude y dirigirme al pasillo que ahora era el izquierdo desde el lado donde había salido. Muchos se sostenían el brazo o la cara con los cortes profundos de los gatos, pero igual se movían para salir de la habitación a trote. Tuve suerte de que no me atacaran la cara o llorar sería un peor sufrimiento… ¿Qué hacia pensando eso?

Mientras nos alejábamos me preguntaba que pasaría realmente con los chicos que se quedaron. ¿Se podía volver a atrás? Tenía que fortalecer mi lógica y pensar realmente como escapar de esta tortura que nos estaban dando porque sino me volvería loco…


Continuará… si los sueños lo permiten.

¡Gracias por sus lecturas!

Like what you read? Give Pablo Aguirre a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.