La historia de siempre

Cuando cumplí 16 años necesité entender lo que era estar sin papá, siempre arrastrando a mi lado una cierta envidia por mis amigos y algo de soledad. Ni siquiera es el hecho de que nos abandonara y dejara a la suerte a mi madre y a mí, es que no recuerdo su rostro a pesar de que mamá haya mencionado alguna vez que tengo un parecido increíble con él.

Sé que ella hace un esfuerzo descomunal por no estar enfadada conmigo, creo que es el trauma de toda esposa abandonada por una mujer más joven y aunque ella no lo diga para no parecer una mala persona, le guarda un odio intenso a mi padre. Es imposible que disimule su expresión cuando le preguntan sobre el ex-marido. ¿Yo? Sinceramente, más que afectado estoy resignado.

Hemos sobrevivido con mucho talento. Ella es una excelente administradora del dinero y pocas veces en la vida hemos tenido que luchar para poder comer al día siguiente. Al ser un pueblo de costumbres arraigadas, una mujer abandonada era sinónimo de un vil fracaso en el matrimonio y eso afectó el negocio por mucho tiempo. Afortunadamente ella me ha enseñado a ver lo bueno en la gente, hasta en cada persona que nos ha juzgado con mala fe.

El negocio de comida lo tenemos desde que tengo uso de razón, no me imagino mi vida sin él. Para sobrepasar todas dificultades de estar solos, hemos tenido que invertir mucho tiempo, he pasado más vida aquí que en casa —de hecho he escrito esto en cada descanso que he tenido, mientras como carne asada con vegetales, mi comida favorita.

Aquí he podido ver tantas cosas: parejas que se arrojan los platos; asaltos con pistolas de juguete y navajas de verdad; señoras llorando por alguna triste historia que jamás me atreví a preguntar; hombres acechando sin piedad a mi madre mientras los manda cada vez más lejos al demonio… Quizá algún día se deshaga de todo ese rencor y pueda darse una oportunidad, se lo merece.

Una de esas ocasiones en las que llegaba Don Marcos —un señor sin mucho atractivo, pero sincero y tierno con ella— a dejarle dulces a mamá, mientras platicaban y yo acomodaba los banquitos de las mesas, se vio pasar una señora mayor por el otro lado de la calle, lentamente pero sin signos de cansancio. Creo que sólo era la edad, parecía que su cuerpo le permitía cada vez menos hacer lo que ella deseaba. Esa fue la primera vez que escuché la historia de Doña Eugenia, madre de 3 hijos y viuda de un alcohólico sin remedio; la historia de siempre. Con sus 65 años todo el mundo veía difícil que cambiara de vida y es que era tan común en el pueblo ver a esas parejas de ancianos producto de la revolución vivir de esa manera. Don Marcos comentó que una vez Doña Eugenia decía: «Yo quisiera ya irme de este mundo, no hay algo para mi aquí, pero mi Dani me ocupa»; Dani era su nieta de 4 años. Habían terminado viviendo en un cuartito tapado de laminas… solas.

Cuando Fernanda, hija menor de Doña Eugenia se embarazó a los 14 años, toda su familia se puso de cabeza. Sus hermanos Guillermo e Iván solo pensaban en que debía abortarlo, «deshonra a la familia» decían, pero Eugenia, siendo una católica de hueso colorado se negó y sus hijos se terminaron yendo de la casa gritando desde la calle: «no nos vamos a quedar a mantener a una bastarda». La Fer nunca quiso revelar la identidad del padre (y quizás no lo sabía); de nuevo, la historia de siempre.

Cuando el embarazo tomaba curso, Guillermo e Iván se dirigían a la frontera, a vivir el sueño americano, a la edad de 24 años te sientes capaz de todo. Su misoginia desarrollada a través de la adolescencia facilitó el abandonar sin culpa ni remordimiento a la familia. Pero Doña Eugenia ni siquiera lloró, era como si esperase eso de sus hijos desde toda la vida.

Enfermo, el esposo no resistió mucho hasta que sus riñones fallaron fatalmente. Enseguida recordé un ataúd desfilando por la calle y a toda esa gente amable acompañando en el funeral, mientras la Fer lloraba y su «panzota» se asomaba por la bata, como si toda la pena bailara entre su ombligo y su padre muerto.

Cuando nació su hija Daniela, la Fer trabajó con nosotros casi medio año, donde conoció a un señor que la cortejaba a cada momento, procurando que nadie se diera cuenta. Alguna vez la vi subiendo a un coche con él, pero no dije nada, me parecía increíble que solo yo me percatara de lo que pasaba, bueno, más que increíble ¡una locura! Poco tiempo después mi mamá me dijo que ella no regresaría a trabajar, que se llevó a su hija y se fue a vivir con un hombre que le doblaba la edad. Quise comentar que yo siempre supe algo, pero la idea me hacía sentir mal por que fueran hacerme responsable de haber podido evitar esa «tragedia» (como todos lo llamaban).

Doña Eugenia se había quedado sola. Y así vivió un par de años. Se le podía ver deprimida y muy triste. Don Marcos contaba que los vecinos cooperaban cada semana para darle algo de dinero y que pudiera comer, la señora no podía hacer mucho ya, pero era agradecida y a las 5 de la mañana cada día barría la calle, quitaba las basuritas que se veían y hacia favores de cuidar a los niños en su cuarto de tarimas y laminas. Cada tercer día caminaba por la banqueta del otro lado de la calle lentamente, como si quisiera que el final de su vida la alcanzara, le observaba pasar y perderse al dar la vuelta en la esquina, regresar con sus tortillas que le pesaban toneladas porque reducía su andar, un trabajo titánico para una mujer en sus condiciones.

Se supo que su hija se embarazó por segunda vez. Al dar a luz no tardó en regresar a vivir con Doña Eugenia para que le diera refugio y la protegiera del hombre que le golpeaba y maltrataba por una irracional (o no tanto) celotipia. La historia de siempre. Todo el mundo pensaba que la Fer era solo una niña berrinchuda, irresponsable y abusadora con su madre, ya que ahora vivían de la buena fe de los vecinos; quienes no tardaron en darle un ultimátum a la anciana: «O corre a su hija o no le daremos nada, ¡póngala a trabajar!», le dijeron sin delicadeza.

Todo el mundo sabía lo que Eugenia iba a responder. Ahora se presentaba un nuevo reto en su vida, quizás el último: «Cuidar de su familia desamparada». Porque es la historia de siempre.

Con dos nietos que mantener y una hija que no gustaba mucho del trabajo, se le acabo la vida. Doña Eugenia comenzó a enfermar y lo poco que ganaba vendiendo dulces nunca fue suficiente. Hubo personas que le apoyaron de vez en cuando, su misión fracasaba y como toda historia de siempre, las cosas empeoraron de una manera monumental.

Pienso en el egoísmo de la gente, en como es qué sienten o piensan. Busco lógica… algo de congruencia, pero siempre me encuentro con una respuesta nula y desisto. Acepto la burla del mundo.

La Fer tenía un imán para los hombres malvados y Esteban… ¡caray, este hombre! Su fama de malandrín nunca cambió así como las locuras en las que siempre estaba envuelto: Estar en la cárcel y salir solamente para matar a quién lo había delatado ¡a los 17 años! es sólo una de las cosas que todo el mundo sabía.

Cuando conoció a la Fer no hizo por ocultar sus intenciones de irse a «quiensabedonde» los dos.

Un día caluroso de julio nos enteramos que la Fer ya no estaba, que se había llevado a su hijo recién nacido y dejado a su hija de 4 años con la abuela; Esteban creyó conveniente robar mucho dinero de una hacienda e irse con ella para no volver jamás. De nuevo, Eugenia no estaba sorprendida, pero si muy triste. Cuando yo la miraba pasar por la banqueta con su paquetito de tortillas sentía que entendía esa tristeza, preocupada por su nieta Dani, por lo que pudiese pasar si un día ese cansancio o la edad le guardaban un final repentino y fatídico. Otro día la miré detenidamente y vi como se detuvo, dejó caer su bastón al suelo, giró la cabeza hacia todos lados. Yo dejé lo que estaba haciendo, preocupado que fuera a colapsarse de repente. Nada más lejos de la realidad, cuando me fijé en su mirada cristalina entendí que buscaba ayuda, alguien… o «algo» que pudiera decirle qué hacer, que le diera fuerza para seguir, porque era lo único que necesitaba, la voluntad nunca le falto.

Era otoño ya, mi mamá me llevaba de vez en cuando a dejarle algo de comer, Dani se veía contenta con su abuela, Doña Eugenia cada vez peor. Ese día le dijo a mi mamá que ya me veía más alto, que estaba creciendo sin parar y comenzaron a hablar de los hijos, de la importancia de la familia… La viejita lloró. Instintivamente me acerque a abrazarla y le dije que todo iba a estar bien. Vaya mentira.

Al día siguiente le vi por la calle (para ese momento se me había convertido en una costumbre verla detenidamente al pasar) y volteó hacia nuestra fondita, mientras se sentaba despacito y se recargaba en el poste. Alcance a encontrar su mirada y le saludé con la mano, me respondió con una sonrisa y recargó la cabeza sobre su hombro cerrando los ojos, con su paquetito de tortillas al lado.

Salí a la tienda y al regresar ahí seguía, tranquila, desgastada con el clima de otoño, la brisa y el sol de la tarde que mece. Toda la gente pasando a su lado sin darse cuenta…

Me quede admirándola y lo sentí; el frío en el estomago y el escalofrío en la cabeza, como si el corazón me latiera con lentitud. Supe que me regaló la última de sus sonrisas, con su deseo más intenso para despedirse del mundo antes de que cerrara los ojos por última vez: «Que Dios cuide a mi Dani».

Poco tiempo después me fui del pueblo a estudiar al Colegio de Carmelitas. No volví a saber de Dani, no volví a preguntar. Algo de culpa y melancolía me envuelve cada vez que recuerdo lo que pasó. La historia se ha olvidado, ¿y yo? Yo no volví a ser el de siempre.

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