La ilusión de ser el centro

Me he dado cuenta últimamente que el verdadero desarrollo interior o «personal» es un proceso que contrario a lo que nos hemos hecho creer, depende y requiere muy poco, o casi nada, de libros, talleres, clases, estudios, maestros, gurús, religiones, o cualquier tipo de autoridad que sea referente o representativa de lo que al final del camino se traduce y ejemplifica la palabra «autoconocimiento»; la sabiduría y libertad de mente y espíritu. Sin embargo, y debido a que somos inextricablemente parte de un TODO del cual por más que insistamos no nos podemos dividir o separar (universo, humanidad), es importante que tampoco nos cerremos a las oportunidades y/o enseñanzas que muchas veces la vida nos revela a través de los mismos maestros, libros, o sistemas. El desafío, es no supeditar nuestra libertad y desarrollo a estas enseñanzas o hitos que el camino nos muestra y verlas como simples, aunque sustanciales, señales que nos guían hacia la puerta que solo tú puedes abrir.

De igual manera, el elixir de este proceso liberador de autoconocimiento es la palabra observación. Cuando se vive y se entiende el significado de esta palabra, no como concepto (que es ahí en donde nos extraviamos muchas veces en el desarrollo humano ya que nos perdemos en definiciones y queremos conceptualizar y racionalizar todo en lugar de vivirlo) sino como una herramienta indispensable y siempre accesible para la libertad de mente y espíritu, empezaremos a emanciparnos de todo ese ego absurdo e innecesario que nos limita con sus miedos y fantasías y podremos finalmente regocijar en el umbral de la sabiduría que comienza en cuanto te das cuenta de quién eres en realidad.

El observarnos a nosotros mismos es un proceso simple y liberador, y al mismo tiempo (aunque no debería ser así), es algo que requiere de mucho valor, seriedad, y humildad. Esto es debido a la manera de identificarnos con todas esas fluctuaciones mentales e incesantes pensamientos y la suma importancia que damos a las emociones que emanan de esos mismos pensamientos; consciente o inconscientemente. No obstante, es la única manera de poder darnos cuenta de todo lo que no somos, y la ilusión en la que seguramente estamos viviendo.

Desafortunadamente el día de hoy el saber observarnos, en el más sublime sentido de la palabra, podría parecer una pérdida de tiempo y un callejón sin salida (por lo menos al principio) para ese yo con el que tanto nos identificamos; esa persona y personalidad que se han edificado ilusoria y temporalmente a través del cuerpo y del conjunto de memorias, recuerdos, hábitos, ideas, experiencias y creencias. Así mismo, esa débil identidad a la que le gusta interpretar el mundo a su conveniencia, razón por la cual estamos alejados del proceso de autoconocimiento, está obligada a recordarnos su valía con los logros del pasado, y curiosear e imaginar tener el control de la incertidumbre del inexistente futuro. Esto quiere decir que vivimos el presente, que es el único lugar y momento en el que podemos realmente estar, siendo víctimas de argucias y estratagemas egocéntricas que bastan para distraernos con esa ilusión y temporalidad que vivifican y edifican imaginariamente la ficción idealista de quienes somos en realidad, paradójicamente, alejándonos por completo de la realidad misma.

El desafío entonces de la verdadera y catártica observación hacia el interior de nuestra persona reside en tener la humildad y sobre todo reconocer el miedo de nuestro ego de vernos a nosotros y al mundo sin el conjunto de opiniones, prejuicios, creencias, puntos de vista, conocimientos, apegos, e ideales que lo alimentan y socavan nuestra más pura esencia. En otras palabras, tener la osadía de dejar a un lado todas esas estructuras y formas mentales a las que llamamos mundo y a esa inestable imagen egóica que lleva nuestro nombre y que es irremediablemente, mientras no sepamos observarnos, prisionera de un pasado que solo existe en las imágenes mentales con las que se identifican el ego personal y colectivo.

Hoy me doy cuenta tristemente al observar el mundo en el que vivo, que he sido participe de esa visión individualista que hace que la vida se vuelva un suceso de interacciones entre individuos defendiendo, agrandando, y tratando de preservar una imagen, y que no he tenido el valor, la humildad, ni la bondad (superioridad más grande entre los hombres) de participar en la interacción entre seres humanos compartiendo lo mejor de sí, vivir. Y es que es verdad, ha sido mucho más difícil dejar de defender puntos de vista que el ego asimila como parte de nuestra identidad, que ver más allá de ellos y atreverme a observar la esencia compasiva y humanitaria que hay en mí y en todos los que participamos en esta interacción que llamamos vida.

Tengo que admitir que he «vivido» inmerso en la ilusión de ser yo el centro poseedor de una vida, mi vida. Solamente a través de un desafiante e incesante trabajo de auto observación me he dado cuenta que es ahí, en esa frase, que implica una entidad poseedora de algo, en donde el ego comienza a tomar fuerza y a distorsionar el milagro de vivir. Lamentablemente, este hecho ocurre de manera natural y espontánea, como los pensamientos, es un mecanismo automático de nuestra existencia.

A cierta edad comenzamos a darnos cuenta, inconscientemente, de que el cuerpo es el único vehículo por el cual podremos recorrer y observar los paisajes de la vida, y es en ese diminuto instante en el que la ilusión de ser el centro emana. El sentido de propiedad súbitamente se engendra en nosotros y comenzamos a fragmentar el universo y la humanidad en la cual existimos en mi vida, mi dios, mi propósito, mi nación, mi felicidad, mi verdad, y la tuya y la de los demás. No solamente nos dividimos irreversiblemente de todo lo externo a nosotros, sino que también creamos conflicto y escisión interior moldeando imaginariamente (solo en los pensamientos) un ente poseedor de una vida, de un cuerpo, y de un pasado.

Estoy consciente que este sentido de propiedad y la necesidad de identificarnos con nuestro cuerpo es automático y necesario no solo para sobrevivir, pero también para poder llevar a cabo y desarrollar nuestro potencial inherente como seres humanos. No obstante, sin un verdadero proceso de observación y autoconocimiento se vuelve más importante, aun sin que nos demos cuenta, la sobrevivencia del inexistente y destructivo ego, que es supuestamente propietario del mismo cuerpo. De la misma manera, si nos observamos únicamente a través de ese falso yo, el desarrollo humano se vuelve secundario y nos dedicamos a desarrollar un potencial individualista.

No hace falta mencionar la ingente diferencia entre una perspectiva individualista de la vida y una visión humanista. Si no te atreves a ver mismo que el individualismo se preocupa más por logros personales que por compartir, por matar para satisfacer el paladar que por preservar y respetar la vida, por defender puntos de vista que por escuchar, por ser reconocido que por amar, por dividir que por integrar, por imponer a un dios que por ser parte del amor universal, entonces seguramente es un buen momento para que empieces a conocerte y sobre todo observar si la manera en que vives tiene un propósito individualistamente efímero, o si tu vida tiene un verdadero significado no solo para ti, si no para el mundo del cual eres parte, en otras palabras, si estás creando división o eres parte del sincretismo humano.

Es imposible que exista la armonía entre los seres humanos a través del ego colectivo en el que vivimos, y sin un honesto proceso de observación seguiremos viviendo en la efímera ilusión que solo engendra conflicto y divisiones. Irónicamente, este conflicto que aparenta ser tan real y subversivo es tan ficticio como el ego del que emana, la clave entonces es no mirar hacia fuera para intentar resolver la situación del mundo, ya que aunque nuestras intenciones parezcan buenas y bondadosas puede ser un truco más de tu ego sin que te des cuenta, al ego le gusta identificarse también con buenas intenciones que lo hagan parecer más noble y más bueno que los demás, por ende, en lugar de empezar buscando soluciones para los demás, ten la humildad de observarte primero, lo segundo va a ir tomando fuerza sin que te des cuenta como una bola de nieve que se agranda con tu potencial humano.