La importancia de las pequeñas luchas.

Hace unos días, leí un artículo donde se criticaba la “postura intolerante” contra los piropos callejeros. Según la opinión de la autora, la mayoría de las mujeres que se sienten inquietas e incómodas con los comentarios y halagos que reciben al caminar por la calle, son simplemente “feas”. De inmediato, aclaraba que se refería a “fea” no por el aspecto físico, sino poco segura de su aspecto. Que cualquier mujer saludable, atractiva y adulta debe “aprender” a tolerar la “natural exhuberancia” masculina, que es inevitable, a su criterio e incluso deseable en ocasiones.

Cuando tenía catorce años, un hombre nos persiguió a mi madre y a mi por casi seis cuadras, susurrándonos palabras soeces e insinuaciones directamente sexuales. Ocurrió a unas cuantas calles de donde vivo, a plena luz del día. El hombre llevaba traje y corbata. No dejó de sonreír incluso cuando mi madre lo insultó a gritos. Finalmente, nos llamó “par de pendejas, putas” y se alejó, sin que nadie a nuestro alrededor le dedicara una mirada. Una mujer desconocida se acercó a nosotras, con expresión tensa “Esto pasa a diario por aquí”. Alguien junto a ella se encogió de hombros y nos dedicó una mirada casi aburrida “No es para tanto”. Recuerdo que cuando escuché la frase, recordé el miedo — nítido, angustioso — que había sufrido durante todo el rato que el hombre nos había seguido y me pregunté como alguien podía considerar algo semejante poca cosa. Relegarlo al terreno de lo cotidiano, lo poco importante. “Cosa de todos los días” como agregó poco después.

Si es para tanto. Lo es, cuando comienzas a comprender que la mayoría de los “halagos” que recibes en la calle, son en realidad una forma velada de agresión sexual y acoso. Lo son, cuando cientos de mujeres alrededor del mundo se siente profundamente incómodas, inhibidas, abrumadas por frases de naturaleza sexual que deben soportar por el mero hecho que la tradición cultural dicta que un hombre “puede hacerlo”. Y es que no se trata de un extremo femenista o un análisis cultural. Se trata del terror que provoca que un desconocido se sienta en la libertad de agredir tu espacio privado, de dedicarte todo tipo de frases e insinuaciones y que debas aceptarlo por las buenas. Sólo porque eres atractiva, joven, porque puedes parecer “provocativa”, porque llevas falda o pantalón, porque llevas el cabello suelto o recogido. Porque la sociedad y la manera como interpreta la identidad femenina asume que el aspecto que tienes te hace merecer necesariamente un tipo de agresión sutil como esa.

He leído análisis de mujeres insistiendo que un piropo (incluso lo más groseros) no deberían afectarte si eres una mujer segura de ti misma. Si estás consciente de tu atractivo y que eres capaz de defenderte e incluso, enfrentarte a un hombre en sus mismos términos. Lo que me pregunto es por qué el hecho de verte de determinada manera puede hacerte victima — ¿Victima te parece una palabra muy fuerte? piensa de nuevo en el miedo que puede provocar que un desconocido te grite a plena calle todo tipo de improperios — o incluso, simplemente ser mujer, es una justificación suficiente para la grosería, el menosprecio y el acoso. ¿El mundo es así? es una respuesta común. La he recibido cuando he preguntado a quienes continúan insistiendo que el piropo es una manera de “celebrar” la belleza femenina.

— ¿Que tiene de malo que te digan bella? — insiste mi amiga J. que es de hecho, una de las convencidas que el piropo callejero “no es para tanto”. Admite que ha recibido todo tipo de comentarios por su curvilinea figura, pero que aprendió a “no prestarle atención”. Cuando le digo que llamar peyorativamente tus organos sexuales no es una forma de alabar tu belleza y que tampoco lo es, hacerte insinuaciones sexuales, sacude la cabeza.

— Hablo sobre el hecho que muchas veces, disminuimos la importancia de ciertas cosas porque son parte de lo cotidiano — insisto — pero no es menos agresivo, por el hecho de serlo.
— ¿Y que vas a hacer? ¿Pelearte con los obreros de la calle cada vez que te piropean el culo o las tetas?
— Entonces no te llaman bella.
— Algunos sí.
— ¿Son la mayoría?
— ¿Eso importa?

Claro que importa. Pienso en todas las ocasiones en que he visto mujeres encorvar los hombros y caminar apresuradamente mientras un grupo de hombres le dedican silbidos y le gritan obsesionades. En una ocasión, con once años, vi con una mujer literalmente corría por la calle, mientras un hombre le pedía “un beso” a gritos. Ella tenía una expresión de pánico dificil de olvidar. El hombre reía, la mayoría de las personas a su alrededor, también.

— La cultura de la violación es parte de esa noción que algunas cosas son permisibles y otras no — me explica L., psiquiatra y con quien he conversado varias veces sobre el tema. Para ella, la sexualidad femenina es mucha veces sometida a una especie de opinión histórica, una visión sobre ella distorsionada y que parece depender de la noción sobre lo masculino — Con respecto a los piropos callejeros, la interpretación es incluso más abierta: esta bien que recibas algunos buenos, a pesar de que probablemente debas recibir o escuchar muchos incómodos y otros incluso atemorizantes. La idea proviene de esa visión que es “normal” un hombre pueda hacer insinuaciones sexuales, en cualquier aspecto, no importa si la mujer está de acuerdo o no.

Más de una vez, me han acusado de “extrema” y “Feminazi” por pensar que recibir frases directamente sexuales de desconocidos es reprobable. Cuando argumento que la mujer no debería ser tratada — mucho menos percibida — como un objeto sexual ni tampoco sometida al escarnio público, la respuesta más común es insistir en que “unas cuantas palabras” no hacen daño. Que incluso el piropo más soez y agresivo, sólo son palabras, unicamente son expresiones espontáneas que no causan daño directo.

Cuando le digo lo anterior a amiga M. mueve la cabeza apesadumbrada. Hace poco me contó que un hombre se acercó a ella en el andén del Metro de Caracas y comenzó a dedicarle todo tipo de halagos hacia su cuerpo. Ese día, M. llevaba una camiseta corriente y jeans. No se “mostraba” ni “se exhibía” como suele insistir la excusa más habitual sobre el tema de los piropos y su inevitabilidad. Mi amiga intentó alejarse, ignoró los comentarios, pero el desconocido continuó. Una vez dentro del vagón, la situación se hizo incontrolable.

— Literalmente se me echó encima con la excusa de la multitud — me cuenta — me tocó los senos y después se apretó contra mi espalda. Cuando grité y lo empujé, me llamó “loca y desubicada”. Varias personas comenzaron a reir y un par me señaló de dramática. Nadie parecía preocuparle mi angustia, o el hecho que estaba realmente aterrada. Incluso varios hombres felicitaron al desconocido “por su pelo en pecho”. Me quedé en un rincón, asustadísima hasta que pude bajar en la siguiente estación.

Las historias como las de M. se multiplican. La mayoría no son tan graves, mucho menos tan agresivas y violentas, pero todas tienen en común el ingrediente del miedo. El miedo a ser lastimadas, el temor por esa invasión de la privacidad psicológica y sexual que no saben como controlar. Del otro lado, se sigue insistiendo que ninguna mujer segura debería sentirse atacada. Que una mujer “fuerte” puede soportar este tipo de situaciones y muchas más. La pregunta que me hago es ¿Por qué es admisible que suceda? ¿Por qué una mujer debe tolerar? ¿No puede enseñarsele al hombre al respetar la integridad de la mujer? ¿A comprender que ninguna noción social o cultural les brinda el derecho de atacar o acosar a una mujer por el solo hecho de serlo? Para J. la respuesta es clara.

— En los paises de latinoamerica y en buena parte del mundo, la idea de lo femenino es subsidiaria y secundaria a la del hombre — me explica — eso no es una idea feminista, tampoco es una visión machista. Es una noción cultural concreta, que nace y proviene de una serie de elementos culturales muy confusos y primitivos. Al momento de racionalizarlos, mucha gente considera exagerado o dramático que se considere “grave”. Eso a pesar del miedo que produce, eso a pesar de la angustia que pueda sentir una mujer acosada por un desconocido en una calle cualquiera.

La situación ocurre con tanta frecuencia que se hace habitual, evidente, inevitable incluso. Mujeres que asumen tendrán que enfrentar no sólo frases incómodas, sino roces, toqueteos, manoseos espontáneos. Mucho más aún cuando la idea sobre los “piropos” parece aparejada a esa insistiencia que la mujer “debe defenderse”. ¿No es más simple evitarlo? me pregunto mientras observo como un hombre apresura el paso para acercarse a una mujer que camina a un par de metros por delante suyo. La mujer hunde la cabeza entre los hombros, aprieta los brazos contra el cuerpo. El hombre se inclina hacia ella, sonríe. Ella vuelve el rostro. Todo esto sucede mientras tomo un café en un restaurante de la ciudad, en la calle a unos cuantos metros de distancia. La mujer finalmente logra safarce del desconocido casi a la carrera, ocultandose entre la multitud más adelante. El hombre sacude la cabeza y continúa caminando, sin inmutarse, sin una sola expresión de preocupación o inquietud. Porque se trata de algo “normal”, de “todos los días”. A la que la mujer debe acostumbrarse.

Lo pienso un rato después, mientras camino hacia una estación del metro de mi ciudad. Me siento incómoda y preocupada, no sólo por el clima de inseguridad del lugar donde vivo, sino además, porque no sé a que deberé enfrentarme. Es algo de todos los días. Algo de todos los días mirar con cierta desconfianza a los desconocidos: al que te mira fijamente mientras caminas, al que te lanza un beso al aire, con un guiño malicioso. Al que se detiene al lado de donde te encuentras y te dedica una mirada lenta de arriba a abajo, sin ninguna timidez o disimulo. Porque sabe puede hacerlo, porque sabe que la cultura admite que está bien invadir mi espacio personal y emocional, porque una mujer debe “saber” soportar algo semejante. Porque “esta bien” que un hombre pueda no solo acosarte sino además considerar que lo asumes con naturalidad. Recuerdo la insistencia de varias mujeres que conozco en que “no es para tanto” esa red intricada e interconectada de pequeños mensajes sobre el valor de mi cuerpo y mi sexualidad. Y me pregunto como podemos pensar que no es para tanto, como podemos asumir que en realidad no es “tan trascendente” que un hombre pueda convertirte en un objeto sexual por el mero hecho de así desearlo.

En el artículo que comenté al comienzo de este, la autora se regodeaba en llamar “Feminazi” a las mujeres que no son capaces de “disfrutar” de la atención masculina. Me pregunto si lo soy, mientras la furia me colorea las mejillas cuando un desconocido alaba el tamaño de mis pechos y luego, procura acercarse tanto como para rozarme las caderas. Cuando le reclamo en voz alta, el sujeto parpadea, se aleja, me mira indignado “estas putas de mierda” me lanza a la cara, a unos metros de distancia. Le sostengo la mirada, a pesar del miedo, las risitas burlonas a mi alrededor, las carcajadas bien audibles que deja escapar un hombre a unos pasos de donde me encuentro. Y de alguna manera, durante esa fracción de segundo que miro al desconocido a la cara, que le recuerdo que soy más allá de un par de tetas una mujer real, que piensa y que forma parte del mundo, siento el poder de enfrentarme, de insistir en que no hay una razón, mucho menos una idea que pueda justificar este tipo de temor y de verguenza. Finalmente el sujeto se aleja, no me mira de nuevo. Me quedo a solas, rodeada de testigos indiferentes o que quizás, también asumen que lo sucedido “no era para tanto”.

Continuaré pensando que si lo es. Continuaré pensando que no hay un motivo que excuse que una mujer deba sentirse aterrorizada e incomoda por el hecho que un hombre sienta que puede agredirla verbalmente. Quizás esa noción — frágil, individual — sea el primer paso para admitir que la lucha comienza por pequeños pasos, por una noción de quién somos que es mucho más fuerte y valiosa que una mera herencia cultural.

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