La justiciera

Hoy está ideal para que te ayude. Hay poca gente y cada uno está en la suya.
 — Lo estoy pensando.
Deberías tenerlo pensado, ya casi estás terminando el plato y no tenés un peso. Es momento.
 — Lo sé, pero tampoco quiero que me ayudes todo el tiempo.
No me cuesta nada, hay que ser fuerte y enfrentar un poco la realidad. Acordate que, en estos momentos, tu situación económica no es de las mejores.
 — Agradezco mucho tenerte a mi lado pero hay veces que me gustaría poder hacer las cosas bien.
Lo que está bien o mal depende de quién lo mire. 
 — Tus intentos por calmarme son lo mejor que tengo. No te quiero perder. La última vez casi me agarra un paro.
Fue solo un susto. No me vas a perder. Camino un poco, veo cómo está el ambiente y te salvo de pagar.
 — ¿No te parece injusto hacerlo de nuevo? Digo, vivo en una sociedad donde nadie se salva de pagar.
¿Injusto? Injusto es pagar para comer. Nadie debería hacerlo. La comida debería ser un derecho para todos. 
 — Otra vez con eso, si nadie paga, ¿cómo vivirían los que fabrican comida o los que tienen restaurantes?
Pueden encontrar otras formas de robar o, de última, que se encargue el estado. Una persona alimentada es un bien para la sociedad.
 — No me parece real.
Tampoco lo veo incorrecto.
 — No es una mala idea pero, ahora, por cómo está todo, es imposible.
Qué pesimista. Si pudiese ayudaría a todo el mundo. Que coman gratis en los mejores restaurantes. Que tengan ese placer que se nos fue prohibido.
 — Sos tan buena. Me gustaría darte un beso ahora.
No me voy a negar.
 — Primero tengo que pensar en la situación. 
Aprovechá que el mozo no está mirando.
 — Me costó mucho estar acá con vos, tenerte como compañera es lo mejor que me pasó. No quiero arriesgar esto que tenemos por una simple comida.
Te repito que no me cuesta nada. Yo no pago por la comida, vos tampoco deberías hacerlo.
 — Sí, sí. Lo estoy pensando.
Comé despacio. Masticá bien. Te va a ayudar a pensar mejor y a calmarte. Verte bien alimentado me pone contenta.
 — ¿Ves cómo sos? La mejor. Doy gracias por haber conocido a la gente que nos presentó.
Qué grupito ese, ¿eh? A veces me acuerdo de ellos.
 — ¿Estarán haciendo lo mismo que nosotros?
Seguro. Se dedican pura y exclusivamente a eso. No puedo olvidarme de ellos. Todo lo que me enseñaron. La manera que tuvieron de mostrarme las injusticias. Uno no nace sabiendo pero sí nace, lo cual ya es mucho. Ellos supieron cobijarme, me criaron, me contuvieron, fueron mis protectores por un tiempo y, cuando nos presentaron, me dijeron que podía cambiarte la vida. Y acá estoy. Lista para ayudarte porque, como todos, te lo merecés. 
Ojo, ahí viene el mozo.
 — Señor, ¿está todo bien por acá? ¿Necesita algo?
 — Por ahora nada, muy rico todo. Mándele mis felicitaciones al chef.
 — Serán dadas. Yo voy a estar por allá, en la barra, cualquier cosita que necesite me avisa. Mi nombre es Cristian.
¿Es buena onda, verdad? No como esos mozos cuadrados que solo sirven para mover bandejas y cobrarte de mala gana.
 — Sí, es amable. Me daría cosa no pagarle.
Ya hablamos de esto. Él es solo un empleado. El que pierde es su jefe. 
 — Ya sé, ya sé, es que me atendió tan bien y fue tan amable…
Basta, si te vas a ablandar todo el tiempo no podemos seguir, Gerardo. Tenés que alimentarte bien y que del pago se encarguen los que monopolizaron los recursos naturales. 
 — Me gustaría ser fuerte como vos. 
De a poco lo vas a ser. Ahora concentrate en hacer las cosas bien y, en cuanto estés listo, lo hacemos.
 — Quiero esperar a que el mozo se ocupe de otra mesa. Acá cerca ya terminaron. Cuando vaya a atenderlos podemos hacerlo.
Genial. Me voy preparando. Acordate de pegar un buen grito, como lo practicamos.
 — ¿Cristian era el nombre, verdad?
¿El del mozo? Sí, Cristian. Qué importa igual, concéntrate que todo va a salir bien. Nos vemos afuera.
 — Sí, en la puerta. Espero que todo salga bien.
Yo me voy a encargar de que así sea. Vos acordate de hacer, exactamente, lo que practicamos.
 — Es extraño, digo, ponerme así. Ya va a ser la ¿cuarta?
Quinta.
 — Quinta vez que lo hacemos y siento que estoy todo el tiempo jugando con el límite entre lo bueno y lo malo. 
Precisamente es ese límite el que nos tenemos que mantener.
 — Lo hacés sonar tan fácil.
Sé que a la gente como vos, a los de tu tipo, les cuesta pensar en las utopías, porque están condenados desde que existen.
 — No lo sé. Ustedes tienen la buena, o mala, fama de ser casi invencibles. Hablás desde otro lugar, muy diferente al mío. 
Cosas que se dicen.
 — Aun así estoy nervioso.
¿Y seguís así?
 — Es que fue amable conmigo y me agarra una especie de culpa. Como un nudo acá, en el pecho. 
Escuchame Gerardo: Esto va a ser siempre así. Andá acostumbrándote.
 — Siempre que vos estés a mi lado.
Por ahora, pero debería ser igual en todo el mundo.
 — Momento de hacerlo. 
Recordá cómo lo practicamos. El día afuera se ve hermoso, si querés, después de esto, podemos ir al parque a descansar. Te quiero Gerardo.
 — ¡Ay! ¡No!, mmhhjjjmm
 — Señor, ¿qué pasó?
 — Cristian, yo sé que no es tu culpa pero mirá —Gerardo señala arriba de la mesa—. Flor de cucaracha tengo caminando cerca de mi plato.
 — Le pido mil disculpas; señor.

Cristian saca rápidamente un trapo pequeño de su delantal y, repasando con velocidad sobre la mesa, empuja a la cucaracha hacia el piso, levanta un pie y se concentra en aplastarla con la punta del zapato. Gerardo distingue, levemente, el crujir del insecto.

— Nunca nos pasó esto. Nuevamente le pido mil disculpas y despreocúpese, invita la casa.
 — Muchas… gracias —dice Gerardo y ahoga un sollozo.

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