Photo by Julián — Buenos Aires — Monumento al General San Martín

La libertad es el derecho a hacer lo que las leyes permiten

Capas de libertad

Hubo un tiempo en que mis estudios en la Universidad achicaron la distancia entre la miopía y los filósofos de la historia política. Maquiavelo, Tocqueville, Hegel, Marx y otras plumas excelsas han dejado para la posteridad y la historia una cantidad ingente de sus años de vida a favor de las civilizaciones venideras. Todos ellos, teóricos y prácticos, han querido participar de la política como actores influyentes, en aquello que consideraban era mejor para el pueblo y los gobiernos.

Errados, discutidos, aplaudidos y enardecidos; decían tener sus razones para postular sus ideas como la solución a los males que aquejaban a las naciones. No dudaron en dejar la comodidad del anonimato, la calidez del ámbito familiar, la camaradería de la amistad; y así someter sus teorías al potro público en el que encadenarían su honor al fuego o expondrían sus almas al batallón de fusilamiento de pensamientos.

Ninguno levantó siquiera una bala del suelo ni blandió un cuchillo en pos de justificar sus pensamientos

El mal necesario

Montesquieu, y su libro Del espíritu de las leyes, es el dueño de la frase que lleva por título el presente artículo. Algo me decía, como un guiño al aire que circulaba por mis pulmones, que aquél hombre de mirada lastimosa, tenía entre sus manos, o más bien en sus aspiraciones, el ADN de la libertad.

Siendo un hombre de la naturaleza, entendido aquello como surgido de la naturaleza humana, era libre de disponer y asimismo prisionero de esa libertad de disposición. Pero su definición de prisión dista mucho de la que conocemos del diccionario de la Real Academia Española. Él lo entendía como un límite, como una defensa y como una certeza. Ese tridente de razones suficientes, era La Ley. Un tridente que no lastima ni hiere, que no provoca derramamiento de sangre, que evita el pensamiento unívoco y monárquico.

Ese mal necesario que fue para él La Ley, vertía su sabia en innumerables avenidas y siempre evitaba los callejones sin salida. Solo por mencionar, su diáfana alma se afanaba por decir «Las leyes inútiles debilitan a las necesarias», «no comparto lo que dices pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo», «no existe tiranía peor que la ejercida a la sombra de las leyes y con apariencias de justicia», «una cosa no es justa por el hecho de ser ley. Debe ser ley porque es justa».

Lamentablemente un solo hombre y sus ideas, no son más que un despojo de la avalancha de las masas

Las disculpas de la culpa

Ella, la culpa, no tiene por qué ser juzgada y encarcelada por su propia definición, por su raíz semántica, por prejuicio, por ese dicho legal «a confesión de parte relevo de prueba».

El hombre ha sido servil a las debilidades, al engaño, a la trampa y al desconcierto. Se ha vuelto irreconocible en su ambiente, en su desarrollo y en sus definiciones. Todo un enjambre de interferencias, silencios y secretos; lo han devuelto a una edad de piedra dónde la conexión con su ecosistema eran la caza y recolección. Desconectado de la realidad, depende así de lo que obtiene y se ufana de su sustentabilidad. Con ésta visión nublada y parcial, rescata y ostenta sus bondades, pone en burla a sus vecinos y eleva el prejuicio que todo aquello que no existe en él, es innecesario, injusto, ridículo y libre de ser caricaturizado por su orbe.

Hay una palabra que aterra más que la propia muerte. El desconcierto. En él se vale todo. En él se desintegra La Ley. En él, el hombre ha creado el Homo homini lupus est de Thomas Hobbes. Es una maldición, cuando el hombre es un lobo para el hombre…

La Ley es un mal necesario y el hombre «necesita» estar maldecido
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