La luz

Para EG,

La luz que desprende un par de ojos enamorados podría iluminar hasta la más oscura habitación.

I

La noche estaba fresca, la fiesta nos seguía, el olor a pólvora delataba que tan cerca se encontraban los festejos. A lo lejos se escuchaba la tambora y los gritos de la gente. Imposible no sentir ganas de bailar.

De tanto en tanto él daba vuelta en la cama. Yo era presa del insomnio pero sabe distinto el insomnio acompañada. La habitación estaba muy oscura no podía distinguir forma alguna. Recuerdo tropezar en mi intento torpe de llegar hasta el baño.

Con la poca luz que dejaba entrar el domo del baño, logré distinguir su espalda desnuda. Me refresqué la cara, volví a la cama, me acosté dándole la espalda, no quería seguir embobada observándolo y sin lograr dormir.

II

Ya había amanecido. No lo notamos puesto que no entraba luz por ningún lado. Eran las once, aún puedo sentir el sabor del primer beso matutino, ese que te da la pila para iniciar el día.

Bañarse, vestirse, desayunar, actos mecánicos adornados con besos y caricias, haciendo de cada movimiento algo extraordinario.

Caminamos y escuchamos el crujido de la tierra y las piedras, nos apropiamos de una ciudad ajena mientras saboreábamos un helado extravagante.

La fiesta ya no estaba, ya no nos esperaba, la noche nos escuchaba atenta, esperaba cualquier invitación, Ese día no ocurrió nada, ya que solo llenamos el aire del cuarto con besos y palabras.

III

No hubo un día que no amara verlo despertar, con el cabello revuelto, los ojos de sueño y la espalda desnuda.

Pasé el día ansiando la noche, para poder iluminar su espalda desnuda con la luz que entraba por el domo del baño, esa luz que era la cómplice de todos mis insomnios.

Lo vi entre la naturaleza, lo vi libre y admiré sus alas. Disfruté del aire y del paisaje y del crujir de la tierra y del sonido de las hierbas mezclado con su voz.

Cerramos ese día con mezcal para aflojar la mente y el cuerpo. Para sentir todo aquello que la sobriedad a veces nos impide disfrutar.

IV

Pasaban las dos de la tarde, desde el amanecer había estado lloviendo, íbamos saliendo de Santo Domingo, corrimos para encontrar el mole prometido, con la piel resplandeciente y la ropa empapada.

Volvimos al hotel para platicar y nos quedamos dormidos. Me despertó el sonido de la fiesta, venía de nuevo la tambora. Aún no era de noche, me quede observando su cara, su gesto de sueño, su cuerpo suelto y confiado.

Podría pasar una vida entera observándolo, podría pasar una vida entera iluminando su espalda con la luz del domo del baño y despertando con sus besos.

A.

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