¿La mejor novela de aventuras jamás escrita?

En Una espléndida sinceridad. Comentarios a las obras de Robert Louis Stevenson (apoyados en opiniones de Chesterton), reúno, repasadas y más completas, muchas reseñas que había publicado en notas semanales en bienvenidosalafiesta.

Pongo aquí, ahora, la versión extensa, que como tal no colgué allí, de Secuestrado y Catriona, o, como a veces se titulan conjuntamente, Las aventuras de David Balfour. Hay quien opina, y yo suscribo esa opinión, que se trata de una de las mejores novelas de aventuras de la historia.

Su argumento tiene como telón de fondo, en el siglo XVII, la lucha de los highlander escoceses contra una monarquía que consideran ilegítima. El primero de los libros comienza cuando, por orden de su tío Ebenezer, que ha usurpado su herencia, David Balfour es secuestrado y embarcado. En el barco intima con Alan Breck, un rebelde jacobita que viste uniforme francés. Después de amotinarse y de un naufragio ambos vuelven a su tierra y David, acompañado por Alan, emprende un largo viaje para recuperar sus derechos. En el camino tienen un fatídico encuentro con el poderoso y temido Colin Roy de Glenure, llamado el Zorro Rojo. Al final, el narrador, que es el mismo David, anuncia que sus andanzas continuarán en otra historia.

Esta es Catriona, una novela escrita varios años después. En ella David se siente obligado a testificar a favor del acusado en el asesinato que presenció en la primera novela, por más que le advierten de que tal cosa le puede acarrear muchos perjuicios. De hecho, encuentra obstáculos inesperados e incluso vuelve a ser secuestrado, o retenido, para impedirle llegar a tiempo de testificar en el juicio. Conoce a Catriona Drummond, nieta nada menos que de Rob Roy, y se enamora de ella. Más tarde, ambos deben viajar a Europa y vivir por un tiempo en Holanda mientras David estudia Derecho en la universidad.

Secuestrado, considerada por el mismo Stevenson la mejor obra de cuantas había publicado, y por algunos críticos como la mejor novela de aventuras jamás escrita, tiene dos protagonistas bien definidos y un hilo argumental marcado por la oposición entre sus caracteres. Los demás personajes no son nunca planos —«hasta el peor de los hombres puede tener su lado bueno», dirá David Balfour del capitán Hoseason— , y las descripciones son diáfanas —«también me fijé en los marineros del esquife, individuos robustos y morenos, unos en mangas de camisa, otros con chaqueta, algunos con pañuelos de colores al cuello, uno con un par de pistolas en los bolsillos, dos o tres con nudosos garrotes, y todos con sus cuchillos envainados».

Es impresionante la capacidad que aquí demostró el autor para ir hilando con toda rapidez, pero también con calma, una secuencia de acontecimientos emocionantes: primero la orfandad, la herencia, y el tío siniestro; luego el secuestro, el barco, la tripulación inquietante, el motín, el naufragio y las escenas de David a lo Robinson en un islote solitario; después, el viaje de Alan y David por Escocia con multitud de incidentes, unos externos a ellos, pues son testigos de un asesinato y perseguidos como si fueran los culpables, y otros que se derivan de la relación, a veces tensa, entre los dos. Además, queda de manifiesto cómo Stevenson, con su estilo propio de intentar expresarlo todo por medio de acciones dramáticas, pone al descubierto el mundo interior de David y Alan mejor incluso que si dedicara varios párrafos a describir la quisquillosa susceptibilidad del primero y la jactancia caballeresca y altiva del segundo.

Stevenson abandonó la novela de David Balfour a la mitad, en un momento en el que alcanzó un buen punto final, porque se veía incapaz de proseguirla. La retomó varios años después, cuando ya vivía en Samoa, y escribió en cuatro meses Catriona —cuyo título fue una desafortunada imposición del editor—. Esta es una novela con menos garra, o con menos interés aventurero, que Secuestrado, pero valiosa por varias razones.

Una porque, dicen los expertos, es el libro más escocés del autor en cuanto al lenguaje: hay un gran contraste entre el dialecto suave y lowland que habla David, el más inglés del libro, y la variedad de dialectos o de frases propias de las highlands de otros personajes.

Otra, porque con esa novela Stevenson logró el retrato más completo que nunca hizo de la personalidad de cualquiera de sus héroes: el camino hacia la madurez de David Balfour queda descrito de modo satisfactorio (aunque los lectores puedan lamentar sus momentos de torpeza). No faltan tampoco personajes secundarios tan interesantes como el lord abogado Prestongrange, al que David acude para exponer su difícil situación, del cual dice Chesterton que es «un intento de hacer una cosa muy difícil: describir un político que no ha dejado completamente de ser un hombre».

Y un último punto es que Catriona también fue —antes de abordar la cuestión en El Weir de Hermiston—, su mejor logro a la hora de describir la felicidad de los enamorados, un tema en el que deseaba rehuir tanto el romanticismo abusivo como el nuevo y más crudo realismo de algunos autores, ambos tan a la moda entonces.

En cuanto a lo que Secuestrado y Catriona tienen de novelas históricas, Chesterton destaca la disposición crítica equilibrada de Stevenson, heredada en parte de la que tenía Walter Scott, pues en sus obras se ve «la paradoja de hallarse intelectualmente al lado de los Whigs y moralmente al lado de los Jacobitas». Lo anterior se nota también en cómo el héroe mantiene una posición éticamente prudente pues no aplaude el tiranicidio pero tampoco dice nada que justifique y abone la tiranía.

Chesterton afirmaba que «las dos novelas sobre David Balfour son ejemplos muy notables de […] la nota stevensoniana: la manera viva y brillante; los breves discursos; los gestos tajantes y el agudo perfil de energía, como el de un hombre que avanza recta y rápidamente por el ancho camino. Las grandes escenas de Secuestrado, la defensa de la cámara en el buque o el enfrentamiento del tío Ebenezer y Alan Breck, están llenas de estas frases explosivas que parecen derribar las cosas como pistoletazos».

Para explicar cómo Stevenson atesoraba el arte de los grandes narradores, el «talento […] de no tocar nada sin animarlo», Chesterton puso un ejemplo concreto de Secuestrado. Señalaba que lo conseguía porque usaba las palabras con cuidado y precisión y porque sabía emplear imágenes que destacan en contornos muy definidos. En particular, llenaba de colorido todo lo que describía: «apenas había una nube en el cielo el día fatídico que Glenure cayó muerto a pleno sol; y Glenure no tenía el pelo rojo porque sí. Stevenson se siente incluso impulsado a mencionar que el criado que le seguía iba cargado de limones; porque los limones son de color amarillo. Esta manera de componer un cuadro puede no ser consciente, pero no por ello es menos característica». Es decir, en las descripciones de Stevenson hay una «sensación de exactitud y de preciso detalle que pertenece enteramente al día» y, por ejemplo, «sus historias de las Highlands tienen de escocés todo, excepto la niebla escocesa», «hay muy poca niebla en las montañas de Stevenson. Hay muy poca penumbra céltica en aquellos celtas».