La Náusea de Andrés

¿Ha donado usted sangre?

Empezaré por decir que cuando alguien lee un libro, en cierta medida no es la persona la que lo elige, sino que hay mucho del libro eligiendo a la persona. Esto aplica a cualquier forma de expresión humana; sepa usted que estas líneas lo están eligiendo.

Hoy estuve sentado 17 minutos mientras me sustraían 450 ml de sangre de mi brazo derecho. Esto es algo que hago cada 2 meses, me levanto temprano y cruzo la ciudad en el metro hasta que salgo a la luz del día y después de una iglesia evangélica, de un restaurante y una tabaquería llego al Hospital Italiano. Lleno el formulario mecánicamente y la doctora me pregunta si algo ha cambiado desde la última vez que fui. La respuesta siempre es no.

Después de leer La Náusea de Sartre, tengo que confesar que estuve detrás de este libro durante varios años. Lo busqué en muchas librerías y bibliotecas y al final me contenté pensando que Sartre era un autor vedado en la sociedad donde nací y que eventualmente abriría una puerta más hacia mi libertad una vez pudiera alcanzar ese texto profano. Entenderá usted que deposité en ese libro muchas ilusiones. Eso fue en mi juventud.

En la novela, básicamente no pasa nada —me recuerda a una frase que sugería que así deberían escribirse las novelas—. El relato en voz del escritor Antoine Roquentine empieza muy descriptivo y muy detallado —disfruté mucho el uso del lenguaje y me quedó el sinsabor de lo que será esa obra escrita en francés—. Sin embargo, a medida que va madurando la historia se hace más interna, más claustrofóbica. Casi que se aprende a convivir con la respiración de Antoine. Hay escenas cuya construcción tiene mucha belleza, que tienen una poética muy delicada y cuya interpretación exige algún bagaje literario y filosófico. Sin embargo lo relevante gira alrededor de escenas donde la banalidad es precisamente el plato central y hostiga el paladar literario. Creo humildemente que ahí está el valor de la obra. Esta es la especialidad de Sartre. Él está empeñado en destruir sistemas de valores —al mejor estilo nihilista—. No en vano se considera a Sartre un abanderado de Nietzsche.

Lo que a mi me deja esta lectura son las cavilaciones con respecto a la existencia, al ser. Esa irreductibilidad del ser; ese no-poder-deconstruirse. Esa patética necesidad de demostrar la existencia, para ello usa al pederesta autodidacta; para caricaturizar esa búsqueda de la existencia que termina en nada. Yo podría sumar mi propio ejemplo ahora que estoy nauseabundo por la escasez de sangre en mi cuerpo; cada vez que me siento en el banquillo de donante la doctora me hace un riguroso examen para saber la calidad de mi sangre, además de estudios de laboratorio sobre la misma. El examen no es más que otro juicio social pero que carece de tapujos. ¿Se acuesta con más de una mujer? ¿Tiene tatuajes? ¿Aspira cocaína? ¿Se inyecta? ¿Es homosexual? ¿Ha estado en la cárcel? ¿ Su pareja es confiable? ¿Ha ido a alguno de los países de la periferia? Y sin embargo yo estoy ahí sentado 17 minutos para entregarle a un desconocido, a un don nadie un pedazo de mí. Un tesoro líquido que hasta ayer corría por mis venas, a alguien que podría ser un pederasta, un ladrón, un cura, un comunista o fascista. Si me pregunto es un premio o un castigo, creo que en el fondo lo que me pregunto es si me habita o no La Náusea.

Hoy con una gasa pegada al brazo mientras escribo estas líneas puedo decirle que esta lectura me pareció terriblemente densa. Me recordó los vericuetos de Que viva la música o de Opio en las nubes pero sin la promiscuidad, las drogas, los anhelos juveniles y con mucho mucho tedio. Sartre logra lo que se plantea con este libro; imagen de la vida en colores lúgubres. Ahora bien, para salir de hippismo postguerra del dadá propongo algo más ácido, más cáustico. ¿Qué tal seguir con Karl Von Clausewitz y su afamado De La Guerra?

Espero sus comentarios.