La prueba del cáncer de próstata que me salvó la vida

Por Ben Stiller

«Pues sí, es cáncer».

Mi urólogo pasó de hablar de lo inconveniente que había sido recoger a su hija en la escuela esa misma mañana a diagnosticarme cáncer sin pestañear. Dos semanas antes, ni siquiera tenía un urólogo.

«Sí», dijo, un poco desconcertado mientras miraba los resultados, «hasta yo estoy sorprendido».

Mientras mi nuevo doctor ponía mi mundo patas arriba y hablaba sobre núcleos celulares y puntuaciones Gleason, probabilidades de supervivencia, incontinencia e impotencia, por qué la cirugía podría ser buena y qué tipo tendría más sentido, su voz, literalmente, se desvaneció como en cualquier película o serie de televisión en la que a un tipo le cuentan que tiene cáncer… el típico momento Walter White, salvo que era yo, y nadie estaba grabando.

Me diagnosticaron cáncer de próstata el viernes 13 de junio de 2014. El 17 de septiembre de ese mismo año me dieron los resultados de una prueba que decía que ya no tenía cáncer. Los tres meses intermedios fueron un viaje en montaña rusa con el que se pueden identificar unos 180.000 hombres al año, en los Estados Unidos.

Justo después de conocer la noticia y todavía intentando procesar las palabras que hacían eco en mi cabeza (probabilidad de supervivencia-vivencia-vencia-cia… incontinencia-tinencia-nencia-cia…), rápidamente me puse delante de mi ordenador y busqué en Google «hombres que han tenido cáncer de próstata». No tenía ni idea de qué hacer y necesitaba alguna prueba de que esto no era el fin del mundo.

John Kerry… Joe Torre… excelente, ambos todavía fuertes. Mandy Patinkin… Robert DeNiro. Enérgicos. Vale, genial. Sintiéndome relativamente optimista, tuve que realizar una búsqueda más, por supuesto. Mientras todo se oscurecía a mi alrededor, escribí en la barra de búsqueda «han muerto» en lugar de «han tenido».

Mientras aprendía sobre mi enfermedad (uno de los aprendizajes clave es no buscar en Google «personas que han muerto de cáncer de próstata» inmediatamente después de haber sido diagnosticado), fui capaz de asimilar el hecho de que era increíblemente afortunado. Afortunado porque mi cáncer fue detectado a tiempo. También porque mi internista me hizo una prueba que no tenía por qué hacer.

Hacerme la prueba del antígeno prostático específico (PSA) me salvó la vida. Literalmente. Es por eso que estoy escribiendo esto ahora. Ha habido mucha controversia sobre la prueba en los últimos años. Artículos y opiniones sobre si es segura, estudios que parecen ser interpretados de muchas formas diferentes y debates sobre si los hombres deberían hacérsela o no. No estoy ofreciendo un punto de vista científico, solo uno personal basado en mi experiencia. Mi conclusión: tuve la suerte de tener un doctor que me hizo lo que él llamó una prueba PSA «de partida» cuando tenía cerca de 46 años. No hay antecedentes de cáncer de próstata en mi familia y no estoy en el grupo de alto riesgo no teniendo —al menos que yo sepa— ascendencia africana o escandinava. No tenía síntomas.

Lo que tuve —y estoy sano hoy por ello— fue un internista cuidadoso que creyó que estaba cerca de la edad para empezar a comprobar mi nivel del PSA y lo comentó conmigo.

Si hubiera esperado, tal y como recomienda la American Cancer Society, hasta que tuviera 50 años, no habría sabido que tenía un tumor en crecimiento hasta dos años después. Si él hubiera seguido las directrices del US Preventive Services Task Force (USPSTF, por sus siglas en inglés), jamás me habría hecho la prueba y no hubiera sabido que tenía cáncer hasta que ya fuera demasiado tarde para tratarlo con éxito.

En mi caso, mi médico, Bernard Kruger, observó cómo los resultados de mis pruebas del PSA aumentaron durante un año y medio, haciéndome el examen cada seis meses. Conforme los números continuaban aumentando, me mandó al urólogo, quien me sometió a un control físico ligeramente invasivo en su consulta, con un dedo enguantado. Esto no duró más de 10 segundos. Aunque yo no lo recomiendo como entretenimiento, sorprendentemente hay quien no lo recomienda en absoluto. Tras este examen, y observando los crecientes números del PSA, sugirió una resonancia magnética (IRM) para obtener una hoja de ruta de mi próstata.

Es un procedimiento no invasivo como el que los atletas pasan para comprobar si tienen alguna lesión del ligamento cruzado anterior. Es ruidoso pero indoloro. Después de estudiar los resultados de la IRM, mi doctor recomendó una biopsia para nada divertida. A diferencia de la resonancia, la biopsia fue totalmente invasiva: largas agujas en zonas sensibles y más charlas sobre niños y recogidas en la escuela.

La biopsia dio positivo. Obviamente, «positivo» en un examen médico generalmente no es tan positivo. Mi puntuación Gleason [ENG] era 7 (3+4), lo que está categorizado como «cáncer de agresividad media». La cirugía estaba recomendada. En este momento, decidí salir a buscar algunas opiniones diferentes. Todos los médicos con los que hablé coincidieron en que el tumor debía ser extirpado.

Finalmente, encontré a un cirujano maravilloso llamado Edward Schaeffer, con el que me sentí cómodo. Realizó una prostatectomía radical laparoscópica asistida por robot. Gracias a un montón de habilidad y a un poco de la beneficencia de un poder superior, pudo extirpar todo el cáncer. Al escribir estas líneas, llevo dos años sin cáncer y estoy extremadamente agradecido.

Por tanto, ¿qué problema hay con esta prueba del PSA y por qué es tan controvertida?

Se trata de un simple análisis de sangre, sin dolor. No es peligroso en sí mismo. Si el valor del PSA (antígeno prostático específico) es elevado en la sangre, o los niveles se elevan considerablemente con el paso del tiempo, podría indicar la presencia de cáncer de próstata. Definitivamente no es sencillo de manejar.

La crítica a este examen es que, dependiendo de cómo se interpreten los datos, los médicos pueden enviar a los pacientes a que se realicen pruebas complementarias, como la IRM y la invasiva biopsia, cuando no es necesario. Los facultativos pueden encontrar cánceres de bajo riesgo que no son potencialmente mortales, especialmente en pacientes de mayor edad. En algunos casos, los hombres con estos tipos de cáncer reciben un «tratamiento excesivo» como la radiación o la cirugía, resultando en efectos secundarios como la impotencia o la incontinencia. Obviamente, esto no es bueno; sin embargo, todo depende de la competencia del médico que atiende al paciente.

Pero sin esta prueba, o sin ningún procedimiento de detección, ¿cómo los médicos van a detectar casos asintomáticos como el mío antes de que el cáncer se extienda y se metastice por todo el cuerpo volviéndose incurable? ¿O qué pasa con los hombres con mayor riesgo, aquellos con linaje africano, y los hombres con un historial de cáncer de próstata en su familia? ¿Debemos, tal y como los USPSTF sugieren, no explorarlos? Existe una evidencia creciente [ENG] de que estas directrices han llevado a la detección tardía de casos de cáncer de próstata a los que los pacientes ya no podrán sobrevivir.

Cinco años después de su recomendación inicial para detener la prueba PSA, los USPSTF están actualmente, según su sitio web, «actualizando sus recomendaciones». Creo que los hombres mayores de 40 años deberían tener la oportunidad de discutir la prueba con su médico y conocerla, para así poder tener la oportunidad de someterse a ella. Después de eso, un paciente informado puede tomar decisiones responsables en cuanto a la forma de proceder.

He tenido muchísima suerte de tener un doctor que me ofreció estas opciones. Después de elegir pasar por la prueba, me dirigió a médicos que trabajan en centros de excelencia en este campo [ENG] para determinar los pasos a seguir. Es un tema complicado y en evolución. Pero en este mundo imperfecto, creo que la mejor forma de determinar un plan de acción para los tipos de cáncer más tratables —aún mortales—, es detectarlos pronto.


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Este texto es una traducción del original escrito por Ben Stiller en inglés. También puedes leerlo en alemán, francés e italiano.