¿es necesario dudar tanto?

La respuesta a todo es una pregunta idiota

(o por qué tu vida no es una catástrofe)

Tengo la teoría de que vivimos en la época del conflicto absurdo, preocupados por cosas sinsentido que terminan atormentándonos porque somos tan estúpidos que nos gusta creer que el universo se limita a nuestro entorno. (¿Hay vida más allá de la mía propia? Jamás, mis problemas son El Problema).

Nos torturamos usando la razón para complicarnos más que para ser más llevaderos. Inventamos dilemas y conflictos que nos paralizan cuando la solución es simple; y cuando nos lo hacen saber, nos escudamos detrás de un “es que no me entiendes”. (Pues cómo, si todo exageramos).

Terminamos en una escalera de confusión donde una duda sencilla te guía a otra y luego a otra, hasta que tocas fondo y, ahora sí, tu vaso de agua se vuelve una tormenta. Nos hemos convertido en la generación de la encrucijada. ¿Cuál es la mejor decisión? ¿Habré actuado mal? ¿Por qué dije que sí cuando quería decir que no? ¿Por qué me importa ¿Y si me equivoco? ¿Ahora qué hago?

Por eso es que disfruto tanto cuando alguien me cuenta con angustia algún dilema y noto, con el criterio que mi arrogancia me otorga, que el supuesto dilema no es más que una simple comezón existencial que terminó sangrando de tanto que fue rascada (con sus debidas excepciones, claro).

Esto me ha convertido en un adicto a las “tragedias ajenas” (que deberían importarme un carajo) y me hace buscarlas a diario. Por suerte, como vivimos en una sociedad donde nos han enseñado que hablar de lo que te pasa es mejor terapia que mantenerte en silencio, mi dosis de tragedias es fácil de conseguir. La dinámica es simple, basta con preguntar “¿todo bien?” para que, por arte de magia, la otra persona comience a desahogar lo que sea que está picándole el cerebro. Y entonces escucho con atención historias de angustia acerca de empleo, relaciones, deudas, discusiones, indecisión y demás cosas que están muy lejos de representar un daño irreparable en el destino. Una vez que pasa el desahogo y el desahogado pide mi opinión, hago preguntas específicas, proceso la información del supuesto conflicto y, entonces, opino con toda la seriedad del mundo: “¿y luego?”.

Y luego, nada; el protagonista se incomoda o se ofende. Desde su postura como centro del universo, no entiende por qué algo tan importante para él no es importante para mí y soy un idiota que minimiza todo y para qué te cuento si te vas a burlar. Como si fuera necesario que te sumaras a su tragedia para sufrir juntos y encontrar la solución. No.

Más allá del posible sadismo y mi opinión aparentemente inservible, trato de explicar que no contesto así con la intención de molestar o de burlarme (tanto). Contesto así por experiencia personal, ya que mediante preguntas simples he solucionado grandes conflictos existenciales (idiotas) en mi vida. Preguntas tan estúpidas como “¿se te pudrirá el estómago si después te arrepientes?” me dejan claro lo que debo hacer aunque fracase en el intento (cuando la respuesta es sí, entonces me detengo a pensarlo más). Después de todo, la única forma de resolver un dilema idiota o salir de un conflicto absurdo nacido de la estupidez es abordándolo desde la estupidez misma.

  • ¿Quieres renunciar a tu trabajo pero no te atreves? ¿Qué es lo peor qué puede pasar? (Si las consecuencias en tu vida son grandes, planea mejor; si no, renuncia y preocúpate luego).
  • ¿Te peleaste con tu pareja? ¿Tiene solución? (Sí, discúlpate; no, termina con eso).
  • ¿Estás endeudado y eso te quita el sueño? ¿Irás a la cárcel por ello? (Sí, vende un órgano; no, ya se resolverá).

Y claro, algunos necesitan preguntas más elaboradas (aunque igual de idiotas) que otros. Sea como sea, el objetivo de preguntar este tipo de cosas es restarle importancia a lo que sea que te atormenta para que veas que tu decisión no es tan complicada como crees.

“No es tan fácil”. Pues no, por cada posible respuesta/solución encontrarás un posible pero y seguirás enredándote hasta que la situación decida por ti y termines más frustrado que cuando empezaste. La ventaja es que entonces tienes todo el derecho a lamentarte y seguir quejándote con algún idiota como yo que adora escuchar tus tragedias para responderte con una pregunta irrelevante con la intención de ayudarte un poco, pero con la esperanza de que sigas eligiendo mal para continuar nutriendo su adicción a la tragedia. Todo sea por mantener a salvo el círculo vicioso.

En resumen: el mundo no se acaba, aunque quieras que sí.

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