La Venezuela a fragmentos: El país sin rostro.

Hace poco, un amigo Mexicano me insistía que la situación de Venezuela era una mezcla de irresponsabilidad política, torpeza ciudadana e historia reciente de un país profundamente traumatizado por la pobreza. Además, me insistió que Venezuela en contexto sólo es otra de las tantas experiencias fallidas del humanismo tradicional, aderezado por cierta efervescencia personalista. Se sorprendió cuando lo contradije.

— Venezuela se mira así misma desde la idea de la victima — me insistió — en realidad, hay pocos países que no lo hagan. Pero especialmente en tu país, la idea del país que padece los errores recientes y consistentes de la casta política, es recurrente. Hablamos de un país presidencialista, con una renta petrolera que convirtió al Estado en el principal empleador y además, en una especie de figura paternal sustitutiva. Si lo miras desde esa perspectiva, Venezuela labró su camino hacia el desastre.

— Simplificas la situación: indudable sufrimos una deuda histórica con nuestros propios errores de percepción política y social, pero también se trata de un entramado ideológico que se sostiene sobre la pobreza, la exclusión y el resentimiento de clases — le respondí — Venezuela tiene un preocupante pasado político pero también, sufre un sistema que justamente se sostiene sobre esa visión del país victima que mencionas.

— Indudablemente, no lo cuestiono. Pero si todos los sistemas anteriores no hubiesen asumido su idea del poder desde la jerarquía vertical y el militarismo, el clasismo, la exclusión y la marginación, probablemente ahora Venezuela pudiera comprenderse de otra manera.

No tuve otro remedio que admitir que tenía razón. Después de todo, Venezuela siempre ha comprendido el poder como un atributo del cargo y el funcionario, una compleja red de interconexiones de ideas y conjeturas sobre el Estado como objetivo y origen de las relaciones entre ciudadanos. En Venezuela, el poder se sostiene sobre la tendencia al absolutismo y lo que resulta más peligroso, sobre la personalidad de quien lo detenta. En otras palabras, en Venezuela el poder no se analiza como una idea política — con las limitaciones y restricciones que puede suponer el planteamiento — sino como una capacidad del actor político para ejercerlo. Un matiz tan preocupante como peligroso.

Luego de la conversación con mi amigo, analicé durante varios días las ideas que debatimos. Lo hice además, desde la posibilidad de comprender la historia reciente de Venezuela como una serie de piezas que crearon el mosaico ideal para un caos político, social y ecónomico como en el que padece. Y encontré que no sólo somos un ejemplo evidente de la distorsión de esa idea sobre el manejo del poder sino también, de la construcción de la sociedad sobre la base de ideales difusos. Una combinación que sin duda allanó el camino para la percepción de la política como arma ideológica y más allá el Estado como parte de un entramado de ideas destinadas a la satisfacción de un ideal presidencialista.

¿Y cuales serían las piezas del Mapa político que crearon a la Venezuela actual? Quizás las siguientes:

  • La idea del poder político como atributo personal:

La mayoría de los Venezolanos suelen votar por un presidente antes que por un proyecto político. Una y otra vez, el elector Venezolano ha brindado su confianza a una hombre y su capacidad para capturar y manipular la atención de las masas que a una propuesta específica construida para el servicio público. De hecho, en pocas campañas electorales, la disputa política se sitúa más allá del campo de lo emocional: El enfrentamiento sugiere no sólo una noción del poder como una idea personal — como lo utilizaré — en lugar de una percepción de equipo — como será construido — lo que crea un interpretación sobre la función pública utilitaria, relacionada con la opinión política antes de la cualidad del servicio público del cargo que se desempeña. Un planteamiento preocupante si se analiza desde el extremo que en Venezuela las instituciones y límites legales destinados a restringir el uso del poder, parecen mucho más relacionados con la forma del desempeño del poder que con su objetivo.

  • La idea del voto como único elemento democrático:

En Venezuela se vota con mucha frecuencia. De hecho, luego de la llegada al poder de Hugo Chavez Frías, el voto directo se convirtió en una matriz de opinión necesaria para convalidar cualquier actuación del gobierno y la estructura de poder. Pero en Venezuela, el voto constituye el único aspecto democrático que se respeta a cabalidad, a pesar que la representatividad del resultado de la elección pocas veces tiene verdadera importancia política. En otras palabras, en Venezuela aún existe la figura del voto como elemento democrático pero sin que sea por sí mismo, una idea que planteé algún cambio o tenga un efecto real dentro de la organización de poder. Porque en Venezuela se vota, pero la representatividad es ideológica antes que electoral.

Sin embargo, el resto de las características democráticas se desconocen e incluso, se suprimen a conveniencia del gobierno. Desde la necesaria e imprescindible independencia de los poderes públicos hasta la percepción del país plural, Venezuela carece de una verdadera visión sobre la capacidad del poder para asumirse como expresión del servicio público e incluso, interpretación política.

  • El Estado como principal empleador:

El Estado Venezolano siempre fue mucho más grande y controló mucho más aspectos de la vida ciudadana de lo que le permitía su estructura económica. E incluso, la simple lógica de la infraestructura de un Estado democrático. No sólo como promotor de la administración pública sino también como propietario y administrador de una interminable lista de empresas relacionadas con servicios públicos, la construcción, minería, turismo, entretenimiento. De manera que el aparato del Estado se transformó con el transcurrir de las décadas en la primera opción laboral de para una buena cantidad de ciudadanos, así como eje central de la actividad económica del país.

Y debido a lo anterior, la administración pública Venezolana no es sólo tiene una considerable peso sobre el entramado económico — representa, un porcentaje considerable de los puestos de trabajo para la población activa del país — sino que además, permite el control político e ideológico directo sobre el trabajador. Siendo así, el Gobierno de turno siempre ha tenido la posibilidad de manipular — de mayor o menor forma — el peso en opinión e incluso en valor e importancia electoral, del trabajador bajo su nómina. Una situación que empeoró y aumento su peso e importancia durante el Gobierno de Hugo Chavez. La administración chavista no sólo aumentó exponencialmente el tamaño del Estado sino que además a través de la figura de la expropiación, debilitó el sector privado hasta disminuirlo y colocarlo en una situación de minusvalía frente al elemento público. Con el añadido del ingrediente ideológico, la relación laboral en la administración pública y otros entes del Estado tiene una enorme relación con ideas políticas basadas en la lealtad debida y en la jerarquización vertical. Una preocupante interpretación sobre las relaciones de poder y las atribuciones inmediatas del funcionario público como miembro de la burocracia estadal.

  • El descontento genérico no estructurado:

Según una estadística reciente, en Venezuela ocurren unas 20 o 30 manifestaciones callejeras diarias en diferentes puntos del país. La mayoría de los ciudadanos están descontentos con el sistema de gobierno y critican abiertamente las decisiones de la administración de Nicolas Maduro. No obstante, no existe una oposición política efectiva, estructurada y sobre todo representativa que aglutine las opiniones y las transforme en reacción cultural y social. El fenómeno sugiere que los líderes visibles de la oposición política no logran obtener la aprobación del ciudadano como representante y lo que resulta aún más peligroso, una identificación real con el electorado posible. Así que, en Venezuela la oposición como opción se encuentra fracturada y fragmentada en decenas de opiniones disimiles que no logran construir una visión unificada, mucho menos influyente que pueda enfrentarse a la visión gubernamental. De hecho, el gobierno maneja la estrategia de la fragmentación de la propuesta política opositora, logrando de hecho, que sea percibida como un partido político — en lugar de un proyecto coherente — y sobre todo, estructurada a base de la reacción en lugar del análisis de la situación país que atravesamos.

  • El país leal:

Siendo que la mayoría de los electores venezolanos vota por un líder antes que un proyecto, la política en nuestro país — y sobre todo sus implicaciones inmediatas y a mediano plazo — parecen más relacionada con un componente afectivo y visceral que con un planteamiento racional. De manera que en Venezuela, la crítica política se considera un ataque directo no sólo contra los planteamientos elementales del Gobierno, sino además contra cierta percepción del gentilicio representado a través del poder. Y es que en Venezuela el poder tiene un rostro reconocible, nombre e inclinación política definida y se utiliza como herramienta de presión ideológica y cultural. En Venezuela un funcionario público ejerce el poder como arma directa contra la oposición moral y de hecho, asume el hecho país como un debate de extremos en disputa. De hecho, el discurso político se basa esencialmente en el ataque al contrincante y en la transformación de la opinión crítica en acusación y estigmatización del ciudadano. Así que en Venezuela, el debate político se ha resumido a una batalla insustancial de ideas políticas superficiales, basadas en la obediencia ideológica.

  • El país sin ideología:

Cuando Chavez asumió el poder, propuso como opción electoral una sobria opción de Centro — Izquierda, bastante parecida a la base ideológica que hasta entonces había sido parte estructural de la mayoría de los Gobiernos de la democracia bipardista. No obstante, Chavez mezcló esa visión política con postulados tradicionales de la izquierda histórica, además de diversas posturas dogmáticas que llamó “revolucionarias” en un intento por lograr un paralelismo con otras luchas reivindicatorias de la región. ¿El resultado? Una improbable combinación de Capitalismo de Estado — el Gobierno que maneja la super estructura de la producción y el comercio en base a demanda y oferta — y un socialismo teórico basado en su mayor parte en experiencias contradictorias y de cuestionable éxito alrededor del mundo. Y es que el socialismo a la Venezolana, más que un propuesta ideológica, es una combinación poco consistente de interpretaciones políticas. Una contradicción teórica, con enormes fallas estructurales y destinado no sólo a crear una idea país que se sustenta sobre la figura personalista sino el poder como sustento del discurso político y no como su objetivo. Una ambigüedad que ha convertido al Estado Venezolano en un híbrido de tendencias ideológicas sin ningún tipo de consistencia intelectual.

  • El país de la Propaganda:

En Venezuela hay dos realidades: la factible y la que se muestra a través del considerable aparato de propaganda del gobierno. En otras palabras, la realidad Venezolana se reconstruye a la medida y satisfacción del Gobierno. Sobre todo, a conveniencia. La manipulación de factores y noticias a través de la llamada “hegemonía comunicacional” incluye además, la caricaturización y linchamiento moral del contrario, con lo cual el gobierno no sólo aplasta cualquier tentativa de oposición estructurada sino que encuentra un chivo expiatorio al cual responsabilizar por las fallas políticas y de discurso. Un esquema a su medida que además le permite crear un clima de enfrentamiento constante, evidente, insistente que desarticule cualquier intento opositor de componer una respuesta política directa al gobierno.

Una lista corta pero que resume la percepción del país como una consecuencia no sólo de la actuación inmediata sino de los elementos que componen su identidad actual. Un rompecabezas complicado y cuya complejidad aumenta a diario. Además, una visión del país social cada vez más quebradiza e incierta. La Venezuela anónima y sin rostro.

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