Las burbujas en las que vivimos

Hay un placer, un momento de regocijo personal, cuando lo que lo que hace ya un tiempo defendías pero por razones de pereza, falta de ganas o porque tenías trabajo, nunca te habías arremangad para documentarse y demostrarlo, se publica en un medio de gran postín. Hoy Neus Arqués¹ ha compartido una noticia de The Guardian² que básicamente afirmaba lo que ya he defendido antes³ pero, además, aportaba pruebas.

No voy a afirmar que todo era mejor en el pasado, lo que no cabe duda es que era bastante diferente a lo que ocurre en la actualidad. Si hace unos años te tocaba comprar un producto con todo lo que este encerraba, ya sea un periódico para leer a un columnista o un disco por una canción, como mínimo tenías en tus manos información diferente que podías escuchar. Algunas piezas te gustarían más y otras menos, pero con suerte, otras pocas quizás te hicieran ampliar tu visión del mundo introduciéndote a otros de estilos musicales o otros puntos de vista.

Este negocio parecía util para todos, los medios podían incluir opiniones diferentes para dar mayor abanico al medio y los músicos podían arriesgarse a experimentar con composiciones y estilos no habituales. Siempre y cuando existiera el gancho que hacía comprar todo el producto la suma financiera tenía saldo positivo. Por otro lado, al consumidor se le ofrecía la opción de explorar otras opciones.

En un punto, ambos dos perdieron el interés en este equilibrio. Los primeros empezaron a rellenar el producto de contenidos de calidad cada vez más bajas a expensas de incluir contenidos alternativos de calidad, y los consumidores se dieron cuenta y se quejaron y empezaron a cambiar sus hábitos y preferían consumir el producto de otras formas, o leen el periódico en el bar o le deja una cinta un amigo.

Con todo esto, llegó el fenómeno de vender y empaquetar cada noticia, canción o lo que fuera de forma individual. Noticias sueltas, canciones por 0,99 € y de este modo, el trabajo global que comportaba crear un medio de comunicación o componer un álbum empezó a medirse no por el global sino por el resultado individual de cada una de las partes. Como los directivos son así hicieron rápidamente la ecuación, ¿para que voy a invertir en preparar un producto que no vendemos? Centrémonos en el que sí vende y que se encargue otro de dar una visión global del mundo.

Con esta idea en mente aparecen los conceptos de noticias virales, escribir para Google, la búsqueda del producto que impacte. Todos y cada uno de los actores implicados ya no están en el trabajo de informar o crear arte, sino en vender de forma cada una de sus creaciones.

Sumada a esta degradación, hay que añadirle los algoritmos. Esos pequeños códigos que aprenden de lo que leemos, de lo que nos gusta y que saben todo lo que hacemos —y esta es la clave— con lo que los buscadores en vez de buscar la mejor respuesta a una pregunta o inquietud, se dedican a buscar la respuesta que mejor encaja con nuestro propio perfil. Parece interesante, las noticias y canciones que a mí me interesan, pero el precio a pagar es que nos perderemos lo que no nos interesa pero que es igualmente importante para estar informado. Quizás yo quiera saber sobre la lucha sindical y conseguir un mejor sueldo, peor quizás sería útil estar informado si la industria en que trabajo está en crisis y que vienen tiempos oscuros.

Todo sumado nos da un buscador que más que buscar nos da una más bocadillos de sobrasada cuando lo que necesitamos es una ensalada, y empresas que siendo conscientes que gusta más un bocadillo de jamón serrano que una rama de apio, inundan la red con versiones de todo gusto y pelaje de jamones. Vale que la metáfora está un poco pillada por los pelos, pero es para hacerse una idea.

Es muy diferente lo que quiero y lo que necesito, tanto a nivel de alimentación como de conocimiento. Con toda la tecnología y el cambio empresarial vamos de cabeza a un mundo donde no es tan importante que lo que se cuente sea cierto y relevante, sino que me interese, que me toque a mi decidir si es cierto o no, y lo más grave, sin tener las herramientas necesarias para decidirlo.

El resultado no sé si es deprimente o si estamos peor, pero desde luego implica un reto intelectual para todos nosotros. Ser conscientes de que vivimos en una burbuja que nosotros mismos alimentamos al aceptar las condiciones de uso de muchas web de internet, y que con este sesgo, hemos de aprender como buscar el punto de vista contrapuesto al nuestro para poder tener una visión completa del mundo, y os aseguro que es un proceso más complicado de lo que parece.

Creo que es el reto al que nos enfrentamos, ya no tenemos fuentes creíbles y que filtren en función de la realidad sino medios que vomitan —y escojo la palabra a conciencia— contenido orientado a ser visto sin ningún tipo de respaldo de objetividad, y han traspasado su obligación moral a los propios consumidores, que ya bastante tenía con su propio sesgo como para ponerse ahora el plugin de periodista para verificar y contrastar las noticias que le llegan con titular no te vas a creer lo que.

Soy consciente que la satisfacción del buen te lo dije no compensa la gravedad del asunto, pero como vivimos en un momento umbilical⁴, dame cinco minutos para rebozarme en mi ego.


  1. Neus Arqués. Imparto cursos y conferencias, siempre sobre marca personal y visibilidad. Soy profesora en diversos programas de postgrado en marketing y comunicación y como analista digital me citan entre las 35 españolas más influyentes en Internet.
  2. Viner, Katherine. «How technology disrupted the truth», The Guardian. 2016–06–12
  3. Salgado, Jose. «Prensa, Comunicación y Libertad», Exelisis. 2015–02–3
  4. Estar más pendientes de nuestros ombligos de lo que realmente es importante y útil para el colectivo.

Publicado en Exelisis

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