Las contraseñas tienen sus propias historias. Estoy pidiendo escucharlas


Un hombre escribió que todavía no entiende por qué durante veinte años ha usado «Tropa 64» como su contraseña, referencia a un campamento de verano, de su juventud, dónde un supervisor le acosó a él y a otra docena de chicos.

«Arafat» era la contraseña de una mujer que trabajó en un bufete de abogados judío-ortodoxo. Ella supuso que sería lo último que alguien adivinaría.

Otros: el nombre de un perro que fue asesinado por un conductor descuidado, el modelo de su primera pistola, la marca de una batería perdida en un incendio en la casa de la infancia, el nombre del profesor de química que inspiró su carrera.

Pocas cosas son tan universalmente despreciadas como las contraseñas: las cadenas que ponen en nuestra memoria, la infinita demanda para actualizarlas, su gran número. Pero hay mucho más en las contraseñas que su molestia. En nuestra autoría de las mismas, en el hecho de que las construimos para que nosotros (y solo nosotros) podamos recordarlas, asumen vidas secretas. Cosas ocultas dentro de esos códigos, no solo tras ellos.

Muchas de nuestras contraseñas están cubiertas de metáforas, travesuras, algunas veces, incluso, pathos. «Poemas de una palabra» es cómo alguien me las describió. «Motivaciones caseras para momentos de reflexión». Muchas veces tienen ricas historias tras ellas. Un mantra motivacional, un golpe al jefe, un santuario oculto a un amor perdido, una broma para nosotros mismos, una definitoria cicatriz emocional —son como ornamentos de nuestra vida interior—. Derivan de cualquier cosa: escritura, horóscopos, apodos, letras, pasajes de libros. Como un tatuaje en una parte privada del cuerpo, que tienden a ser íntimos, compactos y expresivos.

Estos «recuerdos-contraseña», como me gusta llamarlos, son el centro de una historia reciente que escribí en el The New York Times Magazine sobre «la vida secreta de las contraseñas» [enlace en inglés]. Había un ex prisionero cuyas contraseñas solían ser los números de identificación de sus compañeros («un recordatorio para no volver a entrar», explicó); el católico que perdió la fe, cuyas contraseñas incorporan a la Virgen María («es un secreto que calma»); la mujer de 45 años sin hijos cuya contraseña era el nombre del bebé que perdió en su útero («mi forma de mantenerlo con vida, supongo»). Estas contraseñas eran parecidas a los coches de los payasos. Abres la puerta y una cantidad imposible sale de ella.

Un amigo me habló sobre lo que la firma de servicios financieros Cantor Fitzgerald pasó poco después de los ataques del 11 de septiembre. Él describe cómo, pocas horas después de que los aviones se estrellaran, Howard Lutnick, el director ejecutivo de esa empresa, tuvo que llamar a los familiares de los muertos. Más de 650 empleados de Cantor Fitzgerald murieron ese día, incluyendo el hermano del Sr. Lutnick.

Al hacer esas llamadas telefónicas, el Sr. Lutnick consoló a las familias. Pero, al mismo tiempo, con mucha delicadeza, tenía que recuperar de esas familias información personal sobre sus seres queridos desaparecidos, a fin de ayudar a un equipo de técnicos de Microsoft a hackear las contraseñas de decenas de las cuentas más importantes de la empresa. Mi amigo me dijo que no se podía atribuir la anécdota. Así que llamé directamente al Sr. Lutnick. Él lloró mientras relataba la experiencia.

Al menos tan sorprendentes como las historias ocultas en estas contraseñas, ha sido la disposición de las personas, el afán incluso, de hablar sobre ellas. Desentrañar estos secretos parece ofrecer una catarsis a todo lo que es frustrante sobre el momento digital. Con tanta información a nuestro alrededor, con tantos dispositivos que domar, tantas contraseñas que administrar, renovar y no apuntar, esto calma la ira. Cualquiera que sea la satisfacción que los otros dio el tema, a mi también me resultó extrañamente ratificante. Para mi, esto destacó cómo los humanos somos criaturas creativas y sentimentales, cómo inventamos rutinas extravagantes y artilugios ingeniosos para el día a día, cómo embellecemos, aún así, nuestros grilletes.

Esas son las contraseñas que los expertos de seguridad nos dicen que no creemos porque son las más sencillas de piratear. Y aún así, tanta gente las tiene. Este desafio me intriga. Así como, también, preguntas más amplias sobre si podría ser, en realidad, cierta lógica más profunda a la irracionalidad, patrones de la mala conducta o una razón del porqué tan a menudo hacemos lo que los expertos dicen que no hagamos.

Aún así, no estoy seguro cuánto creo que los recuerdos-contraseña revelan realmente sobre una persona. ¿Hace el secretismo algo más verdadero o más sincero? «Crearlos es como un juego de asociación de palabras, sin palabra inicial», me dijo Jonathan Zittrain, profesor de derecho en Harvard, que estudia Internet. Helen Petrie, psicóloga británica y profesora de interacción persona/ordenador en la City University, en Londres, describe las contraseñas como «una prueba del siglo XXI de las manchas de Rorschach».

Mi opinión es que si bien no pueden desnudar nuestras almas, estas contraseñas representan páginas, o tal vez partes de páginas, arrancadas de nuestros diarios mentales. Eso ha sido suficiente para querer seguir recogiéndolas. Esa también es la razón por la que estoy pidiendo a la gente que me mande un correo electrónico ([email protected]), con las historias tras sus contraseñas. No quiero saber sus contraseñas actuales. Estoy, sin embargo, interesado en escuchar las historias encerradas en sus viejas contraseñas, y la lógica que hace que estas contraseñas sean memorables y personales.