Las cosas de toda la vida

Hola,

¿Has comprado alguna vez filetes de pollo?

¿Cómo dices? ¿Que si estoy tarado? Bueno, puede que sí, pero de todas maneras me gustaría que leyeras las dos cosas que te quiero contar.

Te he preguntado lo de los filetes porque así me resultaría más fácil explicarlo, pero si nunca lo has hecho, todavía mejor. Ya entenderás porque.

Antes de empezar, voy a concretar que en este caso se trata de un supermercado en concreto, que lo tengo al lado de mi casa, pero hablando con gente entiendo que esto pasa en más tiendas de la cadena, lo cual me permite generalizar, al menos de momento.

Ok, vamos al grano.

El otro día pasando por la pollería veo que no hay cola y espontáneamente decido comprar unos filetes de pollo que ademas parecen estar en oferta. Me arrimo y veo que, efectivamente, hay una etiqueta que dice:

“Filetes de pollo. 1Kg 5,99 — 2Kg 9.99 euros.”

Bueno, dos kilos me parecen demasiado y elijo una pechuga de la cual quiero que me saquen los filetes.

La pollera la coge, la pesa, saca 5 filetes, me los envuelve y después de asegurarse que no quiero nada más (¡Gracias!), me entrega el paquete (¡Otra vez gracias!).

En este momento una pequeñita luz roja salta en mi cabeza — ¡Espera! ¡Aquí hay algo que no me cuadra! ¡Algo que no está del todo bien!

¡Hombre! ¡Ya lo veo! ¡En la etiqueta pone 1Kg de Filetes a 5,99! Si es así, ¿por qué la pollera esa, con el guante de hierro que la hace parecer a Brienne Tarth (la rubia esa de Juego de Tronos) ha pesado primero la pechuga, después la ha limpiado (grasa, piel, cartílago) y al final ha metido todo esto en el precio, cuando en la etiqueta esta ponía con letras bien grandes que los filetes cuestan 5,99 euros el kilo? ¿Por qué no ha pesado los filetes, sino la pechuga?

En aquel momento me he callado. No estaba seguro si en el ticket (que Brienne Tarth había pegado en la bolsa) me había puesto el peso inicial de la pechuga, por lo cual no quería que saltaran las alarmas antes de comprobarlo.

Cuando volví a casa, lo primero que hice fue pesar a los filetes en una báscula de cocina que había comprado con la buena intención de mantener una dieta estricta, pero que acabó acumulando polvo en una esquina de la cocina, por lo cual mi mujer estaba bastante enojada con el pobre chisme (y conmigo), así que, qué mejor ocasión para mostrarle que he hecho una compra inteligente y útil.

¿El resultado?

Resumo en tres palabras: ¡Me habían timado!

Si, lo sé, es una tontería, o por lo menos lo parece, aun así, me han robado con un guante de hierro en vez de blanco, pero no por eso con menos delicadez.

La diferencia era de unos 80 gramos. Esto sin tener en cuenta que la bolsa y el papel pesarían unos 10 gramos más; por lo cual me han vendido unos 90 gramos de NADA a un precio de 6 euros el kilo. O sea, me han robado — porque por más que buscara otra definición de lo que pasó, no se me ocurre nada — unos 60 céntimos.

Si, 60 céntimos no es nada, pero si en un día vendes 10 kilos de NADA, ya tienes 60 euros, que es lo que cobraría un pollero en una cadena de estas, supongo.

Algo que no me parece nada bien.

Contando eso a mis compañeros, no recibí más comentarios que esto es algo de toda la vida. Que siempre que vas al pollero, él te pesa la pechuga antes y después te saca los filetes.

Ok, yo no veo problema en esto. El problema aparece junto a la etiqueta donde pone que este es el precio de los filetes, no de la pechuga. Porque, ¿sabes qué? Si tú me dices que la pechuga me sale a un precio de 6 euros, entonces me daré cuenta de que en la pollería de al lado el precio es de cinco y pico y esto sería un deal breaker, porque ahí los filetes si que me van a salir a unos 6 euros el kilo, a diferencia de los seis y pico que te pago a ti. Porque eso es lo que te pago, ¿no?

Lo que hice poco después, fue volver a la tienda y comprar otros 600 gramos de “filetes” de pollo. Cuando vi que la historia se repetía le pregunté a la pollera por qué lo hace así. No me entendió, claro. Tuvé que explicarle todo esto. Me dio la razón y ya está. No hubo más. Bueno sí. Su compañero me dijo que —¿a ver si lo adivináis? — son cosas de toda la vida.

No lo sé. De verdad. Soy extranjero. Puede que lo hayan sido. Pero esto no significa que no puedan cambiar. No del todo, por lo menos en las etiquetas. Porque esta (etiqueta) en concreto, está pidiendo a gritos una denuncia. ¿Que si la voy a poner?

No lo sé. ¿Tú como lo ves?

¿El nombre de la tienda? De momento no os lo revelaré. Intentaré hacerles ver que esto está mal. ¿Qué no me hacen caso? Bueno, allá ellos. Ahí está la FACUA.

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