Foto por Lais Macaria, basada en la identidad de Genio Maligno por Nat Filippini.

Las mil y una noches: acerca de Genio Maligno

Entre el decir y el hacer es que encontramos los proyectos que más nos apasionan.

Por Valentín Muro, ilustrado por Lais Macaria

Apenas habían pasado unas semanas del comienzo de clases cuando Pablo, por ese entonces mi profesor de Historia de la Filosofía Antigua, me propuso sumarme a unos encuentros de discusión política, que coincidían con el redescubrimiento de mi afán por la disidencia. En Pablo había encontrado un perfil del que prácticamente sólo había leído: una mezcla entre geek, con una particular sensibilidad por los mundos imaginados, y una persona comprometida políticamente. Si nuestra personalidad es moldeada principalmente por nuestro núcleo de amigos más cercano, Pablo era una persona de la que quería mantenerme cerca para ver qué pasaba.

En aquel primer encuentro aproveché para conversar con Rodrigo, amigo de larga data de Pablo y compañero de cátedra, y admiré inmediatamente su perspectiva siempre nutrida acerca de todo contexto sociopolítico, impecablemente investigado antes de decir una palabra. Con Rodrigo me había cruzado ya hacía un tiempo cuando me invitó a participar de un libro sobre filosofía y cultura popular, resultando en la excusa perfecta para que escribiera sobre Batman y sus dilemas éticos. El nexo y pieza fundamental que hizo posible la conversación fue Clara, colega de mis años como lógico y amiga desde entonces. Clara, al contarle de mi fracaso al rendir Filosofía Antigua a comienzo de año, me sugirió que cursara con Pablo, con quién alguna vez habíamos conversado en Twitter, que aparentemente tenía ganas de tenerme como alumno.

Lo poderoso de generar estos encuentros fue que entre los cuatro nos reconocimos en el placer de la conversación, en la necesidad de encontrarnos en constante debate y en el anhelo por crecer a partir del vigoroso intercambio de argumentos. Desafortunadamente desacostumbrado a las discusiones intelectuales, el espacio que formamos, entre empanadas y vino, se volvió un refugio intelectual para mí, que desde 2013 me había alejado de los pasillos de la Facultad en pos de recorrer el mundo y tratar de contagiar el entusiasmo que mis exploraciones me generan, lejos de la apatía académica que a muchos nos tocó vivir.

Estas reuniones, que comenzaron como una serie de excusas para vernos en el trajín de la cotidianidad, no tardaron mucho en entremezclarse con el espíritu emprendedor que cada uno de nosotros traía (o había dejado latente ante la presión de las obligaciones que tenemos los simples mortales). Así, nos empezó a arder el deseo por hacer algo. Queríamos que la conversación, que nuestras inquietudes, trascendieran nuestros encuentros y de algún modo circularan. Nuestra primer idea: tener una revista. Pero una revista académica no era lo nuestro: con un público cerrado de especialistas, no era la herramienta para insertar la discusión intelectual en el foro público.

Muy por el contrario de estos ejemplos es que encontrábamos a El Gato & La Caja, una publicación de lo que denominan ciencia pop que se perfeccionó en encontrar el tono perfecto, el sweet spot en el discurso para salirse con la suya de hablar acerca de ciencia en un tono que provoca la risa, el asombro y el placer del descubrimiento: exactamente lo que la ciencia debería lograr. Con este ejemplo como horizonte nos propusimos encontrar nuestro propio sweet spot, pero respecto de nuestro pequeño mundo intelectual. El objetivo que nos planteamos fue esforzarnos por acercar las discusiones de humanidades al tipo de intercambios que encontramos en las redes sociales o en un encuentro de amigos. Al atender el placer que sentimos en el intercambio de ideas, se nos hizo imposible de ignorar la intuición de que podíamos generar una plataforma para la discusión de ideas en un lenguaje accesible que también atrajera a otras personas. Esta intuición se llegó a sentir demasiado intensa como para dejarla pasar.

De ideas, pizzas y vino con El Gato y La Caja.

Entusiasmados como estábamos, hicimos lo que habíamos hecho tantas otras veces para proyectos propios y ajenos: evaluar el estado del arte. El primer paso fue hablar con los chicos de El Gato, que con toda predisposición se sumaron a la conversación, comida y vino de por medio, y nos aconsejaron respecto de lo que podíamos hacer. Nos comentaron que como plataforma de comunicación de la ciencia lo que buscaban era provocar que surgieran más aventuras intelectuales, sobre todo en los campos que ellos no manejaban. ¡Y qué mejor manera de mostrar que la filosofía no son meros desvaríos que a través de la propuesta que imaginábamos!

Lo serio no tiene por qué ser solemne, sino que puede ser entretenido, es algo que le escuché decir muchas veces a Pablo (de El Gato, el otro Pablo, que ahora cuento orgullosamente entre mis amigos). Y la producción de valores culturales debe apuntar a la pluralidad, a la polimatía, al difuminado de los bordes entre la ciencia y el arte; al entendimiento de las personas en complejidad, dejando de lado la rigidez de las categorías.

Afónicos de tanto conversar, buscando nuestra voz

¿Una revista en esta época? ¿Pero alguien lee? ¿Cómo vamos a imprimir?

Si hay algo maravilloso de la época en la que vivimos es que no hace falta el permiso de nadie para hacer cosas maravillosas. No necesitamos imprimir para que nuestras discusiones trasciendan los cercanos límites de nuestros círculo social. De ahí también el volcarnos a aprovechar internet como base para la plataforma que queríamos construir. A partir de lo que nos aconsejaron los chicos de El Gato fuimos trabajando, en la medida que nuestras agendas lo permitían, en buscar nuestra voz, nuestra identidad. ¡Ni siquiera teníamos un nombre! En las reuniones en el departamento de Clara y Pablo en Recoleta comenzábamos con un orden del día que por poco terminaba en “Conquistar el mundo”, pero rápidamente nos ordenamos para no tratar de comernos la torta de un bocado, sino de a pequeños mordisquitos. La primer decisión que tomamos fue comenzar una publicación en Medium.

A partir de mi experiencia como desarrollador web quería evitarnos la preocupación por hacer andar nuestro sitio en vez de poder enfocarnos exclusivamente en el contenido. En pos de simplificar todos nuestros procesos es que apostamos por el uso de esta plataforma. Eso nos marcó una agenda bien delimitada, incluso respecto de lo que debíamos tener listo para empezar: una identidad y una buena cantidad de artículos.

Además de El Gato, nuestras referencias eran publicaciones como Aeon, probablemente mi publicación digital favorita, nautil.us, Jacobin, The New Inquiry y algunos ejemplos locales como Bastión Digital o Anfibia. Si bien estos últimos dan bastante en la tecla de a lo que apuntábamos, nos parecía que no llegaban a alejarse lo suficiente del tono académico. Otra referencia fuerte era el proyecto de Rodrigo, que mencioné antes, que buscaba unir a la filosofía con la cultura pop (Filosofía + Cultura popular. Cine, series, música y literatura desde la Universidad, que verá la luz pronto de la mano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires). Tomando todo esto es que fuimos buscando nuestra voz, el registro en el que empezar a hacer algo y ya no tanto hablar acerca de hacer algo.

Si para algo me sirvió trabajar un año y medio como director creativo fue justamente para encontrar la forma de que la creatividad se materialice en resultados tangibles, perdiéndole el miedo a las malas ideas. También me metió de lleno en un mundo que aún no habitaba: el del diseño y el trabajo conceptual fino; el de la búsqueda de identidades y del empaparse en un relato para encontrar la mejor forma de comunicar algo. El trabajo como creativo me hizo procurar aprovechar el storytelling para que cualquier idea o proyecto encuentre su camino hacia los demás.

¡Necesitábamos una identidad! Incluso antes de eso, ¡necesitábamos un nombre!

Un Genio Maligno

¿Y si un genio maligno está jugando a engañarme?

Ejercicio por encontrar un nombre. Nuestra publicación por poco se llama Asteroide o incluso Riachuelo, piensen en eso.

Luego de semanas de idas y vueltas con el nombre, que nos estaba deteniendo de hablar de nuestro engendro, dimos con Genio Maligno (estoy casi seguro de que Rodrigo lo trajo a la mesa, pero no entraremos en ese debate). Ya con un nombre podíamos buscar un dominio y construir —o diseñar— nuestra identidad.

Nos gustaba el guiño a la discusión cartesiana, fundacional a disciplinas como la filosofía de la mente e incluso la tan vigente filosofía de la inteligencia artificial. Nos gustaba cómo en un nombre recuperaba la duda metódica, y en su versión hiperbólica, la motivación por cuestionarlo todo, que al igual que los hackers, queríamos enarbolar como bandera.

Una vez más, recurrimos a las redes sociales para procurarnos apoyo en nuestro punto flojo. Curiosamente, no fue de una red social que apareció nuestra diseñadora, sino de mi propio grafo social: mi hermana sugirió hablar con Nat Filippini, talentosísima diseñadora de mi Bariloche natal, que aparentemente estaba un poco al día respecto de mis andanzas y dispuesta a colaborar.

Con Nat tuvimos el primer desafío: comunicar de la manera más simple posible lo que queríamos lograr, a qué apuntábamos, y cómo queríamos mostrarnos. Nuestras referencias, sin embargo, eran bastante claras: teníamos a Matter y Backchannel, de Medium, marcando la cancha.

Algunas iteraciones en el diseño, por Nat Filippini.

Al recibir las primeras propuestas de identidad debo admitir que es probable que haya hablado en una voz más aguda que lo normal, por la euforia de que las ideas se hagan dibujitos (con el perdón de todos los ilustradores y diseñadores que tanto admiro). ¡Enhorabuena, es un proyecto bebé!

Nat, por suerte, fue paciente con nuestra dificultad para encontrar el camino y terminó dándonos una identidad que nos encanta. No exagero al decir que si el proyecto había perdido fuerza con los meses, a partir de vernos reflejados en un isotipo recuperamos todo el vigor.

Gracias Nat ❤

No por serio tiene que ser un embole

Ya con la identidad en nuestro haber, un nombre canchero (risas) y sobrante entusiasmo, nos pusimos en campaña por lanzar este monstruito hermoso. Cuando nos dimos cuenta ya estábamos dándole vueltas al asunto hacía unos 4 o 5 meses. Por suerte contamos con una máquina de devolver reflexiones como Rodrigo, que ávido de soplar vida al proyecto, cargaba sus notas en Google Docs para que editáramos entre todos. Quizás sea notable detenernos en este punto: todo aspecto de Genio Maligno es colaborativo. Y creo que nosotros mismos nos sorprendemos de cómo disfrutamos la aventura. En los meses previos al lanzamiento aprendimos a hacer design reviews para discutir la identidad, editar y buscar una línea editorial e incluso a gestionar personas que se disponen a trabajar en un proyecto que no genera dinero. Nos devuelve la confianza en el proyecto cuando las personas con tanto amor dan su trabajo por algo en lo que creemos.

Es por estos motivos que todos los artículos de Genio Maligno son publicados bajo licencia Creative Commons (CC-BY-SA). Esto significa que nuestras notas pueden compartirse y adaptarse, para remixar, transformar y construir a partir de nuestro material, siempre respetando la atribución y usando la misma licencia para lo que se produzca.

En la recta final por lanzar, nos quedaba un último pendiente: ilustrar los artículos.

Como Twitter es servicio (y vaya a saber uno lo que eso significa) no pasó mucho tiempo para que se sumara Lais Macaria a ilustrar Tecnofanatismo y George Manta a ilustrar James Bond, amigo de los talibanes. Para esta altura no sabíamos cómo contener la euforia, pero había un problema: el 2015 fue el año más politizado del lustro y optamos por no lanzar una publicación en medio del debate político. Principalmente porque asumimos que muchos de nuestros potenciales lectores estarían pensando en otra cosa (y con buen motivo).

Foto del proceso de ilustrar la nota Tecnofanatismo, por Lais Macaria

Fuera de la lámpara y hacia la aventura

Genio Maligno no es sino la manifestación de una amistad basada en el debate intelectual, la permanente actualización e el intercambio de ideas y no tenemos idea de en qué nos embarcamos. Bueno, alguna idea tenemos, pero no paramos de sorprendernos. Nos enfrascamos en hacer este proyecto hace ya casi seis meses y definitivamente nos tomamos nuestro tiempo, y creo que en el trayecto perdimos la perspectiva del resto del mundo. Pero si algo nos chocó en estas brevísimas tres semanas desde que lanzamos Genio Maligno es la recepción que está teniendo. A veces alcanza con una promesa para que a las personas empiecen a fluirle los jugos creativos y especulen con cómo pueden sumarse al baile. Lo que más nos entusiasma es ver a nuestros pares adoptar el afan por volverse intelectuales públicos, por traer a la discusión pública los debates que quedan atrapados en el aula, usando a la cultura popular como excusa.

Después de todo, como es el caso del humor en El Gato, lo que queremos es atraer al lector para que sin darse cuenta esté quitándole el polvo a los argumentos que se esbozaron en la Academia platónica, pero esta vez alrededor de la galaxia muy, muy lejana de Star Wars. La discusión apasionada de ideas es lo que creemos que más falta hace para devolverle algo de vida a un circuito académico que si no se aviva será desplazado.

Por eso sacamos de la lámpara a este genio maligno, para colaborar en poner en duda todo lo que damos por sentado. Quizás, luego de haber conversado y discutido, todos seamos un poquito más sabios.

Si querés sumarte a escribir en Genio Maligno, podés escribirnos así te sumamos en Medium. Sólo te pedimos que tengas en cuenta estas indicaciones.