Las piedras curan

Un viejo secreto del norte, más allá del Círculo polar ártico.

La gente del norte sabe más que nosotros de la tristeza, de la soledad. Muy al norte viven la noche y la oscuridad. Lo nuestro es un simulacro. Yo iba en verano, los veía alegres, pero a veces, cuando hablaban del invierno, la noche asomaba en sus ojos.

Por eso en el norte tienen piedras. No hay mayor consuelo que abrazar una piedra. La primera vez no me di cuenta. Una señora nos dijo que teníamos que ir al bosque de las piedras. Fuimos y las vimos. No encuentro mis fotos. Creo que las he perdido todas. Pero lo entendí.

Tengo en la memoria una enorme, redonda, solitaria en medio de un bosque finlandés. La piedra, tenía nombre, pero es un secreto sólo para iniciados, shhhh.

Me gustó mucho la idea. Siempre me sentí bien entre piedras. De pequeño jugaba en el claustro del Monasterio de San Pedro el Viejo. Aprendí solo a abrazar a las piedras. Quizá por eso me gusta la escultura.

Pero el sentimiento de verdad, está en las piedras viejas, las amorfas que te miran serenas. Puedes acariciarlas y conectar. Quizá es eso lo que hacen los escultores. Le dan forma al sentimiento que perciben.

Hoy, hemos aprovechado el hueco en las nubes y nos hemos ido a la playa. Pocos días fallamos Marisol y yo. Al salir, Marisol ha desenterrado una. Ella también lo lleva en la sangre. «¡Mira qué bonita Papá!» — Ha dicho, con cara de triunfo.

Me la ha regalado, ahora está en mi escritorio. Le he hecho una foto, no le hace justicia. Es granito gallego. Predomina el verde sobre tonos pardos y grises, si te pones las gafas y la miras de cerca, se le ve la mica. Pero eso no hay que hacerlo con las piedras. Es como desnudarlas.

Las piedras hay que acariciarlas. Sentirlas con los ojos cerrados. Están quietas, son tranquilas, el tiempo de las piedras pasa despacio. Pesan mucho, porque están llenas de cosas buenas. Si estás mal, acaricia una piedra. Verás como todo lo malo desaparece. Si las conoces, llega con mirarlas. Yo estoy mirando la de Marisol. Tendrá trescientos millones de años y está ahí, tan tranquila, transmitiéndome su saber…

Eso es lo bueno de las piedras, tienen mucha vida. Marisol, porque la voy a llamar Marisol. Tiene la barriga plana y suave. Debe llevar unos cientos de años sobre lo que ahora es su barriga. Alguna draga la echaría sobre la playa, o puede que subiera ella sola. Se desgajó hace mucho tiempo. Vete a saber porqué, es pequeña, pero es granito y lo sabe. Está en mi mesa. Pero es para ti, que lo estás pasando mal.

Los del norte lo saben, las piedras curan. Ahora que ya sabes su nombre, acaríciala y todo lo bueno del mundo pasará a ti. Es para ti, mírala.

La piedra «Marisol» en mi escritorio, una mañana de domingo.
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